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THE SCIENCE MODULE OF PERCEPNET PROVIDES PAPERS ON PERCEPTION AND SENSORY SCIENCE BY RESEARCHERS WORKING ON THESE DISCIPLINES

El lenguaje natural de los olores y la hipótesis Sapir-Whorf
[The natural language of smells and the Sapir-Whorf hypothesis]
Joël Candau
LAMIC
Université de Nice-Sophia Antipolis (Niza, Francia)

En todo momento de la vida social creemos compartir las maneras de ser y las significaciones con nuestros semejantes. Esta creencia se alimenta de la interpretación de prácticas y de enunciados. Puede ser perfectamente fundada, no serlo más que parcialmente o nada en absoluto. Determinar la naturaleza real de este compartir es la tarea esencial de la antropología, si se acepta la siguiente definición de cultura: aquello que los seres vivos comparten de lo que ellos mismos añaden al mundo físico. Atestiguar la existencia de una cultura es dar fe, por tanto, de la existencia de una forma particular de ese compartir. En el ámbito de la experiencia sensorial, ¿cómo se puede plantear correctamente el problema? Naturalmente, todos los seres humanos comparten competencias e impresiones sensoriales que les permiten inferir el mundo físico. Es posible hacerse una idea de ello, en negativo, recordando que en el flujo continuo de nuestras experiencias mundanas, ninguno de nosotros corta la tarta de la naturaleza a su gusto. Ciertos colores, ciertos olores y ciertos sonidos escapan siempre a nuestra especie, dado que nuestra fisiología nos impide percibirlos: un pintor no puede pintar con infrarrojos, un músico no puede componer con ultrasonidos, un perfumista no puede crear un perfume con moléculas olorosas que sólo su perro es capaz de oler. Así, la variabilidad individual y colectiva de nuestras experiencias sensoriales se despliega entre ciertos límites infranqueables y naturalmente condicionados. De ahí que la cuestión central de la antropología sensorial gire en torno a la posibilidad de una focalización cultural de sensaciones en el interior de esos límites.

Hay dos maneras radicalmente opuestas que abordan esta cuestión, así como numerosas posiciones intermedias. La primera -califiquémosla, por comodidad, de naturalista- reduce la parte cultural de la experiencia sensorial a su mínima expresión, incluso la elimina totalmente. El segundo enfoque -calificado, también por comodidad, de culturalista- relativiza los límites naturales de la variabilidad, hasta el punto mismo de negarlos.

En antropología sensorial, es en torno a la hipótesis llamada de Sapir-Whorf donde la mayoría de las veces cristalizan las posiciones de los investigadores, sea sobre la vertiente naturalista o la culturalista. Para proseguir este debate consideraremos una modalidad particular de la experiencia sensorial, el olfato. Más precisamente, la pertinencia de la hipótesis de Sapir-Whorf con respecto a la especificidad del lenguaje natural de los olores.

La hipótesis de Sapir-Whorf

Cuando varios individuos viven la misma experiencia sensorial, se admite la posibilidad de un compartir cultural limitado1 (Carter, 2000) de sus sensaciones, por el hecho de las correlaciones observables entre los estímulos y las respuestas que suscitan: denominación, categorización, reacciones aversivas o positivas que, en parte, son imputables a la socialización. Es exclusivamente el primer tipo de respuesta -la denominación de los estímulos, por tanto el lenguaje- el que interesa a la hipótesis de Sapir-Whorf. La cuestión planteada por el lenguaje está en saber si:

a. hace emerger los universos culturales en los cuales viven las personas (considerado entonces como la esencia de la cultura), o

b. si estos universos adquieren forma y significado en virtud de un compromiso sensorial y cognitivo que precede al lenguaje, y que este último no se expresa más que de manera parcial y superficial (Ingold, 1996).

Para los investigadores que defienden la primer proposición, incluso las cosas del mundo que, en un inicio, parecen extrañas al lenguaje (como los colores o los olores), no existen sino gracias a las actividades de clasificación, de interpretación y de juicio que éste permite. Otros investigadores, en cambio, partidarios de segunda proposición, sostienen que la cultura consiste en conceptos más que en significaciones verbalmente constituidas, conceptos que nacen de la experiencia práctica y que no necesitan un lenguaje elaborado. El lenguaje no serviría más que para convertir en discurso lo que fuera aportado por las sensaciones, el trabajo de cognición y el instinto social (Ingold, 1996).

La primera proposición se inscribe en un marco teórico en el que los etnololingüistas Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf son los autores más destacados. Según la hipótesis de Sapir-Whorf del determinismo lingüístico, las palabras organizan las categorías que nos sirven para conocer el mundo y para compartir este conocimiento. «Nosotros discernimos la naturaleza», escribe Whorf, «según las líneas trazadas por nuestra lengua de origen. Es falso creer en las categorías y los tipos que nosotros extraemos del mundo de los fenómenos, los encontraremos ahí porque saltan a los ojos de todos los observadores; al contrario, el mundo se presenta en un flujo caleidoscópico de impresiones que debe ser organizado por nuestro pensamiento (y esto significa, sobre todo, por el sistema lingüístico que está presente en nuestro pensamiento). «Fragmentamos la naturaleza, la organización en conceptos y atribuimos significaciones tal como lo hacemos, sobre todo porque estamos implicados en un acuerdo por organizarlo así -acuerdo que se mantiene en toda nuestra comunidad lingüística y que es codificado en los esquemas de nuestra lengua» (Pinker, 1999:57). Es decir, según esta tesis, el lenguaje no es un reflejo de las sensaciones sino el instrumento principal, incluso único, de cómo se organizan y comparten.

