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Filoosmosofía
[Smell Knowledge Lover]

Josep de Haro
Hospital de Badalona

Los seres humanos podemos ser filoosmosóficos (amantes del mundo de los olores), filoaudiosóficos (amantes del mundo del sonido), filohaptosóficos (amantes del gusto), filoopticosóficos (amantes de lo visual) o filotactosóficos (amantes de las percepciones táctiles). Estas características no son excluyentes, así que podemos vivirlas separadamente o todas a la vez.

Einstein decía: «Qué conocimiento puede adquirir el pensamiento si se independiza de lo que le informan los sentidos ». El conocimiento se lleva a cabo por los sentidos, y es por ello que podemos decir que los seres humanos somos senso…operarios, senso…ingenieros, senso…filósofos, senso…jueces, senso…policías, senso…médicos, senso… etc.

¿Cómo es un organismo «senso»?. El ser humano, como organismo «senso», y desde una visión muy amplia, está formado por un marco base en el que encontramos: cuatro niveles y ocho escalones.

Los cuatro niveles son: cuerpo, mente, espíritu y entorno (espacio-tiempo). El cuerpo es la base material, el soporte sobre el que se aguanta la mente y esta a su vez es el fundamento del espíritu del ser humano (no confundir con entes espirituales, ni con la religión).

Los ocho eslabones son: primero el que nos conduce a formarnos en una dirección sexual (estructuración de nuestro sexo: macho o hembra). Le siguen tres eslabones que construyen un cerebro muy primitivo (altamente instintivo): el cerebro reptil destinado a la supervivencia básica (defensa-ataque, hambre-saciedad, actividad-descanso, celo-apareamiento, huida, etc.), continuando con el añadido de un cerebro un poco más moderno, el cerebro mamífero (altamente sentimental) en el se forman sensaciones que van más allá de los actos reflejos y las emociones, para por último, alcanzar el cerebro humano (altamente cognitivo) donde se desarrolla la razón. Los dos siguientes eslabones nos constituyen en la forma diferencial del ser humano hombre y ser humano mujer. Cuando llegamos a los eslabones sexto y séptimo, estamos en el terreno del cerebro derecho y del cerebro izquierdo (cada uno de ellos procesa distintos tipos de información a la vez que tiene distintas formas de procesar la información que recibe), que pueden ser observadas entre otros, en los sexos (cerebro dominante derecho en las mujeres, cerebro dominante izquierdo en los hombres) y en los diestros y en los zurdos. Por último el octavo eslabón es el entorno de la persona.

Una vez obtenido el marco base que hemos descrito, necesitamos mantenerlo, es decir necesitamos construir el «yo» personal e irrepetible que somos. Cada «yo», a su vez se dirige hacia una forma de ser, hacia un «soy», ese «soy» de cada persona humana, de cada uno de nosotros está compuesto por un cuerpo, donde reside el cerebro y el resto de órganos, una mente y un espíritu; dicho «soy» se halla en medio de un «no yo» que le rodea y que habitualmente es la familia y la sociedad.

Dentro de lo que cada persona es, existe lo que se entiende que tenemos cada uno de nosotros y que denominamos «mi vida» o estado autónomo dinámico personal que está delimitado por un medio interno (fisiología corporal) y por un medio externo (entorno). Los seres humanos nos hallamos viviendo entre un medio externo que es el entorno que lo envuelve y un medio interno o interior que le otorga una estructura básica.

La experiencia constante que día a día vamos acumulando como humanos se almacena en el cajón de la memoria de nuestro sistema nervioso
central (sistema límbico del cerebro).

Este conjunto de estructuras, que permiten que el ser vivo que somos pueda captar los estímulos tanto externos como internos, se llaman sentidos, y es por medio de ellos y gracias a los sensores de que disponen, que convierten el estímulo en información capaz de alcanzar las áreas cerebrales pertinentes. Hasta tal punto es así, que si no hay estímulo o/y sensor no hay información.

La información que los sentidos nos aportan va construyendo nuestra cognición que se almacena en dos sistemas distintos: un pequeño sistema llamado conocimiento consciente, y un gran sistema, donde va la mayor parte de la información que es el conocimiento inconsciente. Todo ello supervisado por los mecanismos de la memoria.

 

Conocimiento y olfato: cómo el ser humano obtiene información por la vía olfativa

El olfato forma parte del sabor, de tal manera que podemos decir que el sabor es la combinación del gusto y del olfato. A su vez cada uno de ellos (olfato y gusto) está constituido por receptores específicos del olfato, para el caso del olfato, y de receptores específicos del gusto, para el sentido del gusto; y a ambos les acompañan receptores del tacto, por lo que cuando hablamos de sabor hemos de tener presentes no solo los receptores del olor y del gusto, sino también los receptores táctiles que los acompañan. Además de todo ello hay que saber que en la nariz también hay receptores hormonales (sexuales y no sexuales).

Tanto el sistema olfativo como el gustativo comparten su función con el sistema nervioso neurovegetativo (encargado de acciones automáticas, como puede ser el estornudo o el vómito) y con el sistema nervioso neuromotor (encargado de acciones voluntarias tales como el olfateo y la masticación).

Hay que añadir que el olfato no solo detecta los olores del medio externo de la persona, sino que también detecta los estímulos olorosos del propio cuerpo: se denomina exoolfación (a la olfación de lo exterior) y endoolfación (a la olfación de lo interior).

