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Un verano de calor.
Nuestros ojos resisten a duras penas el embate de los días radiantes, en los
que el sol parece invadirlo todo. Podemos percibir la luz, su intensidad y
matices. Y lo percibimos con los ojos porque las células de nuestra retina son
sensibles a un estrecho rango del espectro de radiación electromagnética,
pudiendo incluso discriminar someramente entre las distintas frecuencias. Cada
intervalo perceptible adquiere un significado parcialmente descriptible que denominamos
color, de afirmaciones llenas de restricciones. Porque también
percibimos el sol en la cara, incluso con los ojos cerrados: nuestra piel es
sensible a rangos del espectro electromagnético que nuestros ojos no pueden
ver. Sin embargo, no decimos que nuestra piel «ve» el sol, sino que «siente» su
calor. Se trata de una percepción progresiva, sin rangos, de la radiación que denominamos térmica.
Frente a la idea de que
percibimos el color como una propiedad preexistente en el entorno, surge
claramente la afirmación de que el color no existe, sino que se construye en
nuestro interior y forma parte del complejo interpretativo de la información
percibida. Las aportaciones del observador a la formación del color son, por
tanto, imprescindibles, aunque no se trate de aportaciones meramente
biológicas, puesto que intervienen en el proceso mecanismos cognitivos. Y en
este punto debemos recordar que la cognición tiene mucho de proceso cultural
evolutivo y está perfectamente entroncada con el lenguaje.
La contribución de las
teorías de la categorización cromática es establecer que la capacidad de
discernir de forma consciente los colores se corresponde con el desarrollo del
lenguaje y su capacidad para denominar tales colores. Destacan en este ámbito
los estudios de Pal Kay y Brent Berlin. Kay trabaja en el Grupo de
investigación de inteligencia artificial en el International Computer Science
Institute de la Universidad de California en Berkeley. Uno de sus méritos es el desarrollo, junto a
Terry Reiger, del World Color
Survey, un proyecto que tiene como objetivo estudiar las relaciones
entre la percepción sensorial del color y el grado de evolución del lenguaje en
distintas sociedades humanas. Paul
Kay, que sustenta sus teorías con una nutrida panorámica de publicaciones científicas al respecto,
expone a grandes rasgos que la existencia de colores primarios es universal, y
la tendencia a categorizarlos de forma universal también, aunque no así el
número de ellos. Las sociedades menos evolucionadas incorporarían sólo entre
dos colores, que siempre serían el blanco y el negro, a los cuales se añadiría
en la siguiente etapa evolutiva, un tercer color, el rojo, para incorporar en
un nuevo estadio evolutivo el amarillo y el verde, completándose con el azul,
la incorporación evolutiva de colores primarios (véase «¿En
un principio fue el color o la palabra?»). Y esa incorporación lingüística llevaría
implícita la capacidad para discernir conscientemente los colores asumidos
verbalmente.
Aunque se trate de una
hipótesis que presenta algunas lagunas y ha generado más de una controversia,
parece establecido que puede ser demostrada, lo que introduce un inestimable
nexo entre las teorías cognitivas del lenguaje, la evolución humana y los
patrones de procesamiento de la información sensorial recibida, donde los
condicionantes del receptor adquieren cada vez mayor relevancia. A los
condicionantes genéticos, sociales y culturales, habrá que añadir, según las
conclusiones del WCS, matices evolutivos.
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