|
La disolución de la
mente es un ensayo filosófico-científico en el que se expone una teoría
original sobre la arquitectura de la mente, y en el que se exploran las
posibles repercusiones psicológicas y filosóficas.
Mi hipótesis propone una
arquitectura mental basada en una unidad de funcionamiento cerebral que recibe
el nombre de "vivencia". La elección del término "vivencia"
no se pretende como un análisis del significado convencional de la palabra,
sino como una nueva acepción. En concreto, la vivencia se postula como la
unidad de funcionamiento cognitivo del cerebro, es decir, la unidad de los
procesos dedicados a gestionar la información del mundo exterior, y que
sustentan el conocimiento y la inteligencia. Una vivencia alberga todos los
procesos cognitivos que suceden en un momento determinado y que quedan unidos
permanentemente, de tal manera que, una vez registrada la vivencia, cuando se
activa uno de los procesos se activan el resto.
La vivencia representa no sólo la
unidad inicial del funcionamiento cerebral, sino también la única. En otras
palabras, la elaboración cognitiva básica de la que es capaz el cerebro se
realiza antes de que la vivencia quede fijada. Por tanto, esto implica una
difuminación de las fronteras que se han establecido hasta ahora entre los
conceptos de sensación, percepción y cognición. Es más, la inexistencia de
elaboración cognitiva más allá de la vivencia excluye la existencia de
elementos mentales comunes en la caracterización de la cognición, como son los
conceptos.
Habitualmente se dice que el
cerebro recibe los estímulos de los sentidos a partir de los que elabora una
representación de lo que sucede en el mundo exterior. Yo propongo una hipótesis
diferente: en lugar de establecer una frontera tajante entre el cerebro y el
mundo exterior, la unidad del conocimiento debe incluir no sólo al cerebro sino
también lo que sucede en el mundo exterior. En otras palabras, el cerebro no se
basta a sí mismo para extraer del mundo todo lo necesario para saber de él,
sino que necesita que el mundo esté presente para que complete sus análisis.
Por tanto, las propiedades de las cosas que el cerebro detecta y discrimina
(los "rojos", las formas "redondas", la cara de un familiar)
no se copian o representan en el cerebro, sino que se extienden a lo largo del
complejo que forman el cerebro-mundo. Ahora bien, aunque el cerebro no dispone
de una representación de las "cosas", al menos recuerda la actividad
que experimentaba cuando estaba en conexión con el mundo exterior, y ese
recuerdo es suficiente para compensar la falta del mundo.
¿Cómo una arquitectura basada
exclusivamente en vivencias, sin que existan entidades más abstractas, puede
dar cuenta de las capacidades conceptuales humanas? Por un lado, hay que
entender que cada vivencia es única, y representa una pieza de conocimiento
particular. Por el otro, el cerebro tiene la capacidad potencial para registrar
millones de vivencias distintas sin que eso suponga un problema neurofisiológico.
Por tanto, la propiedad básica y esencial de un conocimiento basado en
vivencias es que el número de vivencias particulares que el cerebro detecta,
recuerda y maneja es enorme. Ahora bien, la capacidad para identificar y
registrar vivencias únicas no excluye la existencia de conexiones entre
vivencias globales y entre elementos de las vivencias en particular. De hecho,
propongo que el cerebro constituye conexiones estables entre vivencias globales
y entre elementos de las vivencias, en base a diversos tipos de criterios. A
partir de ellos, algo como el concepto de "silla" no consiste en una
entrada en una base de datos, o de una enciclopedia, ni en una activación de un
conocimiento innato, sino en el conjunto de vivencias y conexiones entre los
elementos de las vivencias. Es suficiente disponer de un cerebro que sostiene
un archivo enorme de vivencias distintas, y uno todavía más rico de conexiones
entre sus distintos elementos. Por tanto, las conexiones entre todos los
recuerdos de sillas y las relaciones con los otros elementos de las
vivencias-silla le sirven al cerebro para saber qué es ese objeto que tiene
cuatro patas, una superficie sólida y un respaldo.
De todo lo anterior, se deduce una
teoría del conocimiento humano. En concreto, si todo lo que hay en el cerebro
son vivencias y sus conexiones, entonces el conocimiento de un individuo
aparece por la interacción del cerebro y sus capacidades innatas con el mundo.