En su versión fuerte (en el determinismo lingüístico el lenguaje determina la cognición), esta hipótesis que hace del lenguaje un «modelador de ideas» ha sido severamente criticada por Steven Pinker: «La idea según la cual el lenguaje sería equivalente al pensamiento es un ejemplo de lo que podría llamarse un 'absurdo por convención', una afirmación que va contra todo sentido común, pero a la cual cada uno se adhiere porque se acuerda vagamente de haberla oído en alguna parte [...]. Reflexionad: todos tenemos esa experiencia de empezar a decir o escribir una frase, y la de detenernos al darnos cuenta que eso no era exactamente lo que queríamos decir. Para que nosotros sintamos esa sensación, es necesario que ahí haya un 'querer decir' que sea diferente de lo dicho, [...]. Si los pensamientos dependiesen de palabras, ¿cómo se podría crear una nueva palabra?» (Pinker, 1999:55-56).

De hecho, en antropología y en psicología intercultural, la versión fuerte de la hipótesis de Sapir-Whorf ha sido rebatida por numerosos trabajos. Entre ellos, los más importantes han versado sobre la percepción de los colores. Berlin y Kay (1991:196), en particular, muestran que entre los dani de Nueva-Guinea la sola presencia de dos descriptores de colores (equivalentes al negro y el blanco de nuestra lengua) no impedía a los hablantes percibir el mismo número de colores que los blancos de América del Norte (Heider, 1972: 10-20)2. En otro, la hipótesis por la que las categorías de color estarían determinadas por categorías lingüísticas no explica el origen de estas últimas, con respecto al cual cabe pensar (por una simple cuestión de sano juicio) que éstas no han caído de un cielo platónico: han sido necesariamente inducidas por percepciones y categorizaciones previas, de las que la categoría evolucionista de la percepción de los colores da una explicación plenamente convincente (Zuppiroli y Bussac 2001)3. Además, los bebés piensan este tipo de estímulos antes de disponer de palabras, como lo demuestran los trabajos que constatan su aptitud para discriminar los principales colores, previamente a toda adquisición del lenguaje. Por último, siempre en el dominio de los colores, ha habido todo un debate en torno a las investigaciones tendentes a determinar si el código verbal del color determina la imagen mnemónica, siendo la hipótesis que la «estructura» de los colores en la memoria podría parecerse a la «estructura» de los nombres de color en una lengua dada (Tornay, 1978: XXXV). Los resultados de diversas experiencias no han confirmado esta tesis.

Otros muchos argumentos son utilizados contra la hipótesis del determinismo lingüístico. Entre los más conocidos (y más convincentes), es necesario contar la puesta en evidencia de una aptitud universal al razonamiento contrafactual, independientemente de que existan o no en el lenguaje indicadores contrafácticos (Bloom, 1981; Berrey et al., 2002)4. Para Pinker esto confirma que «no se piensa en inglés, en chino o en apache, se piensa en un lenguaje del pensamiento» (Pinker, 1999:60-67)5, llamado a veces mentalés, como hacen numerosas personas creativas (poetas, escultores, físicos) que, en sus momentos de gran inspiración, piensan con imágenes mentales y no con palabras. Todos estos datos apuntan hacia una fuerte influencia de factores perceptivo-cognitivos en la formación de categorías lingüísticas (Tornay, 1978; XXXVI).

Sin embargo, la versión débil de la hipótesis Sapir-Whorf (aquella del relativismo lingüístico) es menos controvertida. Ésta afirma que el vocabulario utilizado puede tener unos efectos sobre la categorización, la comunicación6 o la memorización7 y ejerce, por esto mismo, una cierta influencia sobre el pensamiento. Esta hipótesis vuelve regularmente al primer plano de la escena científica. Según los recientes trabajos de Davidoff et al. sobre la categorización de los colores entre los berinmo de Papúa Nueva Guinea, las categorías de color no serían universales (Davidoff et al., 1999:203-204). Por ejemplo, los berinmo no señalarían la distinción entre el azul y el verde como lo hacen los ingleses; al contrario, en esta región, del espectro de los colores, ellos distinguirían entre nol y wor, dos descriptores propios de su lengua, de los que no serían capaces de hacer una distinción los sujetos ingleses. Estos resultados, estiman Davidoff et al., indican que las categorías perceptivas dependen de categorías lingüísticas. Esta dependencia no es absoluta ya que, conforme se avanza en el texto, los autores se contentan con afirmar que hay una influencia lingüística, ciertamente considerable, sobre la categorización de los colores. No obstante, en otro registro sensorial, esta misma versión débil que Davidoff, en otro artículo, califica curiosamente de bastante fuerte (Davidoff, 2001: 382), no ha podido ser seriamente apuntalada por las investigaciones encaminadas a apreciar los efectos de la terminología espacial sobre la orientación espacial, o por las experiencias relativas a una influencia eventual de diferencias gramaticales en la expresión de un orden de acontecimientos sobre las representaciones temporales (Berry et al., 2001:161-164)8. En resumen, en el ámbito de las sensaciones existe un amplio consenso en recusar la tesis del determinismo lingüístico, la hipótesis de una influencia lingüística relativa es más fácilmente aceptada y, en ningún caso, esta última hipótesis puede ser generalizada a todos los dominios de la percepción. ¿Qué ocurre, entonces, en el de la percepción olfativa?

