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THE EDITORIAL SECTION PROVIDES MONTHLY COMMENTS AND REFLECTIONS ABOUT SENSORY SCIENCES BY PERCEPNET EDITORS AND CONTRIBUTORS

Información sin redundancia
[Redundancy-free information]

La información es el bien más preciado que poseemos: es imprescindible para la vida. En un editorial de Percepnet publicado en 2003 recordábamos la brillante exposición de Franklin M. Harlod sobre el contenido informacional de un suceso simple. Fórmulas a parte, llegábamos a la misma (y antropocéntrica) conclusión que el introductor de la teoría matemática de la comunicación Claude Shannon. A saber, que la cantidad de información de un mensaje es equivalente a su capacidad para sorprendernos. Todo aquello que excede, que se repite en un mensaje, que es redundante, nos priva de la sorpresa y, por tanto, de información.

Nuestro cerebro es un sistema experto en procesar datos de los sentidos. Y aunque somos ineludiblemente adictos a la información, que consumimos en cantidades ingentes, la redundancia nos aburre y desincentiva. Por esa razón, el neurobiólogo Horace Barlow (descendiente en línea directa de Charles Darwin) planteó la hipótesis de que los sentidos están interconectados para evitar la redundancia que representaría captar en paralelo un entorno visual, uno auditivo, uno olfativo, etc. Esto viene a significar que nuestro sistema neuronal simplifica, a la vez que transmite, las señales que recibe de los órganos de los sentidos. Y, como si de un mensaje SMS se tratara, suprime bits redundantes y conforma un complejo multisensorial que transporta hasta el cerebro.

Sin embargo, nuestro cerebro no sólo procesa los mensajes, sino que almacena aquello que comunican, y suele refinar sus contenidos, desechando a su vez redundancias, incluso sobre la información almacenada; una peculiaridad que denominamos experiencia. Por tanto, no es de extrañar que, frente un sistema tan eficaz, con el paso del tiempo perdamos margen para la sorpresa, lo que suele producir un efecto devastador en nuestra mente, mucho más que el deterioro biológico que conlleva el envejecimiento. Con la falta de sorpresa el cerebro, esa máquina poderosa capaz de engullir miles de discos duros sin más esfuerzo que sentir, va perdiendo interés por el raudal de mensajes de su entorno y aparece una especie de senectud dominada por la indiferencia sensorial. Dejamos de «ver», «oír» y «palpar» una parte significativa de cuanto nos rodea: el universo empieza a dejar de sorprendernos.

Para hacer frente a ello, Laurence C. Katz, neurobiólogo que recordamos en esta edición, haciendo bueno el aforismo de que «la mente es un músculo», inventó el neurobic, un método que nos invita a alterar nuestro entorno, o la hipótesis que de él nos hemos forjado, para obtener del mismo nuevos mensajes, distintos y no redundantes con nuestra experiencia, capaces de activar la inagotable capacidad de reorganizarse de nuestro sistema neuronal y hacer frente al más aislador de los envejecimientos, la rutina sensorial.



 

[+EDITORIAL]
31/01/06
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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