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THE PERCEPTIONS MODULE OF PERCEPNET PROMOTES CRITICAL DISCUSSION ABOUT HOT ISSUES IN SENSORY SCIENCE AND PERCEPTION, THROUGH MONTHLY CONTRIBUTIONS OF OUTSTANDING RESEARCHERS AND PROFESSIONALS.
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El olor mediano de la colcha de tía Léonie (1ª parte): Particularidades de la memoria olfativa
[L’odeur médiane du couvre-lit de tante Léonie (1ère partie) : Particularités de la mémoire olfactive]

[The median scent of aunt Léonie’s bedspread (1st part): Particularities of olfactory memory]
Jöel Candau
LAMIC
Université de Nice-Sophia Antipolis (Niza, Francia)
candau@unice.fr

«Durante mis visitas a Combray», escribe el narrador, «regresaba siempre con una concupiscencia inconfesada a sumergirme en el olor mediano, viscoso, soso, indigesto y afrutado de la colcha de flores de mi tía Léonie».1 Este fragmento de En busca del tiempo perdido de Proust, bastante menos citado que el célebre pasaje de la pequeña magdalena que sigue inmediatamente, presenta un doble interés para el antropólogo de la olfacción. Por un lado, resume a la perfección muchas características de la experiencia olfativa: la tenacidad del recuerdo, su tonalidad hedónica, sus vínculos con el contexto de la percepción y, para terminar, el hecho de que, como subrayaba Kant, los olores nos obligan «a compartir su aportación».2

Por otro lado, es una excelente ilustración del carácter, a menudo enigmático, del lenguaje natural de los olores. ¿Qué puede ser de hecho un olor «mediano»? Seguramente, sólo el autor nos podría responder. Aún con el peligro de algunos errores antropológico-literarios, voy a avanzar algunas interpretaciones de este extraño olor geométrico, tras haber precisado las propiedades de la memoria de los olores sacados a la luz por el texto proustiano.

Algunas características de la memoria olfativa

A muchos años de distancia de la sensación original, la memoria olfativa del narrador parece sorprendentemente fiel, si juzgamos el número y la densidad semántica3 de los descriptores del olor de la colcha. Esta resistencia de los recuerdos olfativos es un fenómeno muy conocido,4 sobre todo, cuando las huellas mnémicas se refieren al período prenatal y posnatal, así como a la época de la infancia.5-6 Entre los seis y diez años,7 los olores se convierten en fortalezas de los recuerdos. Ahora bien, precisamente durante estas edades, Proust pasó sus vacaciones de Semana Santa y de verano en Illiers-Combray,8 capital de Eure-et-Loir, dónde vivió su tía paterna Elisabeth Joséphine Proust, mujer de Jules Amiot y «modelo» de la literaria tía Léonie.

Cada uno de nosotros, siendo adulto, ha tenido experiencias similares. ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez por el recuerdo repentino de sucesos a veces muy lejanos provocados por el olor de un perfume, de una habitación o de ropa vieja encontrada en el fondo de un armario? En algunos entornos profesionales en los que he trabajado,9 esta tenacidad de la memoria olfativa marca profundamente el ejercicio de la profesión. A bastantes chefs, por ejemplo, el recuerdo sensorial de las recetas familiares les satura su memoria culinaria. Los especialistas en «narices» (perfumistas, rinólogos) insisten también en esta dimensión tan personal de su memoria olfativa. Para los perfumistas, un componente evoca el olor de la cocina materna, otro el olor de un libro leído en la niñez o en la adolescencia. La «experiencia olfativa» de los enólogos también estructura firmemente su percepción. Por ejemplo, durante la degustación de un vino del Var, uno de ellos asocia el olor de melocotón con el lejano recuerdo de la huerta familiar. Otro asocia el olor del almizcle con el de la ropa blanca vieja que de pequeño descubrió en un baúl en el desván de sus abuelos.