La información del sentido del olfato circula a lo largo de una ruta, que va de la nariz hasta el cerebro, desencadenando a lo largo de su camino, emociones, sentimientos, creencias, criterios y valores que serán los encargados de modelar nuevos conceptos y nuevos estados de la persona. Ocurre, sin embargo, que las experiencias sensoriales olfativas son modificadas por los conocimientos o ignorancias previas que poseemos como personas.

Mapa cerebral de la ruta sensoolfativa

La ruta sensoolfativa parte de un mapa neurológico establecido que, a su vez, actúa creando nuevos mapas cognitivos. El mapa neurológico cerebral empieza en la parte más anterior de la base del cerebro anterior, en el llamado bulbo olfativo (fig. 1), donde se produce la primera concentración de información; de este, la información va hacia el núcleo olfativo anterior o NOA (fig. 2), en el se gestiona el inicio de la distribución y se capta la identificación. Luego se dirige de forma simultánea hacia el tálamo (fig. 3) para llevar a cabo la discriminación fina del olor. La ruta sigue al hipocampo y amígdala, que son el territorio de las emociones y sentimientos, y al córtex piriforme (fig. 4) donde se analiza la cualidad, identificación y significado de lo olido. Más tarde conecta con áreas gustativas (fig. 5), sobre todo en la ingesta, y pasa al hipotálamo (fig. 6) para analizar la carga hormonal, sexual o no. Por último, alcanza el lóbulo límbico (fig. 7) donde se memoriza.

La siguiente secuencia gráfica (figs. 1 a 7) permite recorrer la ruta sensoolfativa del cerebro.

Fig. 1. El olor alcanza la mucosa olfativa y llega al bulbo olfativo
Fig. 1. El olor alcanza la mucosa olfativa
y llega al bulbo olfativo.

Fig. 2. Núcleo olfativo anterior. Primer lugar de identificación y donde se agrupa toda la información para ser distribuida
Fig. 2. Núcleo olfativo anterior.
Primer lugar de identificación y donde se agrupa
toda la información para ser distribuida.

Fig. 3. Tálamo. Lugar de la discriminación fina del olfato
Fig. 3 Tálamo.
Lugar de la discriminación fina del olfato.

Fig. 4. Córtex piriforme. En él se adquieren significados
Fig. 4. Córtex piriforme.
En él se adquieren significados.

Fig. 5. Áreas gustativas. Estas áreas se activan, especialmente, en proceso de ingesta
Fig. 5. Áreas gustativas.
Estas áreas se activan, especialmente, en proceso de ingesta.

Fig. 6. El hipotálamo, donde se analiza el contenido hormonal (sexual o no) de la información olfativa.
Fig. 6. El hipotálamo,
donde se analiza el contenido hormonal
(sexual o no) de la información olfativa.

Fig. 7. Áreas gustativas. Estas áreas se activan, especialmente, en proceso de ingesta
Fig. 7. El lóbulo límbico,
donde se procesa la memoria.

Como puede deducirse, la información que conlleva la función olfativa es lo suficientemente amplia como para no ser despreciada. Ser un «filoosmósofo» es ser un amante del conocimiento por medio de los estímulos olfativos y supone abrir y dirigir la atención hacia este tipo de estímulos. Las personas que educan su olfato educan su conocimiento no solo con cantidad de datos nuevos, sino también con la calidad de esa información. Puede parecer que esta actividad es más propia de perfumistas, enólogos y cocineros, pero cometeríamos un error grave si nos guiáramos por este criterio. Valorar la información olfativa no es solo saber distinguir un vino de otro, un perfume, o los componentes de un plato cocinado, valorar la información olfativa da como resultado poder ampliar la información que aportan los otros sentidos; por ejemplo, un ingeniero puede detectar compuestos degradados de circuitos automáticos, electrónicos, de estructuras, etc.; un bombero puede captar la presencia de los compuestos que están ardiendo; un inspector de sanidad el uso de productos prohibidos; un agricultor la calidad de fertilizantes, etc., por no hacer referencia a las personas que trabajan en calidad de alimentos, de objetos, o sencillamente situaciones peligrosas tóxicas.

Aprender de los olores que surgen de nuestro cuerpo y del entorno que nos rodea amplía nuestra capacidad de conocimiento global, ya que el sistema sensorial no funciona de forma separada; lo hace de forma global entrelazando unos sentidos con otros. Ser filoosmósofo significa conocer mucho más desde una perspectiva global.

Puede ocurrir que el sistema olfativo se deteriore y, en lugar de ayudar, entorpezca. Esto es lo que ocurre cuando, por ejemplo, se percibe de forma subjetiva un mal olor persistente (cacosmia) por ozena, déficit metabólico, etc.; una percepción errónea de un olor (ilusión) por una alteración neurológica, un olor que no existe en el entorno (alucinación) producido por alteraciones psiquiátricas, o percibir que todo tiene el mismo olor (fantosmia) a causa de un resfriado, etc. Y así podríamos continuar hasta cubrir las casi 300 enfermedades que producen alteraciones olfativas.

De todo ello se desprende que deberíamos prestar mayor atención al sentido del olfato y abandonar la idea de que no hay que cuidarlo ni educarlo.

El hecho de que estos datos hayan sido expuestos y despierten interés en un departamento universitario de filosofía honra a dicho departamento y a sus participantes,1 por el interés que supone el ensanchar tanto los conocimientos sobre otros ámbitos como los de su disciplina que se ve enriquecida con nuevos enfoques y diferentes perspectivas.

Nota

1. Este texto está inspirado en la intervención del autor en el curso La apreciación estética de la naturaleza y su dimensión olfativa, organizado por el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona, que tuvo lugar en la Universidad de Verano de la UAB en julio de 2011.

 

 

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[+CIENCIA]
15/12/11
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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