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Ciencia

THE SCIENCE MODULE OF PERCEPNET PROVIDES PAPERS ON PERCEPTION AND SENSORY SCIENCE BY RESEARCHERS WORKING ON THESE DISCIPLINES

¿Cuánto olfato debemos otorgarle a la antropología? Acerca de la transmisión de un patrimonio olfativo (1ª parte)
[Quel nez donner à l’anthropologie? A propos de la transmission d’un patrimoine olfactif (1ière partie)]
Olivier Wathelet,
Université de Nice-Sophia Antipolis, Nice, France
Doctorant (allocataire et moniteur*), membre du LAMIC (Laboratoire d’Anthropologie : Mémoire, Identité, Cognition sociale)


«Un lugar debe su carácter a la experiencia que proporciona a aquéllos que pasan un tiempo en él, a las imágenes, sonidos y especialmente olores que constituyen su ambiente específico. Y éstos, a su vez, dependen de las actividades a las que sus habitantes se ocupan »
(Ingold, 2000)

Existe hoy en día acuerdo sobre la idea de que las percepciones humanas implican un mecanismo complejo, función a la vez de su naturaleza biológica y de su inscripción en un grupo social. Las reflexiones que suscita y propone regularmente Percepnet constituyen un buen ejemplo de ello1. No obstante, si bien la dimensión cognitiva del problema se plantea actualmente con seriedad, su vertiente cultural, con algunas excepciones, ha sido durante mucho tiempo ignorada en los medios académicos y profesionales del análisis sensorial.

Por suerte, esta desafortunada situación está cambiando. Desde principios de los años noventa del siglo pasado, por iniciativa de algunos investigadores norteamericanos, se consolida lentamente una antropología de los sentidos2. Su objetivo es, simplemente, aportar argumentos a un escenario de construcción social de los sentidos. Centrada en los trabajos de los canadienses David Howes y Constance Classen, aunque sin reducirse a ellos, esta disciplina pretende mostrar cómo la humanidad constituye diversos grupos culturales identificables por sus formas diferentes de priorizar una o varias modalidades sensoriales. Partiendo del conjunto de prácticas simbólicas o rituales, el etnólogo debe deducir una escala de valores sensorial del grupo, su ratio sensorial.

El primer grupo humano sometido a análisis, la «sociedad occidental», se caracteriza por la importancia fundamental que concede a la vista, y por la marginalización de los sentidos que considera más cercanos a la naturaleza, como el tacto o el olfato3. Y, a la inversa, numerosas etnografías atestiguan que, en otros grupos como las tribus Kwoma de Papua Nueva Guinea (Howes, 2003), los Anlo-Ewe de Ghana (Geurts, 2002a) o los Songhay de Níger (Stoller, 1989; 1997), las epistemologías indígenas clasifican y dividen el espacio sensible según una lógica inversa (Geurts, 2002b).

Así, se crea una frontera rígida entre nuestra sociedad moderna, «desensorializada» desde el siglo XIX, con la aparición de un orden burgués anósmico (Corbin, 1982; Howes, 1990), y el resto de la especie humana. Ésta, contrariamente a los efectos de una globalización económica y cultural «hipervisualista» (Classen & Howes 1994), ha logrado conservar la agudeza del tacto, de la boca o de la nariz. Definitivamente expulsada del paraíso perdido de los sentidos, nuestra civilización se rodearía de una estética fría y cúbica como un laboratorio. El marketing sensorial, el desarrollo de las denominaciones de origen controladas en Francia o el boom de los ambientadores de interiores en Estados Unidos no serán, desde ese momento, más que epifenómenos al margen de lo que constituye, realmente, el contenido de nuestra vida cotidiana.

No obstante, existen estudios contrarios a esta división analítica, realizados principalmente en Europa, que revelan la aplicación de complejos conocimientos sensoriales. Entre otros fascinantes ejemplos, Joël Candau, con sus trabajos de antropología olfativa en el entorno profesional, demuestra la posibilidad de una transmisión basada en el lenguaje de los olores, con todo lo imperfecto y aproximativo que pueda ser (1999; 2000). Otros trabajos realizados en el ámbito doméstico muestran igualmente la existencia de una experiencia similar en la elaboración de las cocinas (Mainet-Delaire y Mainet, 1999; Masson, 2000). Aunque poco frecuentes, estas investigaciones no apuntan menos hacia la posibilidad de una antropología de los sentidos en general, y de los olores en particular, que tendría más de ecología sensorial (Shepard, 2004) que de semiología (Howes, 1986).