La tonalidad hedónica de la memoria olfativa también está ampliamente documentada. «Cuando la memoria respira», observaba Bachelard, «todos los olores son buenos».10 Los recuerdos olfativos, para la mayoría, son recuerdos felices. Evocan sucesos vividos hace tiempo «con deseo». Gracias a una encuesta que realicé por cuestionario a más de 500 estudiantes de la Universidad de Niza - Sofía Antipolis, se deduce que sus recuerdos olfativos son mayoritariamente placenteros, tanto desde el punto de vista del contenido memorizado, como desde el contexto al cual está unido. A menudo están relacionados con la infancia, nos devuelven a las vacaciones, a los viajes, a la naturaleza (mar, montaña, campo) y a la familia (olores y perfumes de nuestros padres y abuelos, comidas festivas, casa familiar). Curiosamente, algunos individuos asocian olores considerados normalmente como desagradables a recuerdos felices: un olor de un pozo de purines puede evocar una estancia estival cerca de una granja, el olor a gasolina a ir de vacaciones, el de cloro a juegos en una piscina, etc.

Tal como muestran estas asociaciones, la memoria graba al mismo tiempo que los estímulos todo su contexto sensorial y emocional,11 fenómeno conocido con el nombre de síndrome de Proust. Varias regiones del cerebro que participan en el tratamiento del mensaje olfativo (a nivel del tálamo, del neocórtex frontal y del sistema límbico), marcan el olor con un valor afectivo (intensidad y valencia),12 reúnen diversas informaciones sensoriales y juegan, de este modo, un papel central para la memorización de recuerdos que no son nunca puramente olfativos. La memoria olfativa, en efecto, está siempre en el centro de diversas sensaciones, aspecto del cual dan cuenta los epítetos proustianos y sobre el cual volveré a hablar en la segunda parte de este texto en Percepnet.

Por último, la percepción del carácter «invasivo» de los olores, la sensación pegajosa que siente el narrador, ha sido probada por los especialistas del olfato. Las dificultades que encontramos para protegernos de los estímulos olfativos, el acceso inmediato de los mensajes al cerebro, todo contribuye a hacer del olfato un sentido de intrusión. Oler es abrir y exponer nuestro cuerpo íntimo al mundo exterior. Esto no lo podemos evitar, sobre todo, en presencia de los olores humanos tan a menudo situados en la vertiente negativa del espacio hedónico. Potentes, imperiosos y tenaces, éstos deben el hecho de estar bien categorizados y memorizados a su carácter terebrante. De mis propias investigaciones sobre profesiones expuestas a los olores de los cuerpos, vivos o muertos, parece ser que ciertos efluvios están considerados como más agresivos que otros: impregnan físicamente la persona e, incluso, le dan la impresión de penetrarla. El hedor de un cuerpo en estado de putrefacción, por ejemplo, es descrito por los sepultureros como un olor que «se engancha»,13 «pica» y «penetra en los cabellos». Es «pegajoso» dice uno de ellos, utilizando el mismo descriptor que un bombero que al igual que sus compañeros, lo califica de «potente, bloqueante, repugnante, punzante, penetrante». Es un olor «molesto», que «duele» y «nos cae encima», remarca un sepulturero; está ahí y debemos acostumbrarnos a «cogerlo». Se mantiene, incluso después de haber tenido cuidado y haberte cambiado de ropa, afirman diversos representantes de estas profesiones. Según un tanatopráctico, este hedor «se queda pegado en la boca», lo «conservas sobre ti», y estamos obligados a «llevarlo» como una carga. «Se extiende como un chicle», se «deposita en los senos», luego se queda «anclado a nivel de la frente» confirma, en Niza, un empleado de la morgue municipal. A pesar de los esfuerzos desplegados para intentar olvidarlo, «sigue presente en mi espíritu», añade uno de mis informadores. En el entorno hospitalario, los olores del cuerpo humano también evocan esta agresión. Un olor de infección intenso, explica una enfermera, «impregna» su ropa y su cuerpo, impresión que también confirma un enterrador al describir la obertura de algunas tumbas: «te asfixias», nos dice, «el olor, se te queda en la ropa». Otra enfermera tiene la impresión «de tragarse las parcelas ínfimas del cuerpo que se filtran de ciertas gangrenas o de necrosis», impresión de la cual se protegen los empleados de la morgue «metiéndose en apnea», para «bloquear el olfato». Todos estos descriptores olfativos hacen pensar, evidentemente, en las representaciones médicas que, durante los siglos XVI y XVII, conferían a los olores la facultad de penetrar la intimidad de los cuerpos.14 Seguramente, Rousseau estaba en lo cierto cuando cualificaba el olfato como sentido de la incorporación.

