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THE EDITORIAL SECTION PROVIDES MONTHLY COMMENTS AND REFLECTIONS ABOUT SENSORY SCIENCES BY PERCEPNET EDITORS AND CONTRIBUTORS

Polifuncionalidad de los sentidos. Retos y oportunidades
[Polifunctionality of the senses. Challenges and opportunities]

Que los órganos de nuestros sentidos ejercen diversas funciones sensoriales captando impulsos de distinta naturaleza biofísica o molecular es una verdad que ha ido confirmándose, pero ha requerido considerables esfuerzos argumentativos por parte de los científicos que han desarrollado su trabajo en esas áreas. Conseguir una generalización de esa teoría parece que ha quedado hasta ahora fuera del alcance de sus promotores ya que el paradigma no escrito «un órgano, un sentido» tiene raíces muy profundas en nuestra cultura. No en vano denominamos a los órganos con el nombre de su función y nos circunscribimos a las cinco sensaciones «canónicas»: vista, oído, olfato, gusto y tacto, ordenadas según un criterio de raíz escolar que merecería un extenso y exclusivo comentario.

Estos últimos meses, sin embargo, algunas novedades han aportado nuevas expectativas. Varias publicaciones han allanado el camino hacia la resolución del contencioso, con experimentos elegantes y convincentes, capaces de devolver a la ciencia todos aquellos sentidos que los viejos dogmas le habían arrebatado.

El primer toque de atención se publicó en mayo en la revista Cell.1 Un grupo de investigadores de la Northwestern University y del Howard Hugues Medical Institute descubrían mecanismos genéticos de los ritmos circadianos y nos recordaban que el núcleo supraquiasmático, corpúsculo del cerebro donde reside una parte importante de la percepción del tiempo y que compartimos con numerosos vertebrados, estaba conectado a ciertas células del ojo, fotorreceptores no visuales, que ponen en hora nuestros relojes internos transmitiendo los ritmos de luz y oscuridad que se producen en el exterior. Estos fotorreceptores actúan, o sea, transmiten información, de manera independiente a las células visuales.

En agosto, científicos del Instituto de Biología de Bonn, publicaban en Journal of Experimental Biology el comportamiento sensorial de Gnathonemus petersii, un pez eléctrico que utiliza receptores de su piel para reconocer objetos, formas, distancias, materiales, superficies y texturas (es decir, para ver), mediante electrolocalización.2 En un experimento ingenioso y exhaustivo, los científicos demuestran que los peces pueden, a distancia, distinguir formas y materiales en total oscuridad.

El mismo mes, en Nature3 aparecía un artículo sobre la influencia en la conducta sexual de roedores ante otros individuos tras la inutilización del órgano de Jacobson, que se encuentra en la nariz de numerosos vertebrados y cuya función es percibir moléculas por la misma vía aérea que el olfato pero con distintas funcionalidades.*

Tras semejante aluvión de pruebas ya no será necesario recurrir a los sufridos murciélagos y sus órganos de ecolocalización situados en los oídos, que les permiten «ver» a sus presas, a la hora de plantear un ejemplo tópico, no exótico, de uso múltiple de un órgano sensorial.

Pero lo más relevante, desde el punto de vista de las ciencias sensoriales, es la recuperación de variables valiosas que permitirán analizar nueva información sensorial con la que construir modelos de la realidad de mayor precisión, fidelidad y capacidad de predicción,4 un territorio del máximo interés compartido por la biología molecular, la ingeniería sensorial y la antropología social.

El reconocimiento de la polifuncionalidad sensorial nos reconcilia con «sentidos» poco explorados y con una inesperada versatilidad fisiológica y molecular de los órganos especializados. Una oportunidad de conocimiento que seguramente no estará pasando inadvertida para algunos científicos sensoriales. Y el hecho de que ello nos sitúe en los límites metodológicos de la complejidad no debería disuadir a nadie puesto que reafirma la verosimilitud del planteamiento y despeja incógnitas: la complejidad es una de las escasas características incuestionables de huidiza realidad. Se trata, sin lugar a dudas, de un camino fértil, lleno de retos y oportunidades para el conocimiento científico y la industria sensorial.

* Este último trabajo, se complementa, además, con un video consultable por internet en el que se puede apreciar el cambio de conducta de los roedores sometidos al experimento. Cualquier usuario puede, de esa forma, verificar la «veracidad» del experimento. Una novedad metodológica que, de prosperar, sin duda hará las delicias de los defensores del Open Acces y de los habituales de YouTube.



Bibliografía
1. Siepka, S.M.; Yoo, S.H.; Park. J.; Song. W,: Kumar, V.; Hu. Y.; Lee. C. y Takahashi, J.S.: «Circadian mutant Overtime reveals F-box protein FBXL3 regulation of cryptochrome and period gene expression», Cell 2007; 129 (5): 1011-1023.
2. Von der Emde, G. y Fetz, S.: «Distance, shape and more: recognition of object features during active electrolocation in a weakly electric fish», J Exp Biol 2007; 210 (17): 3082-3095.
3. Kimchi, T.; Xu, J. y Dulac, C.: «A functional circuit underlying male sexual behaviour in the female mouse brain», Nature 2007; 448: 1009-1014.
4. De Haro Licer, J.: «Sensorialidad básica (1,2 y 3)», Percepnet 2007; núm. 65, 66 y 67.


 

[+EDITORIAL]
25/09/07
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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