Creemos que esta andadura es posible. Nuestra opinión es que, en una primera y esencial etapa, es preciso desprenderse, para seguidamente sobrepasar, las limitaciones y estrecheces interpretativas que subyacen al programa norteamericano4. En el marco de esta discusión querríamos destacar dos orientaciones teóricas implícitas en sus trabajos, con consecuencias metodológicas desafortunadas5.

Por un lado, Howes y colaboradores tienden a reducir el hecho cultural a una de sus expresiones más visibles, su apariencia simbólica. Esta concepción de la cultura no es nueva. El antropólogo estadounidense Taylor la definió en 1871 como «un todo complejo que incluye conocimiento, creencia, arte, moral, leyes, costumbres y cualquier otra capacidad o hábito adquirido por el ser humano como miembro de una sociedad» (1958). Los usos simbólicos casi universales como, por ejemplo, perfumar el cuerpo de vivos y muertos, o atribuir a otros pueblos olores nauseabundos opuestos a los propios (Le Breton, 2003), serían hechos sociales comunes que se encuentran altamente conceptualizados en el conjunto de los miembros de un determinado grupo. De ahí: «la percepción es un fenómeno en dos etapas: en primer lugar implica la recepción, por parte de un organismo humano individual, de datos sensoriales efímeros y sin sentido; la segunda etapa consiste en la organización de estos datos en representaciones perdurables compartidas por la colectividad.» (Ingold, 2000)6. El acto de percibir no sería social si posteriormente no se integrara en un sistema de representaciones o de creencias.

Por otra parte, estas agrupaciones culturales son, contra toda verificación empírica, consideradas como entidades integradas y coherentes, que prestan a cada individuo características globalmente similares. El ratio de los sentidos de una cultura sería por tanto, de algún modo, la imagen de lo que cada uno de sus miembros de la comunidad es capaz de sentir y expresar. A partir de ahí, toda desviación empírica al ratio de los sentidos propuesto por el investigador es, la mayoría de veces, eliminada del análisis, considerada como ruido estadístico. Únicamente casos extraordinarios de trasgresión manifiesta de un orden sensible dominante hallarán fortuna en el examen de esta cultura (Classen, 2004). Como en el caso precedente, la variabilidad interindividual de las formas de sentir no depende más que de su naturaleza biológica y de la aleatoriedad de las situaciones vividas, limitando a su vez la posible comprensión de un aprendizaje cultural7.

Tras destacar este aspecto, ¿cómo proceder para proponer una antropología sensorial de lo banal y de los actos cotidianos? Para responder a ello, tomaremos como ejemplo la investigación doctoral que estamos llevando actualmente a cabo y que se dirige a la comprensión de los mecanismos de transmisión de los «patrimonios olfativos» en el seno de las familias. La principal dificultad de esta tarea, dada su orientación teórica, consiste en considerar en su justo valor el casi-silencio de los individuos cuando se les pregunta acerca de los olores presentes en su espacio doméstico8.

Este doble problema de una incapacidad, a priori, de caracterizar verbalmente los olores con los que convivimos cotidianamente, y el de la definición misma del objeto a construir (el patrimonio olfativo) constituye, a nuestro entender, las dos caras de un mismo objeto. Tras unos primeros momentos de silencio y duda, las entrevistas muestran, de forma importante, las descripciones un poco más firmes de los malos olores, miasmas desagradables, rupturas dentro del orden normal de los odorantes que, debido a su inadecuación respecto a lo que es normal, se convierten en molestas. A través de anécdotas, estos testimonios van revelando poco a poco la complejidad del fenómeno.

Para determinar esta complejidad, proponemos un enfoque que reposa sobre un corpus disperso de trabajos realizados por filósofos, cognitivistas, antropólogos o psicólogos, cuyo punto en común es una misma voluntad de construir un programa de investigación ecológicamente válido. El argumento sobre el que reposa este objetivo es evidente, aunque a menudo se ignora en la práctica (especialmente en laboratorio)9: los órganos sensoriales no funcionan aisladamente, sino que se inscriben dentro de un cuerpo, que a su vez está implicado en acciones prácticas en función de otros individuos (Clark, 1997).

Otros han descrito anteriormente mejor que nosotros mismos los límites y resultados de esta opción (Ingold, 2000). En este marco de discusión, nos contentaremos con resumir mediante cuatro hipótesis de trabajo los elementos esenciales de nuestra investigación:

1. La percepción es un fenómeno social, ya que cada etapa de la cadena causal que constituye el suceso «olor» (sensación, percepción, reconocimiento, verbalización, uso…) es fruto de una triple determinación: biológica, social y ecológica.