El lenguaje natural de los olores

«Durante mis visitas a Combray», escribe el narrador de La Recherche, «regresaba siempre con una concupiscencia inconfesada a sumergirme en el olor mediano, viscoso, soso, indigesto y afrutado de la colcha de flores que se encontraba en la habitación contigua a la de tía Leonie» (Proust, 1987: 61). ¿Qué puede ser un olor «mediano»? Sólo Proust, probablemente, estaría en condiciones de responder. Es difícil, en todo caso, encontrar un ejemplo mejor de rareza del lenguaje natural de los olores. Consideremos sus principales características.

Si los seres humanos son, por una parte, más bien hábiles para detectar los olores y, por otra, modestamente competentes para discriminarlos (Engen, 1989; Dubois (ed)9, 1997), aptitudes indudablemente útiles para la supervivencia de nuestra especie, son bastante menos duchos cuando se trata de describirlos. Olores y lenguaje no casan bien juntos, quizá porque el tratamiento de la información olfativa y la del lenguaje entran en competición por una mínima parte de una misma región del córtex (Lorig, 1999:391-398), o quizás al menos porque el hemisferio cerebral está más implicado en la percepción de los olores (Brand, 1999: 495-506) que el hemisferio izquierdo, donde se encuentran las áreas de Broca y de Wernicke (Frost, 1999:199-208).

Contrariamente a la «bella sistematicidad del léxico de los colores» (Boisson, 1997:31), el léxico olfativo es impreciso, inestable (el mismo descriptor puede tener varios referentes, y a un mismo estímulo estar asociados varios descriptores) y marcado por numerosos fracasos cognitivos (el fenómeno de «a punta de la nariz », equivalente en el olfato a la «palabra en la punta de la lengua»). El idioma huysmansiano de los fluidos está igualmente lleno de lagunas (por ejemplo, la pérdida de olores es débilmente lexicalizada) y es asimétrico: si nombrar un olor es un ejercicio difícil, evocarlo mentalmente partiendo de su nombre es una tarea imposible para la mayoría de nosotros (contrariamente a los colores). El léxico se caracteriza también por una acusada variación interindividual; la verbalización de la experiencia olfativa es generalmente dejada al azar de la experiencia de cada uno, también aquí contrariamente al aprendizaje de los colores. De ello resulta que la denominación de los olores bajo una sola etiqueta es casi siempre imposible: «el eugenol es calificado como olor de clavo por una parte de los sujetos franceses, como olor 'de dentista' por otra parte de ellos (debido a su empleo como desinfectante dental) o como un olor picante o químico por los sujetos que no lo pueden identificar. En ausencia de norma cultural o semántica, estas respuestas son igualmente válidas» (Rouby y Sicard, 1997:61-62). Además, las categorías olfativas pueden ser relativamente precisas para un individuo pero perder su pertinencia en el ámbito colectivo (Brochet y Dubourdieu, 2001:194), entre otras cosas, porque dependen estrechamente de un contexto10 apropiado para un sujeto singular. En definitiva, el lenguaje natural de los olores es holístico, más emocional (un estímulo evoca esto o aquello, por ejemplo un acontecimiento exhumado de la memoria episódica) (Alaouil-Isamïli et al., 1997: 713-720) o prototípico (un estímulo tiene un «aire de familia» con esto o aquello) que analítico (este estímulo tiene tal o cual característica) (Brochet y Dubourdieu, 2001:195; Dijksterhuis et al., 2002:272-281), lo cual es significativo de la ausencia de un referendo común. Por último, concluyen Danièle Dubois y Catherine Rouby, la objetividad del olor «no ha sido construida, por lo menos en nuestra cultura, por la negociación de un sentido compartido en la interacción verbal» (Dubois & Rouby 1997:16). De ahí que el lenguaje natural de los olores se encuentre «descalificado por permitir 'el exceso' a las representaciones olfativas», en contraste con la hipótesis de la adecuación de las palabras a lo visual (ibíd.: 12). En el olfato, el postulado del ajuste de las palabras (mapping) a los objetos se revela erróneo e inductor de «atajos epistemológicamente peligrosos» (Dubois et al., 1997: 145).11

