Percepnet & Freixenet
Percepnet Percepnet Percepnet Percepnet
Percepnet Percepnet Percepnet
Rubes Editorial Percepnet Percepnet Percepnet Percepnet
portada | percepciones | ciencia | tecnología | industria | noticias | directorio | buscar | suscripción
Percepnet Percepnet Percepnet
Ciencia

THE SCIENCE MODULE OF PERCEPNET PROVIDES PAPERS ON PERCEPTION AND SENSORY SCIENCE BY RESEARCHERS WORKING ON THESE DISCIPLINES

¡Husmea, husmea, Stephen!
[Sniff, sniff, Stephen!]

Emili González-Pérez
Rubes Editorial
biomed@rubes.es

Stephen D., un estudiante de medicina de 22 años, tras una movida noche de alcohol y alucinógenos, soñó que se había transformado en un perro y que le rodeaban olores extremadamente variados y ricos. El sueño pareció continuar cuando despertó; su mundo se había llenado de vivos olores acres. Mientras iba al hospital esa mañana, «Olía como un perro. Y oliendo de esa manera, reconocí a los veinte pacientes que estaban ahí, antes de verlos», le contó más tarde al neurólogo Oliver Sacks.

«Cada uno tiene su olor particular», le dijo, «mucho más vívido y evocativo que cualquier expresión de su cara». También podía reconocer las calles y los negocios locales por su olor. Algunos olores le brindaban placer y otros le disgustaban, pero todos eran tan penetrantes que le resultaba muy difícil pensar en cualquier otra cosa.

Los extraños síntomas desaparecieron al cabo de unas pocas semanas. Stephen estaba enormemente aliviado, pero «también sintió una tremenda pérdida», comentaba Sacks en su libro El hombre que confundió a su mujer por un sombrero y otros cuentos clínicos. Años más tarde, convertido en médico, Stephen todavía recordaba «ese mundo oloroso —tan vívido y tan real— era como visitar otro mundo, un mundo de percepción pura, rica, viva, autosuficiente y llena. Ahora me doy cuenta a lo que hemos renunciado siendo civilizados y humanos».

Esta es la mala reputación que tiene la capacidad olfativa humana pero, quizás, no sea del todo justificada. Estas limitaciones odoríferas pueden ser, como dice Stephen, un efecto del ambiente «civilizado», básicamente una consecuencia de la avasalladora preponderancia visual en la cultura humana. Además, tradicionalmente se ha considerado que en los humanos, los genes que codifican para receptores odoríferos se han reducido en número respecto al de otros mamíferos y que ello iba asociado con una pérdida de fineza olfativa. Los investigadores postulaban que era un efecto indirecto de la adquisición de la postura bípeda, que habría alejado nuestras narices de los rastros aromáticos presentes en la rica capa de aire que cubre el suelo. Pero, en el fondo, las bases para oler y discernir moléculas odoríferas muy diversas podrían seguir en nuestro bagaje genético y sensorial, aunque normalmente no les hagamos caso.

Recientemente, un equipo de la Universidad de California en Berkeley dirigido por el neurocientífico Noam Sobel, decidió testar estas hipótesis establecidas. Con ese objetivo, marcaron un rastro de diez metros sobre el césped con un muy ligero aroma a chocolate. A continuación, 32 estudiantes con los ojos tapados, los oídos insonorizados y perdidos en el enorme jardín debían intentar reconstruir el trazo aromático en menos de diez minutos. Dos tercios de los «sujetos experimentales» conseguían finalizar la tarea y lo que es más significativo, después de tres días de ensayos, conseguían mejorar mucho sus registros temporales.

En el siguiente experimento, los investigadores comprobaron cómo se producía la reconstrucción de los rastros. En primer lugar, se evidenció que los estudiantes sometidos a la prueba inhalaban el aire de una manera similar a la de los perros, aspirando por la nariz bocanadas de aire repetidamente, es decir husmeando. Después, bloquearon alternativamente uno de los dos orificios nasales. Así se evidenció que la eficiencia en reconocer olores y su localización se veía muy reducida. Por tanto, la integración de una señal odorífera «en estéreo» es básica para el trazado geográfico de señales aromáticas.

Las conclusiones que los neurobiólogos sacan de estos datos indican que, a pesar del menor número de receptores odoríferos, los seres humanos son mejores en la habilidad para analizar la información obtenida de los olores. Esta capacidad derivaría de un poder de integración superior del cerebro humano, mucho más grande y diseñado para aprender rápidamente con el entrenamiento.

A pesar de ello, uno de los autores del trabajo publicado en Nature Neuroscience apunta que no cree viable que veamos a especialistas entrenados para sustituir a los perros. Nuestros cerebros nos habilitan para reconstruir el camino hacia la fuente de un aroma reconocible. Pero el olfato de los perros es capaz de diferenciar con precisión señales olfativas muy particulares. Al fin y al cabo, todos sabemos reconocer el aroma de pan recién hecho que nos llega de una panadería, ¿pero alguien sabe a qué huele una bomba dentro de una maleta?

Vídeo:

Más información:
Porter, J.; Craven, B.; Khan, R.M.; Chang, S.J.; Kang, I.; Judkewicz, B.; Volpe, J.; Settles, G. y Sobel, N.: «Mechanisms of scent-tracking in humans», Nat Neurosci 2007; 10 (1): 27-29.

 

[+CIENCIA]
19/02/07
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Arriba
portada | percepciones | ciencia | tecnología | industria | noticias | directorio | buscar | suscripción
©Rubes Editorial
[Créditos]