2. La percepción de un olor es un suceso inherente a un individuo, que será calificado como «activo». En primer lugar, porque no hay sensación sin acción (y viceversa). En segundo, porque las porciones del entorno percibidas no son los segmentos de una « naturaleza virgen», sino el fruto de una estructuración humana compleja10. El contexto doméstico es un ejemplo particularmente importante de ello. Por estructuración de un espacio se entiende tanto su disposición material (construcción, modificación, localización…) como las prácticas que tienen cabida. Cocinar, producir olores alimentarios que difunden por todo un apartamento, siguiendo una red de obstáculos más o menos conscientemente organizados (puertas cerradas, ventanas abiertas…), es un ejemplo que nos interesa particularmente.

3. Por último, proponemos considerar los espacios de intimidad y familiaridad como manifestaciones (casi) perfectamente integradas de una concordancia armoniosa entre el actor que percibe/estructura su mundo, y el mundo estructurado que «se hace sentir». Este encuentro se hallaría en la base de numerosos automatismos, costumbres y pequeñas acciones que construyen, sin llegar a ser conscientes, los espacios a habitar. En este sentido, una cultura sensorial no puede reducirse a representaciones públicas y verbalizadas.

4. Es por ello que definiremos al mismo tiempo la transmisión y su objeto (el patrimonio olfativo) como la doble expresión, simultánea e interdependiente, de un movimiento de «reconstrucción de otras acciones» (Connerton, 1989) y de construcción de entornos materiales. «En el transcurso de las generaciones humanas, cada una de ellas contribuye al conjunto de conocimientos de la siguiente, no transmitiéndole un corpus de información inconexa, fuera de contexto, sino estableciendo, mediante sus actividades, los contextos del entorno en los que sus sucesores desarrollarán sus propias capacidades conexas de percepción y acción.» (Ingold, 2001).

Como continuación a estas reflexiones, en un próximo número de Percepnet propondremos una primera tipología de las formas de transmisión que se apoyan sobre las hipótesis que acabamos de someter a su apreciación.

Notas

1 Particularmente, nos referimos al editorial del 18 de mayo de 2005, titulado «La nueva antropología de los sentidos». Más que nada habrá suscitado en el autor del presente ensayo el deseo de compartir su joven experiencia en esta materia. La primera parte de esta discusión es una continuación directa de ello.

2 Existe igualmente un número cada vez mayor de investigaciones llevadas a cabo en el universo francófono, de las cuales Méchin y Alii (1998), y Cobbi y Dulau (2004) son ejemplos muy interesantes, respectivamente, en el dominio de la antropología de los sentidos en general, o de los olores en particular, en el segundo caso. Defiendo, sin demostrarlo aquí, que lo esencial de las reflexiones que he desarrollado se aplican igualmente a estos trabajos. Con ciertos matices, me parecen no obstante menos radicales en sus proposiciones, y más abiertas a los objetivos que me planteo.

3 Constance Classen, en su trabajo World of sense (1993) propone un resumen del origen histórico de estas preferencias contemporáneas. Ella centra su propuesta sobre la mayor o menor diversidad de expresiones semánticas, eludiendo rápidamente la cuestión de la correspondencia entre percepción y verbalización.

4 Reconocemos, no obstante, que esta presentación somera de la antropología de los sentidos norteamericana se halla, por su brevedad, en el límite de la caricatura. Es preciso destacar igualmente que (demostración obliga), nos contentamos con subrayar sus defectos, sin mencionar sus numerosas virtudes.

5 Con excepción Geurts 2002a, que intenta protegerse de una crítica similar en uno de sus capítulos.

6 Así, David Howes (2004) explica en qué consiste el estudio de los modos de sentir: «es la idea de que la experiencia del entorno, y de las otras personas y cosas que lo habitan, se produce por el modo particular de distinguir, valorar y combinar los sentidos en la cultura en estudio».

7 En efecto, hay necesariamente, en el núcleo de todo aprendizaje, un descarte, una ausencia que se supone que éste debe colmar.

8 Entrevistas semidirectas mantenidas con habitantes de Lión y Niza, sin distinción de sexo o edad.

9 Leemos con satisfacción las proposiciones metodológicas de Benoist Schaal (1998) que muestran cómo la recolección de anécdotas surgidas de la vida cotidiana de los entrevistados permite el reencuentro entre «el laboratorio y el terreno».

10 Como demuestra de forma brillante Philippe Descola (1994), a partir de su análisis de los indios Ashuar de Brasil, no hay naturaleza que no se encuentre en una forma domesticada, es decir, aprehendida y transformada por el hombre en el curso de su desarrollo. El «bosque virgen» es, en efecto, un mito.

Bibliografía

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30/12/05
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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