Esto ha conducido a ciertos investigadores a calificar el olfato de sentido mudo, un poco precipitadamente bajo mi opinión. En realidad, aunque el lenguaje de los olores resulte aproximativo, suele ser rico y hasta exuberante.12 Muchas palabras (sustantivos o epítetos) son metafóricas, permitiendo así estructurar parcialmente la experiencia olfativa en los términos de otra (visual y táctil, esencialmente).13 Por su naturaleza multisensorial (Gilbert et al., 1996: 335-351),(14 el sentido del olfato lo es también masivamente en cuanto a léxico. Por ejemplo, los olores del vino son, en lo esencial, verbalizados con referencia a objetos o productos que tienen su mismo color. Así, un vino blanco artificialmente teñido de rojo con un colorante inodoro es descrito olfativamente como un vino tinto, por la mediación de la evocación de objetos o productos de color rojo (Morrot et al., 2001: 309-320).15 Esta dependencia entre el olfato y la visión cuando se nombra un estímulo olfativo ha sido confirmada por las imágenes cerebrales (mediante tomografía por emisión de positrones) que han puesto en evidencia, en el mismo instante de ese proceso, la activación de una parte del córtex visual primario (Qureshy et al., 2000: 1656-1666). Por sus atributos multisensoriales y sinestésicos, el espacio semántico de los olores ofrece entonces en el campo de la evocación una precisión que no posee. Esto lo constata Cassirer, cuando señala la «elasticidad de caucho» de los olores que, dice, poseen una localización generalmente vaga. Se discierne bien esta vaguedad, añade, «en la dificultad que encuentra el lenguaje para, me atrevo a decir, hollar este dominio imprimiéndole su fuerza. La lengua se ve la mayoría de las veces forzada, allí donde busca designar ciertas cualidades olfativas, a dar un rodeo utilizando palabras obtenidas de otros datos de la intuición sensible» (Cassirer, 1972: 150-151), como lo confirman los datos etnográficos recabados entre diversas profesiones donde se ejerce una competencia olfativa.

Datos etnográficos

Se proponen aquí algunos ejemplos de verbalización de olores, todos con relación a la discusión de la hipótesis Sapir-Whorf. Los datos han sido recogidos en el curso de entrevistas de una a dos horas de duración con diversos profesionales: bomberos, enfermeros, forenses, enólogos, sumilleres, cocineros y perfumistas (Candau, 2000 VI: 161).

Entre los bomberos, el léxico descriptivo de los olores es poco extenso. Estos profesionales los denominan con dificultad: «no se puede definir», dicen; «faltan palabras»; «no soy capaz de poner adjetivos»; «es difícil poner un calificativo a un olor». Sus palabras coinciden con las de otro informante, el enólogo. Evocando su aptitud para detectar los problemas de la vinificación gracias a su olfato, declara: «con la práctica, me he dado cuenta de que suelo detectar relativamente bien algo que no necesariamente describo bien. Éste es el problema: aunque no siempre sé encontrar las palabras, puedo detectar cuando un es anormal». Los cocineros que tratan de describir los olores se encuentran en el mismo aprieto. «Oliendo se sabe, aunque es difícil de describir», declara uno de ellos. Los olores, declara otro, «no se pueden mostrar como los colores». Ésta es, sin duda, la razón por la que la significación de los descriptores permanece más bien hermética para los no especialistas. Se comprende fácilmente que la trufa tiene «un olor a maleza», una «nota petroleada», casi de humus o «mineral muy pronunciado». Pero, ¿qué cabe pensar de la descripción de un buen tomate del que se dice que «huele a la elegancia, la verdad, la honestidad» ¿Cómo no pensar, de nuevo, en el olor «mediano» de Proust?

En el ámbito hospitalario, el léxico es aún más pobre que entre los bomberos. En el curso de una entrevista, una de mis informantes utilizó veintitrés veces los epítetos «particular» y «característico» para calificar olores, signo de las dificultades encontradas para describirlos de manera precisa. Así, el olor de una peritonitis es «particular», como el de una melena, la sangre, las personas mayores, los enfermos psiquiátricos, el aliento de un diabético, los cánceres de laringe, los cánceres terminales, la gangrena gaseosa, el hospital, etc. No obstante, el código verbal es, a veces, más preciso. Los olores se vuelven entonces «intensos», «desagradables», «fuertes», «penetrantes», «punzantes», «agudos». Se identifican ahí formas léxicas recurrentes entre todos los informantes enfrentados a entornos olfativos penosos o desagradables. Todos subrayan el carácter «invasivo» de ciertos estímulos. Con respecto a los olores, apuntaba Kant, estamos obligados «a compartir lo que porten» (Kant, 1986: 976). No es necesario insistir sobre esta característica bien conocida de la percepción olfativa, particularmente manifiesta en la elección de los descriptores que acabo de citar. Las dificultades encontradas para protegerse de los olores, el acceso inmediato de los mensajes olfativos al cerebro, todo concurre para hacer del olfato el sentido dela intrusión. Él se impone y abre el cuerpo íntimo al mundo exterior. A esta intromisión nadie puede sustraerse, sobre todo ante la presencia de los olores del cuerpo humano. Imperiosos y tenaces (Candau, 2001: 50-54), éstos deben a su carácter penetrante el hecho de ser bien categorizados, memorizados y, muy a menudo, lexicalizados. Algunos de ellos, juzgados más agresivos que otros, no solamente impregnan el cuerpo sino que dan también la impresión de penetrarlo, como por ejemplo el olor de la carne putrefacta. Es un olor «fuerte, bloqueante, asqueroso, pegajoso», declara un bombero. «Persiste, incluso después de haber uno cuidado de cambiarse el uniforme». Igualmente, en el ámbito hospitalario, los descriptores evocan explícitamente esta agresión. Una enfermera tiene la impresión de «tragarse las partículas ínfimas del cuerpo que se filtran por ciertas escaras o necrosis». Otra estima que un olor hediondo, por ejemplo un olor de infección intensa, «impregna» sus ropas y su cuerpo. Esta frecuencia de descriptores evocadores de la agresión hace pensar en las representaciones médicas que, en los siglos XVI y XVII, conferían a los efluvios la facultad de penetrar la intimidad de los cuerpos (Vigarello, 1985: 18) y deja suponer que se avienen a sensaciones universalmente vividas, previamente a toda verbalización.