Ya he llegado al punto clave de mi debate, la singularidad del lenguaje de los olores sugerida por el texto de Proust. Estos olores, ¿cómo los pensamos? Igual que para todas las cualidades sensibles, con la ayuda de «ideas confusas y oscuras»,15 responden los autores de La logique de PortRoyal. ¿Estas «ideas» van siempre asociadas a signos? No, ya que, como sabemos, la conceptualización no implica necesariamente una verbalización.16 Podemos percibir un estímulo (sonoro, visual, olfativo, gustativo, táctil, propioceptivo) sin disponer de un término para nombrarlo. No será por saber cómo tratar las informaciones por las vías sensoriales sinó por las facultades cognitivas superiores. Este hecho ya había sido remarcado por Cabanis, muy influenciado por el sensualismo condiladiano. En Rapports du physique et du moral de l’home, sostiene que «los materiales de las ideas existen seguramente […] antes que los signos».17 Sin embargo, escribe, «no diferenciamos las sensaciones si no les atribuimos signos que las representen y las caractericen; no las comparamos si no es representando y caracterizando también con signos o sus relaciones o sus diferencias».18 En particular, añade Cabanis, estos signos —es decir, según una lengua— nos permitirán fijar nuestras propias sensaciones. «Los reconstituyen y, por consiguiente, los recuerdan; así es como se fundó el artificio de la memoria. […] Los signos recuerdan pues las sensaciones; nos hacen sentir otra vez. Los hay que quedan, por así decirlo, escondidos en el interior, son para el individuo en sí mismo. Los hay que se manifiestan en el exterior; le sirven para comunicarse con los demás».19 Son precisamente estos últimos los que interesan al antropólogo, si admitimos que esta comunicación es la condición para compartir los significados. Ésta forma parte del fundamento de lo que llamamos la cultura. Pero estos signos, que permiten según Lévi-Strauss trascender la oposición de lo sensible y de lo inteligible, ¿devuelven «las cualidades segundas al comercio de la verdad»?20

Cuando consideramos la codificación sensorial de los colores, esto nos parece verdadero. Si yo escribo que las cortinas de mi despacho son rojas, cualquier persona se puede hacer una idea bastante precisa de la impresión luminosa que otorgan, con variaciones individuales negligibles (a excepción de los casos patológicos) que no alteran seguramente para nada la comunicación intersubjetiva. Pero, en el dominio de la experiencia olfativa, esta descripción de los atributos de los estímulos para fines de comunicación no es evidente, a causa de un mínimo de tres razones. En primer lugar, todos los olores percibidos no tienen nombre. De hecho, muchos están a un nivel infraverbal. Nuestra exploración olfativa del mundo se hace masivamente de manera holística, el olor lo aprehendemos como un todo sin que haya necesariamente un código verbal.21 En segundo lugar, si los seres humanos son, por una parte, más bien hábiles para detectar los olores y, por otra parte, modestamente competentes para discriminarlos,22 aptitudes indudablemente útiles para la supervivencia de nuestra especie, son mucho menos competitivas a la hora de describirlos. Olores y lenguaje no van siempre juntos, a lo mejor porque el tratamiento de la información olfativa y el del lenguaje entran en competencia, por una pequeña parte, en la misma región de la corteza cerebral.23 Para terminar, contrariamente a «la bella sistematicidad del léxico de los colores»,24 el léxico olfativo es impreciso e inestable (el mismo descriptor puede tener distintos referentes y a un mismo estímulo pueden estar asociados varios descriptores). Si yo escribo que, en la calle, sentí un olor espeso, ¿qué significación van a asociar los lectores a este descriptor? Su comprensión, se puede adivinar, será más difícilmente compartida que cuando yo hablaba del color rojo de las cortinas de mi despacho. En definitiva, el idioma de los fluidos huysmansiano se caracteriza por una muy grande variación interindividual: la verbalización de la experiencia olfativa se deja generalmente al azar de la experiencia de cada uno; una vez más contrariamente al aprendizaje de los colores. Las categorías olfativas pueden ser relativamente precisas para un individuo, pero pueden perder su pertenencia a nivel colectivo,25 entre otras cosas porque dependen estrechamente de un contexto26 apropiado para un sujeto singular como, por ejemplo, el narrador. El resultado es que la denominación de los olores mediante una sola etiqueta es casi siempre imposible: «el eugenol calificado como el olor del clavo por una parte de los sujetos franceses, o como el olor ‘del dentista’ por otra parte por el hecho de emplearse como desinfectante dental, y como olor especiada o química por los sujetos que no lo pueden identificar. Sin una norma cultural o semántica, estas respuestas siguen siendo válidas».27 La objetividad del olor, concluyen Danièle Dubois y Catherine Rouby, «no se ha construido, al menos en nuestra cultura, por la negociación de un reparto del sentido en la interacción verbal».28 Por lo tanto, el lenguaje natural de los olores estaría «incapacitado para permitir ‘el acceso’ a las representaciones olfativas», en contraste con la hipótesis de adecuación de las palabras a las «cosas visuales».29 En olfacción, el postulado del ajuste (mapping) de las palabras a las cosas parece erróneo,30 lo que confirman mis propios datos etnográficos.

