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Dos tipos de olores ocupan los polos del espacio odorante:
los «buenos» y los «malos». En lo que concierne a estos últimos, la tenacidad
de un recuerdo olfativo depende a menudo de las propiedades intrínsecas del
estímulo. Por ejemplo, el olor de un cadáver es particularmente resistente. Uno
de los médicos forenses con los que hablé en el curso de mis investigaciones
alcanzaba fácilmente a identificar un olor de putrefacción en ausencia de todo
estímulo. «Es como si yo lo sintiera», afirmaba; aunque añadía que tan sólo
experimentaba esta facultad de evocar olores cuando se trataba de la
putrefacción de la carne, capacidad que desaparece para otros registros
olfativos. Podemos por consiguiente, lanzar la hipótesis de que memorizamos
fácilmente los olores particularmente «invasivos» (Kant decía que estamos
obligados a «compartir su aporte»)1, aquellos que la mayoría de las
personas que he utilizado como fuente de información califican de agudos,
penetrantes, persistentes, pegajosos, etc. Pero por otro lado, siempre en
el registro de los «malos» olores, se sabe que la aversión a ciertos estímulos
olfativos que se adquieren durante la infancia puede prolongarse toda la vida.
Desde el punto de vista de la evolución de nuestra especie, podríamos ver en
ello una ventaja adaptativa, ya que incluso si la relación entre olores
repulsivos y toxicidad no se deriva de una causalidad directa, dicha relación
no es, estadísticamente hablando, menos real, como afirma André Holley.
Es mucho más compleja la situación si consideramos el registro
de los «buenos» olores, ya que éstos sí dependen de condicionantes culturales y
sociales. «Cuando es la memoria la que respira», observó Bachelard, «todos los
olores son buenos»2. Lo que
quería expresar con estas palabras es que nuestra memoria olfativa tiende a ser
feliz. ¿Es a causa de la calidad del olor o de la situación vivida? No podemos
excluir que ciertos olores agradables producen, por sus cualidades intrínsecas,
recuerdos persistentes. Sin embargo, el contexto es ciertamente decisivo en la
mayoría de los casos. Como resultado de un sondeo que llevamos a cabo hace
algunos años a 503 estudiantes de la Universidad de Niza-Sophia Antipolis,
registramos que la mayoría (el 85%) de recuerdos olfativos son agradables,
evocadores de la infancia y de vacaciones, viajes, naturaleza (mar, montaña,
campo), de platos de domingo, etc. En cada caso, es el contexto (un paréntesis
agradable o lúdico en la vida cotidiana) lo que parece determinante. Permítanme
compartir una experiencia personal que ilustra bien esta idea. Me resulta muy
agradable el olor de la retama, que florecía en la Provenza hacia el mes de
mayo. La razón es que cuando huelo el aroma de esta planta me siento proyectado
cuarenta años atrás, a un día de clase del mes de mayo en que había hecho
novillos. Con un compañero, nos habíamos recorrido todas las colinas de los
alrededores del pueblo, cubiertas de estos arbustos de flores amarillas
especialmente olorosas. Cuando recuerdo esta sensación olfativa, asocio mi
alegría de transgredir ese día, excepcionalmente, la disciplina escolar y la
autoridad de mis padres. Esta asociación ha hecho de esta experiencia un
recuerdo feliz y particularmente tenaz.
Finalmente, existe una tercera categoría de olores
tenaces, que son difíciles de clasificar a priori como «buenos» o
«malos»: son los olores de los miembros de nuestra familia (abuelos, padres,
hijos), que nosotros reconocemos muy bien, y cuya persistencia se debe
probablemente al hecho de que nos resultan muy pronto familiares, algunos de
ellos desde la etapa prenatal.
De todo ello concluimos que el contexto es a menudo decisivo en la
persistencia de los recuerdos olfativos. Lo es hasta tal punto que, a veces,
cuenta más que el olor en sí mismo. En el sondeo del que les he hablado,
realizado a los estudiantes de nuestra universidad, he podido verificar la
importancia del contexto emocional. Así, ciertas respuestas asociaban olores
juzgados normalmente como poco agradables o desagradables a recuerdos felices:
un olor de fosa séptica puede evocar una excursión al campo, un olor a gasolina
recuerda unas vacaciones con la familia, la de cloro hace resurgir un recuerdo
de juegos en la piscina. Por el contrario, en una pequeña parte de los
encuestados, el olor de un perfume puede provocar repulsión, si se asocia al
recuerdo de una maestra que no les gustaba. Todo ello confirma un fenómeno bien
conocido: la persistencia del recuerdo olfativo y la manera como nosotros lo
clasificamos depende estrechamente de la naturaleza del tratamiento semántico
de la información memorizada, y que se conoce como síndrome de Proust.
1. Emmanuel Kant: «Anthropologie d’un point de vue
pragmatique». En: Oeuvres philosophiques III, Paris, Gallimard,
1986, p. 976.
2. Gaston Bachelard: La poétique de la rêverie,
Paris, PUF, 1960 & 1993, p. 119.
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