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THE EDITORIAL SECTION PROVIDES MONTHLY COMMENTS AND REFLECTIONS ABOUT SENSORY SCIENCES BY PERCEPNET EDITORS AND CONTRIBUTORS

Karolinska Parfum (Stokholm, New York)
El olfato es una de las cualidades más asombrosas de la vida. Su desarrollo ha cruzado la evolución, desde los procariotas a los vertebrados, hasta alcanzar cotas de gran sofisticación en los mamíferos superiores, que lo han convertido en la piedra angular de la interrelación con presas, parejas, depredadores y el sinfín de placeres y hostilidades que el entorno nos ofrece. Las ciencias sensoriales están de enhorabuena con el último Premio Nobel de Fisiología o Medicina, otorgado a dos científicos estadounidenses por sus «aportaciones esenciales para desentrañar los misterios del olfato», tal como expresa el comunicado del Comité. De hecho, hacía meses que se apostaba por la inminente concesión del «Nobel del olfato» (como hubo en el pasado un Nobel de la visión y otro del oído). Y, sin embargo, a pesar de tanta premonición, éste ha sido un Nobel no exento de sorpresas y peculiaridades.

Richard Axel, procedente de la medicina y Linda Buck, psicóloga y microbióloga, publicaron en 1991 el artículo que daba luz definitiva a sus trabajos y deducciones sobre la estructura molecular de los receptores olfativos que habían identificado, sobre el mecanismo de la percepción primaria (la llamada transducción sensorial) y la función del sistema neuronal en la percepción. Se trata, en cierto modo, de un trabajo con voluntad panorámica, una auténtica y ambiciosa «teoría de la olfacción». Trece años no es mucho tiempo, en el universo Nobel, para galardonar una cosmogonía sensorial de tal calibre, en especial si se tienen en cuenta los escasos rendimientos que las propuestas de Axel y Buck han tenido hasta ahora. Esa aparente falta de prudencia ha dejado una cierta sensación de precipitación en la concesión. En algunos círculos científicos se afirma que en Estocolmo soplaban vientos de impaciencia procedentes del otro lado del Atlántico: había mucho en juego en el Howard Hugues Institute, escenario comprometido en el descubrimiento.

Sin embargo, hay casi unanimidad en la clase investigadora sobre los indudables méritos de la investigación premiada, realizada con inteligencia y tesón a lo largo de varios años, durante los cuales ha merecido diversos reconocimientos internacionales. El trabajo clave, publicado en Cell, presenta una elegancia y precisión poco habituales. Axel y Buck trabajaron duro, pero no estuvieron solos en su particular y arriesgada travesía del desierto sensorial. Otros nombres, que engrosan la lista (consultable por Internet) de postdoctorales del laboratorio de Axel, podrían haber ocupado la tercera plaza (otros tríos se han visto en los Nobel 2004) por méritos propios. En este sentido, en el del reconocimiento colectivo, es difícil resistirse a la tentación de aventurar que, si el premio se hubiera concedido hace tan sólo un par de décadas, el honor y el mérito habrían recaído sólo en Richard Axel, y Linda Buck sería un nombre destacado en la lista de agradecimientos del discurso de aceptación. Tal vez por ello, para resaltar la concesión a una mujer (de los ocho científicos galardonados en los tres Nobel de ciencia, Linda Buck es el único componente femenino), se ha concentrado en dos un premio con méritos atribuibles a más. El Instituto Karolinska ha realizado un exquisito ejercicio de reconocimiento a la trayectoria de una investigadora que firmó sus primeros trabajos como becaria del laboratorio de Axel. Buck descubrió los genes que codifican los receptores olfativos y demostró que las distintas neuronas olfativas se especializan expresando un solo tipo de receptor de los casi mil descubiertos, una multitud inaudita en nuestros sentidos.

El modelo propuesto por los dos investigadores ilumina una vasta región de los mecanismos por los cuales tenemos acceso a la realidad. Sin embargo, aún nos invaden las sombras. Porque es un modelo que deberá sostenerse frente a los rigores de la ciencia aplicada. El comunicado del Comité Nobel reconoce que «se desconocen las implicaciones médicas y científicas que tendrán los descubrimentos» y especula sobre dos vías de desarrollo: la psicología y la gastronomía, ignorando que las grandes corporaciones perfumistas (con negocios de miles de millones de euros anuales) hace tiempo que sueñan con una teoría predictiva que les permita diseñar fragancias con la fiabilidad que se sintetizan moléculas colorantes, por ejemplo. Y el sueño hasta ahora, no se ha hecho realidad.

Sin duda, el perfume de este Nobel se ha esparcido de los paraninfos de Estocolmo a los mercados de Nueva York, y es muy posible que acaben perfumándose con él, antes que consigan degustarlo.

En las páginas de este número monográfico de Percepnet, firmas autorizadas aportan algunas claves para comprender los inicios y orientarse en las propuestas que nos depara el futuro. Bon appétit!


 

[+EDITORIAL]
18/10/04
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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