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El modelo planteado por Axel y Buck, flamantes Premios Nobel de Medicina o
Fisiología 2004, para explicar el funcionamiento del olfato se basa en una
versión modificada del mecanismo «llave – cerradura», según el cual el
reconocimiento y activación de los receptores, en este caso del olfato, por
parte de las moléculas odoríferas procedentes del entorno se realiza mediante
un reconocimiento de la forma específica de las moléculas, al igual que sólo
una llave puede encajar en una cerradura y abrirla. El modelo, que explica a la
perfección el funcionamiento de otros sistemas como el inmunitario, no
solucionaba de forma satisfactoria todos los problemas que plantea el olfato,
así que Axel postuló una versión menos radical, menos «formista», fundada en la
importancia de las zonas activas de las moléculas, llamadas odotopos.
Esta nueva teoría se ha conocido como «de la forma débil» por sus partidarios
(o «de los odotopos», denominación con ciertos matices críticos), que permite
encajar todas las piezas del sistema neuronal olfativo y de la transmisión de las señales al cerebro desde
una perspectiva teórica, pero que sigue dejando perplejos a los perfumistas, ya
que su capacidad predictiva es muy escasa. Es decir, no ha sido posible
enunciar a qué huelen los odotopos, ni sus combinaciones, lo que permitiría
predecir el olor de una molécula con sólo conocer su estructura.
En ese ambiente de (relativa) frustración, se ha abierto paso una nueva teoría que pretende explicar la
transducción a partir de las propiedades electrónicas de las moléculas. En
concreto, del número de onda resultante de la interacción de los enlaces
activos de los átomos que la forman. El problema es que para detectar el número
de onda de una molécula se requiere un espectroscopio, aparato de cierta
envergadura, difícil de emular en el epitelio olfativo, al menos a primera
vista. El máximo defensor de esta teoría es Luca Turín, un científico de
formación química que desarrolló su teoría en el University College de London,
donde fue nombrado profesor de biofísica. La «nueva» teoría «vibracionista» no
es tan nueva, ya que se fundamenta en ideas que G. Malcolm Dyson expuso a
finales de la década de 1920. El punto más crítico de la teoría vibracionista
es, sin embargo, que se sustenta en ciertas propiedades cuánticas de los
electrones. El mundo cuántico ha sido, hasta hace poco, terreno exclusivo de
las partículas subatómicas y de los físicos teóricos, a quienes se ha acusado en no
pocas ocasiones de buscar respuestas «místicas» allí donde sólo había preguntas
metafísicas. Aunque recientemente las biociencias han desembarcado en lo
cuántico, su mención sigue despertando suspicacias, por lo que no es de extrañar que la
propuesta de Turín se vea como una peculiaridad, casi como una excentricidad,
abonada por la peculiar personalidad del personaje, refinado y culto, experto
en perfumes, con unas dotes sensoriales excepcionales, abonadas por su
indisimulada sinestesia. Mezcla explosiva de anglosajón y mediterráneo, Turín
ha fracasado (a la vista del Nobel) en su trayectoria académica, pero se ha
ganado el respeto de las corporaciones perfumistas, a las que sirve desde su
recién creada empresa Flexitral, en la
que explota las dotes predictivas de su teoría, al parecer más fiable que
la «formista».
Ante la controversia, la Universidad Rockefeller ha mediado en ella,
realizando comprobaciones de ambas teorías. En el informe final, Leslie
Vosshall, director del Laboratorio de Neurogenética y Comportamiento, afirma:
«No desaprobamos la teoría vibracionista. Simplemente, no hemos encontrado
argumentos en su favor.» Y prosigue: «todos nuestros datos son consistentes con
la teoría formista, pero no prueban su veracidad». Un informe que derrama
prudencia científica y que, seguramente, circuló por los dossieres de
candidaturas del Instituto Karolinska.
Turín no se apoya en un trabajo consistente y universal, sino en sus
objetivas observaciones sobre la relación entre números de onda y olores. Una
relación que, hasta ahora, sólo olfatos privilegiados han podido constatar pero
que, a todas luces, escapa al común de los mortales. Por ello, en la
Rockefeller sentencian: «no podemos aceptar una teoría del olfato basada en la
experiencia de una sola persona».
Y mientras, en Flexitral, Turín sigue acumulando patentes de moléculas
obtenidas con su metodología predictiva.
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