Entre los bomberos, el léxico descriptivo de los olores está poco extendido. Estos profesionales los denominan con dificultad: «no los podemos definir», dicen, «faltan palabras»; «para mí es una debilidad poner adjetivos», «es difícil poner un calificativo a un olor». Sus declaraciones coinciden con las de otro informador, enólogo. Evocando su aptitud en desvelar los problemas de vinificación gracias a su olfato, declara: «Con el uso, me di cuenta de que era capaz, con relativa facilidad, de detectar alguna cosa que no sé muy bien cómo describir. Aquí está el problema. No sé poner palabras, pero sé que hay un olor que es anormal». Los cocineros que intentan describir los olores también tienen este problema. «Oliendo, sabemos, pero es difícil de describir», afirma uno de ellos. Lamenta otro chef, «los olores no los podemos mostrar como los colores». Sin duda, es por esta razón que la significación de los descriptores es hermética para el no especialista. ¿Qué pensar de la descripción de un buen tomate que, me han dicho, huele «a elegancia, verdad, honestidad»? ¿Cómo no vamos a reflexionar, de nuevo, con el olor «mediano» proustiano?

En el ámbito hospitalario, el léxico es tan pobre como el de los bomberos. Durante una entrevista, una de las informadoras utiliza 23 veces los epítetos «particular» y «característico» para calificar olores, lo que es sintomático de las dificultades que tiene para describirlos de manera precisa. Así, el olor de una peritonitis es «particular», como la del melanoma, de la sangre, de las personas mayores, de los enfermos psiquiátricos, del aliento del diabético, de los cánceres de laringe, de los cancerosos terminales, de la gangrena gaseosa, del hospital, etc. «Es duro hablar de los olores» resume un sepulturero. Hemos llegado a una particularidad importante de la codificación olfativa que ha llevado a algunos investigadores a calificar el olfato de sentido «mudo», demasiado apresurado según mi opinión. En efecto, incluso si el lenguaje de los olores es aproximativo, no es arbitrario31 y hasta puede ser rico, exuberante,32 lo que condujo a Sperber a ver en los olores «símbolos por excelencia».33 Muchas palabras (sustantivos o epítetos) son metafóricos, permitiendo así estructurar, de manera parcial, la experiencia olfativa en términos de otra (visión y tacto, esencialmente) y luego, llegado el caso, transmitirla. Por naturaleza multisensorial,34 el sentido del olfato también lo es mayoritariamente a nivel léxico.

Es precisamente este aspecto del lenguaje el que desarrollaré próximamente en Percepnet, volviendo al extraño epíteto proustiano: el olor «mediano» de la colcha de tía Léonie. Las distintas interpretaciones que voy a proponer y las hipótesis literarias a las que me voy a aventurar serán un pretexto para intentar precisar las características de este lenguaje.

2ª parte disponible en Percepnet 64

Notas:

1Marcel Proust: A la recherche du temps perdu. Du côté de chez Swann. París Robert Laffont, 1987, p.61. Trad: En busca del tiempo perdido Por el camino de Swann. .

