| El consumo sigue siendo uno
de los pilares indiscutibles que sostienen y definen la prosperidad
en la sociedad occidental. Acumulamos bienes materiales que
usamos durante un período, generalmente breve,
y tras desecharlos generamos un flujo de residuos cuya solución
no se contempla en la definición del sistema. Por ello,
y porque con frecuencia consumimos sin necesidad y sin que
hacerlo nos proporcione placer alguno, la acción de
consumir ha acumulado mala reputación desde la perspectiva
social, pero su evolución como fenómeno económico
de masas ha sido, y sigue siendo, imparable.
Consumimos todo cuanto pasa por nuestros sentidos y está
al alcance de nuestra tarjeta de crédito. Pero cada
vez consumimos en menos cantidad. Porque el término
que actualmente está en boga entre los expertos en
consumo es «desmaterialización».
Pronunciado y escrito aún con cierta prevención,
describe la tendencia actual de las sociedades prósperas
a incrementar el consumo de bienes «inmateriales»,
es decir, servicios, y a disminuir el de bienes materiales,
y aún estos, seleccionarlos por sus propiedades menos
funcionales.
Descubrir la desmaterialización en la era de la digitalización
y de internet (en la que los átomos han perdido cotización
frente a los bits) parece una obviedad, pero las profundas
implicaciones económicas y sociales (a escala global
y local) que ello ocasiona requerirán análisis
adecuados.
Uno de los puntos críticos que plantea la desmaterialización
es el de la percepción. El mensaje que nos debe llegar
de los bienes que nos invitan a consumir ha de ser independiente
de su realidad material para que mantenga vigente su valor.
Por esa razón lo que consumimos está dejando
de tener importancia frente al efecto que nos produce consumirlo.
Como afirma Vicent Verdú, «la economía
industrial [...] se desmaterializa en la economía de
los sentimientos». Hemos perdido interés por
el almacenamiento de bienes y nos ilusionamos por la perspectiva
de vivir más, o más intensamente. Los objetos
reales o virtuales que nos rodean se están convirtiendo
en mediadores de sensaciones y experiencias. Ello obliga a
la industria a codificar cuidadosamente los aspectos sensoriales
de cualquier bien de consumo y potenciarlos, ya que se convierten
en lo más apreciado por el consumidor. La cuestión
es que, en la mayoría de los casos, ese inventario
de potencialidades sensoriales se circunscribe a aspectos
visuales y auditivos, y quien lo realiza está más
cerca del marketing que de la producción. El fenómeno
es más un «redescubrimiento» interesado
que un «rediseño» convencido. Sin embargo,
hay señales de que algunos centros de I+D han puesto
a trabajar todos sus sentidos y están concibiendo productos
y servicios a partir de perfiles sensoriales predefinidos,
totalmente integrados en la funcionalidad que, se supone,
un determinado bien debe desarrollar a la perfección.
La necesaria codificación de los sentidos proximales
que requerirá cualquier sistema fiable de ingeniería
sensorial nos mantendrá ocupados las próximas
décadas y representa un reto, el primero, hacia la
consolidación de las ciencias sensoriales como instrumentos
de análisis de la realidad y desarrollo tecnológico.
La desmaterialización será, desde ese punto
de vista, uno de los ingredientes con mayor presencia en los
paisajes sensoriales futuros. Cada vez más desposeídos
de materia.
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