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Ciencia

THE SCIENCE MODULE OF PERCEPNET PROVIDES PAPERS ON PERCEPTION AND SENSORY SCIENCE BY RESEARCHERS WORKING ON THESE DISCIPLINES

Psicobiología del Aprendizaje y la Memoria (2ª parte): Cognición, recuerdo y olvido
[Psychobiology of learning and memory – II : Cognition, memory and oblivion]

Ignacio Morgado Bernal
Instituto de Neurociencia. Universidad Autónoma de Barcelona
Ignacio.Morgado@uab.es


Pensar, razonar, decidir: cognición ejecutiva

Una forma particular de memoria explícita, y por tanto consciente, es la llamada memoria de trabajo. Este es el tipo de memoria a corto plazo que utilizamos cuando tratamos de retener información sobre algo que nos acaban de decir, cosas que acaban de pasar o pensamientos que acabamos de tener, para utilizarlos inmediatamente en el propio razonamiento, en la resolución mental en curso de algún tipo de problema o en la toma de decisiones. Cuando, por ejemplo, multiplicamos mentalmente, hemos de retener brevemente en memoria los productos parciales para integrarlos en el producto final. Esa retención de los productos parciales es lo que llamamos memoria de trabajo. Se trata, entonces, de información transitoria, que frecuentemente está generándose, borrándose y siendo sustituida por otra de similar naturaleza. La memoria de trabajo está muy relacionada con la inteligencia de cada individuo.

Las modernas técnicas de imágenes cerebrales (neuroimágenes funcionales como la resonancia magnética o la tomografía de emisión de positrones) nos permiten visualizar las regiones del cerebro que están activas en un momento determinado, en el curso de una operación mental. Su aplicación pone de manifiesto que cuando funciona la memoria de trabajo una de las regiones que resulta especialmente activada es la corteza prefrontal, la parte anterior y más evolucionada del cerebro humano. Pero, actualmente, algunos investigadores creen que esa actividad, más que la base de una memoria propiamente dicha, podría ser reflejo de procesos de selección de respuestas o de preparaciones motoras, es decir, de un uso prospectivo de la información necesaria para actuar. Ello podría significar que la corteza prefrontal es parte de una red de neuronas que implica a otras regiones de la corteza cerebral (temporal, parietal, premotora, límbica) para representar estímulos ausentes y guiar, de ese modo, el comportamiento. La corteza prefrontal es, por así decirlo, como un director de orquesta mental que juega un papel muy importante en el reclutamiento y organización de la información en curso de procesamiento, secuenciando las informaciones involucradas en las actividades cognitivas ordinarias y en la evocación de los recuerdos. De ese modo, está implicada en los aspectos temporales y en la sintaxis o composición coherente de los episodios de la memoria. En definitiva, lo que actualmente llamamos memoria de trabajo, no es una simple memoria, sino que consiste en un sistema general de control cognitivo y de procesamiento ejecutivo que guía el comportamiento e implica interacciones entre los diversos procesos mentales (atención, percepción, motivación, emociones y memoria). Quizá no está lejos el día en que su nombre sea sustituido por otro más acorde a su verdadera naturaleza. Mi propuesta es sistema de cognición ejecutiva (SCE) o, simplemente, cognición ejecutiva.

Sea como fuere, se ha observado también que la actividad en la corteza prefrontal del cerebro se incrementa con la práctica (cinco semanas) en tareas de memoria de trabajo en humanos, lo que sugiere que la capacidad para este tipo de memoria, y quizá el porcentaje de inteligencia general que de ella depende, podría mejorarse con su uso. La inteligencia pues, podría ser algo más versátil de lo que creemos.

Recordar y olvidar

El recuerdo de las memorias implícitas suele ser un proceso instantáneo y automático que nos permite reproducir con precisión el comportamiento aprendido y almacenado en el cerebro. Pero, otras veces se trata de un proceso activo, una reconstrucción no siempre fiel de lo que inicialmente se almacenó en la memoria. Muchos recuerdos de ambos tipos, implícitos y explícitos, pueden activarse mediante estímulos sensoriales o percepciones relativamente simples, como imágenes o sonidos, que activan los circuitos cerebrales que se relacionan con las memorias implicadas. Sorprendente es, asimismo, el extraordinario poder que tienen los estímulos olfatorios para evocar memorias remotas. El olor de una muñeca o de cualquier antiguo objeto guardado en un viejo baúl puede hacernos revivir instantáneamente momentos o sensaciones de nuestra más lejana infancia. Ello es una reliquia biológica del poder ancestral que tuvieron los estímulos olorosos para advertir de la presencia de estímulos vitales como alimento, sexo o peligro. La evolución potenció la memoria olfativa como un valioso elemento de adaptación y supervivencia de muchas especies.

Una situación especial es aquella en que las memorias están disponibles pero no son accesibles, cuando tratamos de recordar algo que estamos seguros de saber sin conseguirlo. Es el caso frecuente de «pero si esto yo lo sabía muy bien, ¿porqué ahora no me puedo acordar?», o el de «¿qué he venido yo a hacer aquí?» o quizá el de «tengo ese nombre en la punta de la lengua, pero no me sale». En muchos de estos casos la incapacidad de recordar se debe a que el recuerdo también puede relacionarse con situaciones orgánicas del individuo o exteriores a él. Cuando aprendemos en un determinado estado orgánico, por ejemplo, cuando estamos muy despejados y activos, o, por el contrario, cuando estamos adormilados, o bajo los efectos de una droga estimulante como la cafeína (café, té, cola), o depresora, como el alcohol, suele ocurrir que la mejor situación para recordar posteriormente lo aprendido es volver a estar en la misma situación en que se aprendió. En caso contrario, la evocación del recuerdo puede estar dificultada y el individuo quedarse en blanco.