2E. Kant: Anthropologie d’un point de vue pragmatique, dans Oeuvres philosophiques 111, París, Gallimard, 1986, p.976. Trad: Antropología en sentido pragmático.

3Riqueza y descripción ilustradas unas líneas más arriba, en el mismo texto, por la evocación de los «mil olores» de las dos habitaciones de tia Leónie: son «hogareñas», «nenfermées», «saisonnieres», «mobilieres», «domestiques», «oisives», «ponctuelles», «flaneuses et rangées, insoucieuses et prevoyantes, lingeres matinales, dévotes, heureuses» (M. Proust, A la recherche..., p.60-61).

4 Jöel Candau: «De la ténacité des souvenirs olfactifs», en La Recherche, julio-agosto 2001; 344: 58-62.

5Benoist Schaal, Luc Marlier, Robert Soussignan: «Human foetuses learn odours from their pregnant mother's diet», en Chemical Senses 2000; 25: 729-737.

6Robert Soussignan, Benoist Schaal: «Les systemes émotionnels chez le nouveau-né humain: invariance et malléabilité des réponses aux odeurs», en Enfance 2001; 3: 236-246.

7 Simon Chu, John Joseph Downes: «Long live Proust: the odour-cued autobiographical memory bump», en Cognition 2000; 75: B41-B50.

8En 1881, cuando tenía alrededor de 10 años, Marcel Proust tuvo su primera crisis de asma. Su padre, que era médico, le desaconsejó el campo como Illiers. Desde entonces pasó sus vacaciones en la costa normanda o, a veces, en los Pirineos.

9Investigación que quedó reflejada en Mémoire et expériences olfactives (París, PUF, 2000) tras una encuesta etnográfica en los siguientes entornos profesionales: perfumistas, enólogos, sumilleres, cocineros, bomberos, enfermeras, médicos forenses. Recientemente he ampliado esta encuesta en el entorno de los sepultureros, tanatoprácticos y empleados de la morgue de la ciudad de Niza. En este artículo he utilizado, en parte, estos datos inéditos.

10 G. Bachelard: La poétique de la reverie, París, PUF, 1993 (le éd., 1960), p. 119. Más abajo, el filósofo añade: «ligados a nuestros recuerdos de olor, una infancia huele bien».

11O. Alaoui-Isamïli; O. Robin; H. Rada; A. Oittmar, E. Vernet-Maury: «Basic emotions evoked by odorants: comparison between autonomic responses and selfevaluation», dans Physiology & Behavior 1997, 62 (4): 713-720. Ver también: Lyall Watson, Jacobson's Organ and the remarkable nature of smell, Londres, Allen Lane, 1999, p. 182: «Smell is an emotional sense, rather than an intellectual one. It is more right brain than left, more intuitive than logical, and more open to synesthetic combinations with other senses».

12 A.K. Anderson et al.: «Dissociated neural representations of intensity and valence in human olfaction», en Natute neurosciences 2003; 6 (2): 196-202.

2E. Kant: Anthropologie d’un point de vue pragmatique, dans Oeuvres philosophiques 111, París, Gallimard, 1986, p.976. Trad: Antropología en sentido pragmático.

13Durante todo el artículo, el texto en cursiva y entre comillas restituye las descripciones de olores hechas por mis informadores.

14 Georges Vigarello: «Lo limpio y lo sucio», L'hygiene du corps depuis le Moyen Áge, París, Seuil, 1985, p. 18.

15Antoine Arnaud; Pierre Nicole: La logique ou l'art de penser, París, Gallimard, 1992 (1a ed. 1662), p. 64.

16 J. Candau: «El idioma natural de los olores y la hipótesis Sapir-Whorf», dans Revista de antropología social, Madrid, 2003, 12: 243-259. Ver también el capítulo dedicado al mentalismo de Steven Pinker, L'instinct du langage, París, Odile Jacob, 1999, p. 53-79.

17 J P.J.G. Cabanis: Rapports du physique et du moral de l'homme, Genève, Slatkihe Reprints, 1980 (ed. de 1844), p. 96, nota 1.

18 Ibid., p. 95.

19Ibid., p. 95.

