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Bioinspiración para las máquinas
La capacidad de los ordenadores para imitar al cerebro humano parece no tener límites. Los avances de la inteligencia artificial y la robótica en el campo de la percepción están acercando sorprendentemente los sistemas informáticos a los biológicos; se trata de las tecnologías bioinspiradas, una forma de aplicar el funcionamiento de los sentidos humanos al desarrollo de sistemas analíticos que permitan a los ordenadores oler, oír o ver.

La visión y el oído artificial han proporcionado ya algunos resultados que se llevan aplicando en humanos desde hace varios años y que han permitido ofrecer dispositivos rudimentarios de visión a personas ciegas o recuperar parte de la capacidad auditiva a personas completamente sordas. Aunque de entre todos los sistemas inteligentes, el que más interés comercial ha suscitado han sido las narices electrónicas. Un sistema capaz de captar compuestos odorantes mediante sensores (el hardware) e identificarlos a través de programas específicos basados en redes neuronales artificiales y lógica difusa (el software). Una de sus más curiosas aplicaciones llega de la mano de una empresa británica que ha diseñado un dispositivo capaz de identificar el olor producido por bacterias patógenas en el curso de una infección. Se basa en el mismo principio utilizado para desarrollar los sistemas que permiten identificar sustancias tóxicas o contaminantes y detectar alimentos alterados o en mal estado. La industria alimentaria es sin duda uno de los sectores más interesados en las narices electrónicas, un paso más para automatizar los procesos productivos y conseguir información objetiva acerca del olor de los alimentos.
[31/05/02]


Mejor salmón que beige

En enero del 2002 Ivan Baldry y Karl Glazebrook, de la Universidad Johns Hopkins, presentaron una conferencia sobre la evolución del cosmos en una reunión de la Sociedad Astronómica Americana, y concluyeron con una noticia sorprendente: el color medio de una muestra de 400 galaxias, con luz de día, era turquesa. Esta afirmación, que tal vez ellos habían incluido en su presentación como remate curioso a la conferencia, alteró a la concurrencia de expertos y trascendió a los medios de comunicación. También Percepnet se hizo eco de la noticia, en su edición de enero de este año. [Ver Un Universo entre la turquesa y la aguamarina.

Este descubrimiento científico, que tal vez carezca de gran trascendencia, ha hecho volar la imaginación de muchos, y ha obligado a astrónomos, investigadores del color y físicos, a discutir durante semanas sobre colores, espectros y galaxias. Porque al cabo de unos días resultó que el color ya no era turquesa, era beige. Se oyó un suspiro colectivo de decepción: el beige era bastante más aburrido que el turquesa. Lo cierto es que los astrónomos habían cometido un error de cálculo y se enfrentaban a una conclusión imposible. Las estrellas no irradian el color verde, ¿cómo entonces podía el Universo ser turquesa? El beige, aunque más plausible, no satisfacía a los estéticamente más exigentes. Para su tranquilidad, nuevos cálculos cambiaron el tono. El color con que el ojo humano vería el Universo con luz de día no sería beige, sino un matiz más parecido al color salmón. Otro revés a los aficionados que, en un alarde de imaginación colorista, ya habían bautizado el soso color beige galáctico con nombres tan llamativos como !capuccino cósmico!

Sea cual sea la conclusión (el color salmón aún no convence a todos los científicos), la investigación tiene algo de grotesco. ¿Por qué buscar con tanto esmero el color del Universo si no podemos verlo con luz de día?
[31/05/02]


 

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