Figura 1. Disponible pero no accesible
 Figura 1. Disponible pero no accesible
El olvido pues, más que una pérdida de la información almacenada (memoria) podría consistir, muchas veces, en una mera incapacidad para acceder a esa información. Todos sabemos que lo que en un momento determinado no recordemos no quiere decir que no podamos recordarlo más tarde, en otro momento. Además, hay pacientes que recuperan la memoria algún tiempo después de sufrir el trauma o accidente que les hizo perderla. Todo ello viene a confirmar que las memorias no habían desaparecido del cerebro. En realidad, seguían disponibles, pero no eran accesibles al no estar el organismo en el estado fisiológico que permite la accesibilidad a las mismas y generar el recuerdo. Además de las propias condiciones internas, tal estado puede depender también del contexto ambiental, pues todos tenemos la experiencia de, por ejemplo, no reconocer a una persona si la vemos en un lugar diferente a donde solemos encontrarla. Igualmente, cuando no recordamos lo que hemos ido a buscar a la cocina, lo mejor es volver nuevamente al dormitorio para volver a activar la memoria. La mejor manera de facilitar el recuerdo consiste, entonces, en situarnos en un contexto, orgánico y ambiental, lo más parecido posible al original en el que adquirimos la información.

Trabajos recientes con neuroimágenes funcionales en humanos muestran que el olvido, en lugar de ser un proceso degenerativo neural o un desaprendizaje, puede consistir en un proceso activo e inhibitorio que impide el recuerdo. Se ha observado que cuando un sujeto está tratando de impedir mentalmente un recuerdo, aumenta la actividad neural en su corteza cerebral prefrontal, y se reduce en el hipocampo, al tiempo que consigue evitar ese recuerdo. Es decir, la activación del sistema de cognición ejecutiva parece impedir el recuerdo inactivando transitoria y funcionalmente estructuras del lóbulo temporal medial del cerebro, que podrían estar implicadas en la reactivación de las memorias. Quienes descubrieron estos resultados no han evitado la tentación de relacionar ese proceso con las conocidas hipótesis freudianas acerca de la represión mental.

Por otro lado, resulta plausible creer que la extraordinaria capacidad asociativa del cerebro humano debe estar sometida a un proceso de autocontrol permanente que impida que nuestra mente se sature de información irrelevante. La clave parece radicar en unas proteínas especiales del cerebro (enzimas fosfatasas) que, tal como se ha comprobado en ratas, podrían actuar como un freno permanente a la formación de las memorias en el seno de las neuronas. Si se confirma este mecanismo en el cerebro humano, puede resultar de extraordinaria relevancia para la modulación de la memoria en situaciones tanto normales como patológicas.

Cómo debemos aprender

Todos sabemos, por experiencia, que hay modos diferentes de aprender la misma cosa. Es decir, podemos utilizar diversas estrategias mentales cuando queremos aprender algo. Ello implica poner en juego en cada caso diferentes procesos y regiones cerebrales. Y, lo que es más importante, las propiedades de las memorias que se forman cuando aprendemos dependen de la estrategia y del tipo de aprendizaje que se ha utilizado para generar esas memorias. Hay experiencias que podemos y deberíamos aprender como puros hábitos, generando memorias implícitas, que son inconscientes, precisas e inflexibles. Por ejemplo, cuando necesitamos aprender algo que requiere precisión y determinadas condiciones de realización, como nadar, escribir sin faltas de ortografía, aprender una lengua extranjera o hacer cálculo mental rutinario. En estos casos, todos sabemos que la práctica repetida es la condición más crítica para adquirir la destreza y la perfección. Pero, otras veces, es mejor adquirir memorias que aunque sean más imprecisas son más flexibles y, por tanto, capaces de expresarse en condiciones versátiles, diferentes a las del contexto original de aprendizaje. Es el caso de aprender una materia científica, de saber situarse en el espacio con independencia del lugar de partida o de aprender a solucionar problemas matemáticos complejos, situaciones todas que pueden tener lugar cada vez de un modo o en un contexto diferente. En esas circunstancias se requiere aprendizaje relacional y memoria explícita.

Para generar memoria explícita hay que poner en juego regiones cerebrales como el hipocampo y sus áreas relacionadas. Cuando estas estructuras intervienen, el aprendizaje implica comparaciones, contraste entre elementos y posibilidad de inferir, deducir o generalizar a otras situaciones equivalentes a la vivida. La propia actividad creativa de un individuo puede estar muy relacionada con la memoria explícita generada con el concurso del hipocampo. En caso contrario, cuando el hipocampo no entra en juego, las asociaciones cerebrales que se forman tienen un carácter más rígido y automático, perdiendo la posibilidad de expresarse cuando los problemas o situaciones se plantean de un modo o en un contexto diferente al original. Cuando nos enfrentamos a una situación de aprendizaje es muy importante discernir la estrategia cognitiva que guía nuestra conducta. Esa estrategia depende de los hábitos mentales que ya tenemos adquiridos, de la situación orgánica y ambiental en que nos hallamos y de las instrucciones que recibimos o que nos damos a nosotros mismos para aprender la tarea. Hay instrucciones que incitan a la comparación y el contraste, generando memoria explícita, mientras que otras nos conducen a un tipo de aprendizaje más automático y reflejo que genera memoria implícita. Es importante, entonces, darse cuenta de que incluso pequeños cambios en los estímulos o en la situación de aprendizaje pueden modificar las estrategias que utiliza el cerebro para procesar la información. El producto final dependerá de esas estrategias. En cualquier caso, la mejor manera de aprender consiste en saber muy bien lo que queremos y cómo nuestro cerebro quiere que lo adquiramos.

 

[+CIENCIA]
19/03/07
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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