En ocasiones, la descripción parece corresponder a una idea muy precisa del olor sin que, por eso, ningún término unívoco se imponga para dar cuenta de ello. En un registro olfativo agradable, las palabras de mis informantes sugieren esta interpretación. El aroma de la braquet, una cepa de denominación de origen Bellet (Alpes Marítimos) de olor yodado muy típico, es descrito así por un enólogo: «es el de una pequeña cala a orillas del Mediterráneo, en verano cuando hace poco calor, las algas han recalado en la playa, comienzan a descomponerse, a fermentar, a pudrirse poco a poco». Una descripción original se esfuerza por revestir lo mejor posible una sensación que parece casi inefable. El vocabulario utilizado por otro enólogo para caracterizar los vinos de un viñedo da una nueva ilustración: «en cuanto a nuestros productos, tienen rasgos de pomelo, de durazno, también rasgos de frutas rojas, aunque ahí se hacen bastante complejos, maleza, cuando uno pasa a los tintos, por ejemplo, o vinos blancos, heno cortado, esto vuelve a menudo, tiene notas chocolateadas, picantes, a regaliz, pimiento verde». En ciertos casos, el camino que va de la sensación a la palabra es tortuoso. «Se parte de una idea», afirma un sumiller, «uno mismo se dice: huele a membrillo un día de primavera, y acaba creyéndoselo». Aquí, la idea previa ¿no se da de antemano bajo una forma lexicalizada (la idea de membrillo) que, en cierta medida, va a inducir la percepción?

En definitiva, ¿domina la pregnancia perceptiva al lenguaje? Los datos expuestos hasta el momento incitan a responder afirmativamente. En primer lugar, es preciso recordar una característica de la experiencia olfativa de la que estos datos no dan cuenta: no todos los olores percibidos son nombrados. Muchos, en efecto, quedan a un nivel infraverbal, por tres razones principalmente. La primera es general: las capacidades sensoriales humanas son pueden registrar muchas más informaciones de las que las capacidades conceptuales centrales son alcanzan a tratar (Sperber y Wilson, 1989: 78). En segundo lugar, el lenguaje natural de los olores, como todo lenguaje, está constituido por un conjunto de unidades discretas. ¿Cómo, en estas condiciones, podría restituir fielmente la integridad de una experiencia olfativa y sápida compleja16 que es producto de un continuo de percepciones?(17 La última razón atañe a la naturaleza del léxico olfativo: dar un nombre a un olor es abstraerlo de la experiencia sensorial primordial, y esta abstracción no es evidente cuando los últimos conceptuales (el vocabulario) son inexistentes o imprecisos. Así, varios de los consultados confirmaron las palabras del cocinero anteriormente citado: «se sabe, pero es difícil de describir».18 Incontestablemente, hay ahí una denegación de la hipótesis Sapir-Whorf.

Sin embargo, dichos profesionales raramente permanecen mudos cuando se enfrentan a este tipo de dificultades. ¿Cómo lo logran? Sencillamente «inventan el lenguaje» en el mismo momento en el que intentan describir sus sensaciones. Cuando las palabras no se enhebran bien con un referente, todo se resuelve como si el proceso de producción idiomática buscase una solución en la proliferación léxica más o menos controlada, hipótesis que parece refrendada por una investigación reciente sobre la degustación descriptiva (Parr et al., 2002: 747-755): los no expertos logran denominar los aromas de los vinos más fácilmente que los profesionales, ya que utilizan sus propios términos en lugar de seleccionar la palabra adecuada entre el gran número de etiquetas olfativas por medio de las cuales el experto almacena sus recuerdos perceptivos. Cuando un primer término es juzgado insatisfactorio, los no expertos barren el campo léxico sin preocuparse de la adecuación de los descriptores evocados con aquellos que han sido utilizados durante las experiencias olfativas anteriores. Menos obstaculizados que los expertos por un léxico normalizado, llegan a explorar mejor todos los recursos del lenguaje y, por esto mismo, aumentan sus oportunidades de alcanzar una descripción satisfactoria de sus sensaciones. Por otra parte, el vocabulario utilizado por los neófitos es, a menudo, más rico que los estímulos que ellos están en disposición de percibir, según la opinión de profesionales de la degustación. El hecho que la verbalización (la descripción) exceda en este caso las propiedades organolépticas del producto hasta el punto de liberarse de ello, es poco compatible con la hipótesis whorfiana de una correspondencia estrecha entre las percepciones y las categorías lingüísticas, donde las primeras eran supuestos encerrados en las segundas. Aquí al menos, los olores son pensados antes de ser verbalizados al cabo de varios ensayos y errores.

