Las relaciones entre
olfato y salud han sido un tradicional y fecundo campo de prospección para el
saber y la curiosidad científica.
Incluso si nos situamos
en la posición de emisores sensoriales, intuimos que cualquier alteración metabólica
(generada por agentes externos o internos) producirá el correspondiente
desequilibrio y algunas de nuestras moléculas darán fe del cambio más allá de
las barreras epiteliales. Siempre que esté presente, claro está, un sistema
olfativo suficientemente sensible y entrenado para detectar e interpretar
nuestro deterioro.
Eso es, precisamente, lo
que han establecido un grupo de investigadores del hospital de Amersham, en Gran
Bretaña,1 comprobando que perros entrenados detectan con notable
precisión enfermedades específicas, en concreto, el cáncer de vejiga masculino,
olfateando muestras de orina. Hay otros trabajos en los que se pone de
manifiesto que el olfato canino tiene capacidad de control y vigilancia en
pacientes diabéticos, actuando como verdaderas alarmas en casos de glucemias
elevadas. Incluso, en el número de mayo del 2003 de Percepnet
comentábamos los avances realizados por investigadores italianos2 en
la detección, en el aire expelido por los pulmones y mediante una nariz
electrónica, de odorantes asociados a algunas enfermedades y alteraciones
fisiológicas.
Y a la inversa, nuestro
estado de salud también se ve reflejado en la pericia olfativa que exhibimos.
Así, un estudio presentado estos días en el Colegio de Neuropsicofarmacólogos
de Estados Unidos3 concluye que una falta de capacidad para
discernir ciertos olores puede ser un serio aviso del inminente desarrollo del
Alzheimer. Sin llegar a tales extremos, la osmofobia (junto a la alteración del
gusto) es más frecuente en neurálgicos que en la población general, según
expone un reciente trabajo.4
Se trata, en efecto, de
estudios puntuales, dispersos aún, que no construyen ni escenifican una teoría
sobre la relación entre salud y olfato. Pero es un comienzo. Por ello, no es de
extrañar que el grupo de investigación responsable del proyecto Olfacat
(presentado en el PS2004) proponga la creación de clínicas del olfato.5
Las moléculas que emitimos o captamos, vía sistema olfativo, puede que tengan
una incidencia metabólica menor que las que ingerimos, pero nada indica que su
carga informacional sea menor y que, por tanto, su potencial efecto diagnóstico
esté en inferioridad de condiciones respecto de los que ofrecen otras vías. Es
hora de que la biología y la medicina moleculares orienten parte de sus
inquietudes hacia las potencialidades que brinda el sistema sensorial.
1 Willis, C.M.; Church, S.M.; Guest, C.M.; Cook, W.A.;
McCarthy, N.; Bransbury, A.J.; Church, M.R.T. y Church, J.C.T: «Olfactory detection of human bladder cancer by dogs: proof of principle
study», British
Medical Journal 2004;
329: 712 (doi:10.1136/bmj.329.7468.712).
2 Di Natale, C. et al.: «Lung cancer identification by the analysis of breath by means of an
array of non-selective gas sensors», Biosensors and
Bioelectronics 2003; 18 (10): 1209-1218.
3 Por Devangere P. Devanand, Profesora de Psiquiatría Clínica y Neurología
de la Universidad ed Columbia, y co-directora del Centro de Alteraciones de la
Memoria del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York.
4 Kelman, L.: «Osmophobia and taste abnormality in
migraineurs: a tertiary care study», Headache 2004; 44 (10): 1019-1023.
5 Olfacat: http://www.percepnet.com/cien01_04.htm;
http://webs.comb.es/olfaccat/