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El color bajo la piel
[The colour under the skin]
Por Carles Lalueza Fox

Carles Lalueza, profesor asociado en la Unidad de Antropología en la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona, es especialista en el estudio de DNA antiguo. Lalueza ha ganado el Premio de Literatura Científica 2003, que convocan la Fundación Catalana per la Recerca y Rubes Editorial, con la obra «El color sota la pell», en la que expone las raíces genéticas de la pigmentación y su falso determinismo. Lalueza reflexiona para Percepnet acerca de algunos de los aspectos que se desarrollan en su obra.

Desde la antigüedad, hemos sido conscientes de que había diferencias en el aspecto externo entre los seres humanos; el color de la piel, sin duda, ha sido el rasgo fundamental que ha contribuido a fortalecer esta percepción de diferencia. Frecuentemente se ha asumido que, debido a su visibilidad, debía de tratarse de un rasgo que reflejaba profundas diferencias evolutivas entre grupos humanos. Así, si tuviéramos que decir cual ha sido el papel de la pigmentación a lo largo de la historia, deberíamos concluir que ha sido básicamente el de la discriminación.

Las diferentes tonalidades de la pigmentación dependen en última instancia de un único pigmento, la melanina, que se sintetiza a partir de un aminoácido, la tirosina, en los melanocitos de la capa basal de la epidermis, y de allí se distribuye a todas las células epidérmicas en forma de gránulos; el tamaño, el número y la distribución intracelular de dichos gránulos explica los diferentes colores de la piel; también se encuentra el pigmento en el cabello y en el iris de los ojos; los ojos claros son debidos al efecto óptico de la escasez de pigmento en el iris, un efecto parecido al que provoca que el mar se vea azul sin serlo.

Posteriormente, la genética cuantitativa llegó a estimar que las diferencias observadas en la pigmentación podían explicarse únicamente con un modelo aditivo de cuatro o cinco genes con dos variantes (una para el color claro y otra para el oscuro). Aunque es improbable que la realidad genética sea así de sencilla, sí es interesante hacer notar los pocos genes que se necesitan para modelar matemáticamente este rasgo tan visible, ahora que sabemos que hay cerca de 35 000 genes en nuestro genoma. Es evidente que los genes implicados en el color de la piel, aún por localizar, mostraran una clara estructuración geográfica, pero el punto esencial en este debate es preguntarse que pasará con el resto de genes. Si la mayoría también mostraran la misma estructuración, entonces, las antiguas razas humanas serían divisiones con sentido biológico. Pero no va a ser así; hemos empezado a conocer genes implicados en aspectos esenciales para definir nuestra humanidad, como el funcionamiento cerebral, el desarrollo embrionario o la capacidad del lenguaje, y dichos genes no muestran variaciones significativas entre grupos humanos.

La estructuración geográfica significa que las diferencias en la pigmentación debieron de ser importantes para la supervivencia de los individuos que vivían en diferentes latitudes, y que por este motivo estuvieron sujetas al efecto de la selección natural. Ahora sabemos que la pigmentación oscura protege contra el efecto dañino de los rayos ultravioletas sobre las células de la piel, que puede provocar melanomas, y puede destruir el ácido fólico, esencial para el correcto desarrollo neurológico durante el desarrollo embrionario. En cambio, en latitudes elevadas, como Europa, se requiere una pigmentación clara, para permitir la penetración en la piel de la escasa radiación solar, y poder así sintetizar una vitamina, la vitamina D, que es esencial para la correcta osificación del esqueleto.

Por vez primera, conocemos ya un gen implicado en un rasgo externo muy visible; el color rojo del cabello de los pelirrojos. De una a tres mutaciones en el gen MC1R (receptor 1 de la melanocortina), provocan un cambio conformacional en este receptor situado en la membrana de los melanocitos que conlleva problemas de interacción con la MSH (hormona estimuladora de los melanocitos). El resultado es que, en vez de sintetizarse la forma oscura habitual de la melanina, sólo se sintetiza el pigmento en su forma minoritaria rojiza. El descubrimiento del gen MC1R es solo un aperitivo de lo que nos espera; en los próximos años iremos conociendo los genes implicados en los rasgos externos que llamaron la atención de los antiguos raciólogos. Podemos pronosticar que este conocimiento llevará a la desaparición de los prejuicios raciales (o al menos a su replanteamiento); es difícil que el prejuicio pueda estructurarse sabiendo que lo que nos diferencia de otra persona de distinto color es, por ejemplo, un cambio de aminoácido en un gen determinado.

Sin embargo, no podemos predecir cual será el color de la piel de la sociedad futura; algunos han postulado una uniformización resultante de la mezcla completa, como se observa en las comunidades coloured de Sudáfrica. Sin embargo, la experiencia en diversas sociedades como la norteamericana nos enseña que existen condicionamientos sociales que contribuyen a mantener, e incluso aumentar, las diferencias en el color de la piel, aunque no estén refrendados legalmente. Sin duda, el descubrimiento futuro de los genes implicados en la pigmentación, el color bajo la piel, contribuirá a generar una nueva visión sobre nosotros mismos y sobre el significado de la diversidad de los seres humanos.


 

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15/05/03
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