Por otra parte, entre la mayoría de los informantes la descripción olfativa se nutre de los otros sentidos. Los sumilleres, por ejemplo, hacen intervenir la visión (el empaque), el tacto (el volumen en boca, «grueso, rico y opulento» o bien «fluido y fino»), y, por supuesto, el gusto propiamente dicho. En los oficios de degustación, la descripción sinestésica es a veces muy sutil:19 las «notas de miel o de resina», los «toques de flor» o «de champiñón», un «punto de trufa», los «olores de frutas rojas 'casi' confitadas», etc. La percepción confiere un carácter impresionista: un sumiller, explícitamente, asimila su descripción a un lienzo de pintor sobre el cual extiende sus colores sus notas, respetando las reglas del arte pictórico (el equilibrio, la simetría, los planos, los matices, la armonía de conjunto, etc.), pero dejando también jugar plenamente a su imaginación. En el fondo, esto sugiere que no hay acto sensorial, sólo existen los actos multisensoriales. Toda experiencia del mundo, en efecto, hace intervenir varios sentidos. Ahora bien, la existencia de un auténtico lenguaje multisensorial falta, condición por tanto necesaria, aquí también, para validar la hipótesis de Sapir-Whorf.

Hasta ahora, todos los argumentos aquí expuestos se decantan a favor de una incompatibilidad entre la experiencia olfativa y la hipótesis Sapir-Whorf, tanto en la versión fuerte como en la débil. Sin embargo, otros elementos de la investigación incitan a adoptar una posición matizada frente a la última versión. Por una parte, en ciertas profesiones al menos (quizá perfumistas, enólogos, sumilleres, cocineros), la descripción de olores constituye el objeto de «términos socialmente negociados» que parecen contribuir a una convergencia relativa de las percepciones. Entre los perfumistas, por ejemplo, el objetivo de las sesiones colectivas de aprendizaje es el de ponerse en el diapasón olfativo del marco de un trabajo de equipo en cuyo curso se esfuerzan tanto por estabilizar un léxico como por armonizar lo que Changeux llama «las bases de datos semánticos diferentes cerebros individuales» (Changeux, 2002: 182).20 Por emplear un lenguaje fotográfico, hay un «encuadre sensorial», una orientación, una focalización, un enfoque, progresivamente compartido por aquellos que buscan vivir juntos la misma experiencia olfativa. Este enfoque léxico facilita la identificación de confluencias entre múltiples señales olfativas, lo que después ayuda a construir unas fisonomías, unas formas olfativas pertinentes para ejercer el oficio: la nota «verde», «acuosa», «ligera», etc. Desde un punto de vista antropológico, el interés de esta operación es considerable, ya que permite a los referentes conceptuales acercarse, incluso ser compartidos por un grupo de hablantes, satisfaciendo así una definición borgiana del lenguaje (Borges, 1989: 31). Las sensaciones se estructuran entonces más fácilmente sobre un fondo de paisaje común que produce un efecto de conformidad con el grupo (Brochet y Dubourdieu, 2001: 192), vehiculado evidentemente por el lenguaje. Por estas diversas razones no parece absurdo suponer que, en cierto número de casos, la percepción sólo se acaba después de la denominación. Durante las entrevistas, de hecho, la identificación de un olor anunciaba con frecuencia la liberación de un discurso: parecía hacer saltar un cerrojo y abrir así el acceso de los consultados a una conciencia (una percepción) más clara del estímulo. Si esto fuese confirmado, lo que supone procedimientos experimentales que no estaban previstos en la investigación que aquí se recoge, significaría que la denominación participa de la percepción, al menos en parte, y no siempre viene a asociarse a posteriori y de forma casual (Cassierer, 1972: 90) al contenido de la sensación. Contribuiría, en este caso, a informar sobre la impresión sensorial.21 Cabe añadir, para concluir este punto, que esta influencia relativa del lenguaje sobre la percepción se afirma sin duda principalmente en presencia de estímulos olorosos situados del lado agradable del espacio olfativo, y permanece inoperante con todos los otros olores cuyo vocabulario parece totalmente sobredeterminado por los estímulos.