20 Claude Lévi-Strauss: Mythologiques. Le cru et le cuit, París, Plan, 1964, p. 22.

21. Christine Perchec: «Les modèles de la mémoire: revue des études sur l'olfaction et proposition d'un modèle de la mémoire olfactive», dans Informations sur les sciences sociales 1999; 38 (3): 451-452.

22En general, «las personas no podemos identificar más de media docena de olores, siendo familiares o corrientes» (Trygg Engen, «La mémoire des odeurs», dans La Recherche 1989, 207: 174). Catherine Rouby y Gilles Sicard aumentan la cifra máxima hasta una quincena de fuentes odorantes: «Des catégories d'odeurs», dans Daniele Dubois (ed.), Catégorisation et cognition: de la perception au discours, Paris, Kimé, 1997, p. 61.

23Tyler S. Lorig: «On the similarity of odor and language perception», Neuroscience and Biobehavioral Reviews 1999; 23: 391-398.

24Claude Boisson: «La dénomination des odeurs: variations et régularités linguistiques», en Intellectica 1997; 24: 31.

25. Frédéric Brochet, Denis Dubourdieu: «Wine descriptive language supports cognitive specificity of chemical senses», en Brain and Language 2001, 77: 194.

26 Sobre el peso de las informaciones contextuales en la categorización de los rastros olfativos, ver por ejemplo el caso del espacio olfativo en los Li-Waanzi (Gabon): Benoist Schaal: «Les fonctions de l'odorat en société: le laboratoire et le terrain», de Colette Mechin, Isabel le Bianquis, Qavid Le Breto (ed.), Anthropologie du sensoriel. Le sens dans tous les sens, París, L'Harmattan, 1998: 47-49.

27 C. Rouby; G. Sicard: «Des catégories... », p. 61-62.

28 D. Dubois; C. Rouby: «Une approche de I'olfaction: du linguistique au neurona!», en Intellectica 1997, 24: 16.

29Ibid., p. 12.

30D. Dubois; C. Rouby; G. Sicard: «Catégories sémantiques et sensorialités: de l'espace visuel a I'espace olfactif», en Enfance 1997; 1: 145. La hipótesis del «mapping» es tan poco pertinente que, a menudo, el referente del descriptor no es el olor en sí mismo, sino su fuente.

31Como también es difícil encontrar la palabra áspero asociado al tacto de la seda, es contraintuitivo imaginar que el epíteto espeso pueda calificar el perfume de violeta.

32 La lengua es «inodora» en los ambientes dónde se presta poca atención al entorno olfativo. Es el caso de las lenguas europeas (exceptuando las lenguas argóticas), apunta Benoist Schaal («L'olfaction: développement de la fonction et fonctions au cours du développement», en Enfance 1997; 1: 12). Esto es totalmente distinto en otras lenguas: en los diccionarios y la literatura árabe-musulmanes, Françoise Aubaile-Sallenave ha cosechado unos 250 términos propios de los olores y de los perfumes, en los registros también distintos de la sensualidad, la moral, la estética, la religión, etc. («Le souffle des parfums: un essai de classification des odeurs chez les arabo-musulmans», en Daniell Musset, Claudine Fabre-Vassas (ed.), Odeurs et parfums, París, 1999, 96). El léxico olfativo Waanzi (sureste del Gabón) contiene términos que designan «específicamente un olor preciso y no están ligados semánticamente a un ser o a un objeto que lleve este olor». Su existencia se debe probablemente a las condiciones ecológicas de los Waanzi, caracterizadas por «una verdadera fusión de olores» (Médard Mouélé, «t'apprentissage des odeurs chez les Waanzi: note de recherche»; en Enfance 1997; 1: 209-222). Un léxico olfativo específico también existe en los Serer Ndut del Senegal (Marguerite Dupire, «Des goûts et des odeurs: classifications et universaux», en L’Homme1987; XXVII (4): 5-25.

33 En Sperber, Le symbolisme en général, París, Hermann, 1974, p. 130.

34 Avery N. Gilbert; Robyn Martín; Sarah E. Kemp: «Cross-modal correspondence between vision and olfaction: the color of smells», The American Joumal of Psychology 1996; 109: 335-351. Se sabe, por ellos, que el gusto utiliza la vía retronasal.



 

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