Y de un conocimiento de estas características también se deduce una teoría del
aprendizaje. Aprender consistiría en enriquecer ese mundo vivencial creando
nuevos elementos vivenciales, mediante la interacción con el mundo exterior y
la transferencia de elementos relevantes de vivencias anteriores.
Una teoría del conocimiento basada
en vivencias tiene repercusiones epistemológicas: ¿cómo algo que no puede
entenderse como un estado del cerebro/mente desgajado del mundo, puesto que la
unidad del conocimiento se extiende a lo largo del complejo cerebro/mente,
puede considerarse conocimiento y puede ser verosímil y justificado? He
intentado situar la teoría con respecto a las dos grandes tradiciones
epistemológicas, el racionalismo y el empirismo, puesto que el conocimiento
vivencial depende de las capacidades cognitivas del cerebro, pero también de su
experiencia con el mundo.
El hecho de prescindir de una
división en dos medios, el cerebro/mente y el mundo exterior, tiene asimismo
repercusiones importantes para la lingüística en general, y la semántica en
particular. Mi hipótesis es que la palabra se incorpora en las vivencias como
un proceso cognitivo más, sin diferencia con otros procesos, como los que
discriminan colores, sonidos o formas. El valor semántico de una palabra no
reside por tanto en una relación entre una entidad mental, la palabra o el
concepto que representa la palabra, y un objeto y propiedad del mundo, sino en
la capacidad para evocar la vivencia o conjunto de vivencias que permiten
garantizar las propiedades semánticas de la palabra, es decir, las propiedades
que permiten entender algo del mundo cuando se pronuncia la palabra.
Obviamente, una teoría semántica de
estas características tiene consecuencias para la teoría de la comunicación. Si
una palabra no es simbólica, sino evocativa, entonces una comunicación con
éxito entre un emisor y un receptor no consiste en transmitir
"mensajes" o "sentidos", sino en que el emisor consigue
evocar en el receptor aquella o aquellas vivencias que sean equivalentes a las
suyas, de tal manera que compartan las mismas propiedades semánticas. Por
tanto, la teoría vacía el concepto de información; la información no existe
como "cosa"; a lo sumo se puede hablar de la informatividad de una
comunicación como una medida de su capacidad de cambio en el conocimiento del
receptor.
La teoría tiene asimismo
consecuencias importantes para la teoría de la comprensión. Si una comunicación
exitosa no consiste en transferir información, conocimiento o medios
inferenciales, sino en una forma de "manipulación" del conocimiento
del receptor, entonces cualquier comprensión de una proferencia o un texto
depende del conocimiento que el receptor ya tiene. En consecuencia, para
comprender una proferencia o un texto es necesario disponer, al menos
potencialmente, de los elementos que proporcionarán la comprensión, aunque no
es necesario haberse apercibido de ellos. Por tanto, la educación no puede
consistir en transmitir conocimientos de un individuo a otro, sino en conseguir
que quien aprende experimente la vivencia deseada por el que enseña. De ahí que
lo importante sea establecer los elementos que permiten a cada individuo
desarrollarse por sí mismo, proporcionar los instrumentos a partir de los
cuales le será posible enfrentarse al mundo y desarrollar su propio
conocimiento que, en el mejor de los casos, tendrá una base común con el resto
de su comunidad.
La teoría tiene también una lectura
de amplio calado en el ámbito de la teoría de la mente. En efecto, la
presentación de la idea de vivencia como la unidad inicial y final del
funcionamiento cognitivo, con ausencia de procesos más abstractos, no deja
lugar a la idea de pensamiento como proceso separado. Pensar no es distinto a
experimentar una vivencia. La incorporación de las propiedades del pensamiento
en propiedades de las vivencias permite, gracias a que las vivencias son
actividades propias del cerebro, difuminar la división empírico-racional que
desafía habitualmente las teorías de la mente.
Finalmente, la teoría aporta una
visión original al fenómeno de la experiencia consciente. En concreto, propone
que la cualidad de una experiencia consciente no está circunscrita al presente,
sino que resulta de activar todas las vivencias pasadas relevantes a la
experiencia en curso. En consecuencia, los "rojos" que se perciben
conscientemente no corresponden a algo que se deriva del mundo y de la
actividad del cerebro estrictamente perceptivo, sino de todos los
"rojos" que se han experimentado en el pasado. Y la riqueza de la
experiencia consciente depende del número y riqueza de todas las experiencias
anteriores.
|