Conclusión

Según Pinker (1999: 17): «desde que se ha visto en el lenguaje una adaptación biológica al servicio de la comunicación de informaciones, ya no estamos tan tentados a considerar que modela insidiosamente nuestros pensamientos, lo cual [...] es falso». El olfato es un sentido primitivo y precoz y, desde el origen de la especie, los hombres han tenido que tratar las informaciones olfativas, a veces vitales para su supervivencia. Bajo la forma probable de un mentalés, el tratamiento de estas informaciones ha precedido al lenguaje que, auxiliar preciado, ha permitido luego comunicarlos y compartirlos. El descriptor es puesto al servicio (un verdadero «servicio social») del olor percibido, al que no tiene el poder de modificar, por lo menos significativamente, y menos aún en una situación de interlocución, donde el lenguaje natural de los olores es a menudo imprevisible. Por tanto, el compartir la significación asociada a los descriptores llega a ser azaroso, las condiciones que aseguran el éxito de la comunicación no son óptimas, la adhesión semántica a los enunciados es problemática, y el intercambio lingüístico precario, de tendencia babélica. Por otra parte, este lenguaje aparece como obedeciendo a una lógica propia que se esfuerza, con más o menos éxito, por adherirse a posteriori a la percepción olfativa. Ciertamente, como se he sugerido anteriormente en este ensayo, no debe excluirse alguna influencia de la codificación verbal sobre esta percepción.22 No obstante, debemos guardarnos de exagerarla. De una parte, ésta no es probablemente tan imperiosa como en otros registros sensoriales. De otra, es rápidamente limitada por la potencia de los estímulos olfativos. En Montpellier, la dirección del servicio de alcantarillado intenta promover un vocabulario eufemístico entre los poceros que, tradicionalmente, usan palabras muy crudas. Ahora bien, dice uno de ellos, «no porque dejes de llamar a la mierda por su nombre ésta cambiará de olor» (Jeanjean, 1999: 612).23 ¿Se puede encontrar un mejor argumento contra la hipótesis Sapir-Whorf?

Notas

1. Limitado, pues las cualidades subjetivas -los qualia- de esta experiencia son, en parte, incomunicables. Éstas dependen de la conciencia fenoménica por naturaleza idiosincrásica, por el hecho de una unidad genética y epigenética de cada espíritu cerebro, como afirma Rita Carter en su Mapping the Mind: «Every brain constructs the world in a slightly different way from any other because every brain is different».

2. Heider (1972: 10-20) afirma: «es la manera en que vemos los colores la que determina nuestra forma de conocer sus nombres, no a la inversa». Baddeley (1993) escribe en el mismo sentido: «es la pregnancia perceptiva la que parece influir al lenguaje y no a la inversa».

3. Para un primate frugívoro, la visión de los colores es una necesidad (Zuppiroli y Bussac, 2001: 179-182).

4. Un enunciado contrafáctico tiene la forma siguiente: «si yo fuera madrileño, podría ir cada semana al Prado». El lector comprenderá que la premisa es falsa (no soy madrileño, sino nizardo) y que la significación de cada frase es contrafáctica. Según Bloom (1981), la ausencia de este tipo de indicador contrafáctico en el chino afecta la aptitud de los chinos para pensar contrafácticamente. Ahora bien, esto ha sido desmentido por numerosos trabajos ulteriores. La estructura gramatical del lenguaje no tiene «efectos sustanciales» sobre el pensamiento (Berry et al., 2002: 151-153).

5. Pinker es, a veces, de una gran vehemencia: «la idea según la cual el concepto de tiempo sería diferente entre los hopi, so pretexto de que su lenguaje no tendría ninguna forma directamente referente a lo que nosotros llamamos 'el tiempo', o aún la creencia relativa a un vocabulario esquimal más rico que otras lenguas para describir la nieve, forman parte de inocentadas antropológicas» (Pinker, 1999: 60-67).

6. «En primer lugar, la disponibilidad de palabras para ciertas categorías expresa probablemente más fácilmente la discriminación de ciertos matices del mundo externo. En segundo lugar, la disponibilidad de más palabras dentro de una cierta categoría debería facilitar la comunicación». Berry et al., 2002: 152).

7. Según la investigación llevada a cabo en 1956 en América del Norte, los indios zuñi hablan una lengua en la que un solo nombre de color designa el amarillo y el naranja. Por este motivo, ellos recuerdan estos colores significativamente menos que los hablantes ingleses (Baddeley, 1993: 345). Sobre la memoria, los olores y los colores, véase Perchec (1999: 451-453) y Holley (1999: 147). Para un punto de vista matizado sobre la cuestión -no es la simple pregnancia perceptiva de los colores ni la sola codificación verbal la que determina la memoria de los colores, pero las dos influyen- véase D'Andrade (1995: 190).

8. Berry et al. (2002: 161-164). La hipótesis es igualmente debilitada, en otro ámbito, por los trabajos que tratan de ponderar los posibles efectos del lenguaje sobre el cálculo mental (Brysbaert et al., 1998: 51-77).

9. En general, «las personas no pueden identificar más que aproximadamente media docena de olores, por otra parte familiares o comunes» (Engen, 1989); Rouby y Sicard (1997: 61) elevan la cifra a un máximo de quince fuentes olorosas.

10. Sobre el peso de las informaciones contextuales en la categorización de rastros olfativos, véase por ejemplo el caso del espacio olfativo entre los li-waanzi de Gabón (Schaal, 1998: 47-49).

11. La hipótesis del «mapping» es punto menos que pertinente ya que, la mayoría de las veces, el referente del descriptor no es el olor en sí mismo sino la fuente de olor.

12. El idioma es «inodoro» en los ámbitos donde se presta poca atención al entorno olfativo. Éste es el caso de las lenguas indoeuropeas (con excepción hecha de los argots), apunta Schaal (1997: 12). Esto es distinto en el caso de otros idiomas, en los diccionarios y en la literatura árabe. Françoise Aubaile-Sallenave ha recogido aproximadamente 250 términos propios de olores y perfumes, en registros tan diversos como la sensualidad, la moral, la estética, la religión, etc. (Aubaile-Sallenave, 1999: 96). El léxico olfativo waanzi (sudeste de Gabón) contiene términos especializados (¿el equivalente de «basic colour terms»?) que designan «específicamente un olor preciso y no son vinculados semánticamente a un ser objeto que porte ese olor». Su existencia se debe probablemente a las condiciones ecológicas de los waanzi, caracterizadas por una auténtica profusión de olores (Mouélé, 1997: 209-222). Un léxico olfativo específico existe igualmente entre los seerer n'dut de Senegal (Dupire, 1987: 5-25).

13. Entre los perfumistas, la referencia es a menudo el lenguaje musical: composición, notas olfativas, acorde, olor agudo, grave, armonioso, discordante, sordo, etc.

14. Por otra parte, es sabido que el gusto sigue la vía retronasal.

15. Morrot et al. (2001: 309-320) añaden: «la hipótesis de que la identificación de un olor resulta de la identificación visual de la representación del objeto que tenga este olor podría ser la razón por la que los seres humanos no hayan desarrollado un léxico olfativo específico. En efecto, si la identificación del olor resulta de un proceso visual, es lógico que el olor sea identificado utilizando descriptores visuales».

16. A título de ejemplo, puede haber varios cientos de componentes en la fracción volátil de un vino.

17. La utilización de descriptores por definición discretos no impide una percepción más fina del continuo. De la misma manera, puedo afirmar que dos matices del naranja pertenecen a la misma categoría (porque tengo el hábito de utilizar un único descriptor, «naranja», para designar estos dos matices); siempre que sea perfectamente capaz de conceptuar la diferencia entre los dos matices, me es posible calificar dos olores de «espesos», distinguiendo conceptualmente las dos formas olfativas ordenadas bajo ese descriptor. Por tanto, no hay necesariamente una correspondencia entre la percepción de los estímulos y su código verbal lo que, por supuesto, contradice la hipótesis Sapir-Whorf.

18. «Una buena hierba se huele, no se explica», declara un ganadero en Le Monde del 23 de septiembre de 1999.

19. Tocante a este punto, véase Normand (2002: 222), autora que pone en evidencia la proliferación de adjetivos (flexible, vivo, nervioso, espeso) en el lenguaje de la degustación, complementados por el uso de adverbios (muy, un poco, menos) que les hacen variar en intensidad.

20. Changeux (2002: 182). Hilary Putman podría hablar a este propósito de una «buena práctica interpretativa», que presupone «una comprensión sofisticada de la manera en que las palabras son utilizadas por la comunidad cuyas palabras estamos interpretando» (Putman, 1990: 195).

21. Posición que defiende Philippe de Lara: «El vino no tiene el mismo sabor para quien dispone de cinco palabras para describirlo que para quien cuenta con cien. Una expresión más articulada modifica, enriquece aquello que expresa» (De Lara, 1997: 5).

22. Se mencionan dos pistas que no se han podido explorar en este artículo. Cuando dos descriptores son asociados al mismo estímulo por dos hablantes diferentes, ¿no se puede imaginar la inducción de una diferencia, incluso muy ligera, de la percepción? Se puede justificar esta pregunta apoyándose en las tesis del holismo de significación: el significado de cada término singular no puede ser apreciado más que en las relaciones que mantiene con la madeja de todos los términos constitutivos de un espacio semántico. Además, cuando un catador describe un vino blanco o un vino con productos asociados a estos colores ¿va en busca del vocabulario asociado al color del vino para describir a posteriori una percepción que tiene, en principio, la forma de una imagen olfativa, como lo sugieren Morrot et al. (2001: 317), o bien este vocabulario inducido por el color estructura la percepción olfativa que se dará entonces de golpe como una representación verbal?

23. Jeanjean (1999: 612). Frege (1971: 82) escribe a este propósito: «es como si se quisiese distinguir la violeta olorosa de la Viola odora porque estos nombres suenan diferente. La diferencia de designaciones no es una razón suficiente para que haya diferencia en el designado». Howes (1986: 30) hace una observación similar: «el olor de un caballo se mantiene igual si el caballo es llamado cheval o horse o pferd o equos».


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Revisión del artículo anteriormente publicado en Revista de Antropología Social 2003; 12: 243-259.

 

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17/01/05
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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