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Las culturas se comen y
beben. Son mucho más que verbo. Sus platos y copas se elaboran según
específicas y coherentes visiones del mundo, y despliegan su oferta sensorial
en busca de sentidos a los que cautivar y transmitir su mensaje. De esa forma,
las culturas mantienen entre sí delicados equilibrios, y en su particular y
paradójica ecología, el depredador es el cocinero y la presa, el comensal. Hay
sabores y aromas colonizadores que desplazan a los indígenas, los cuales,
lentamente, se diluyen hasta entrar en vías de extinción que corresponden al
desuso y olvido humano.
La experiencia demuestra
que los paradigmas sensoriales de las culturas expansivas y dominadoras suelen
tener perfiles simplistas, rudos y agresivos, que resultan a menudo repugnantes
a las sociedades maduras, decadentes, sofisticadas y sensorialmente cultas.
No es extraño, pues, que
el choque sensorial resulte lo suficientemente cruento como para que el
vencedor vea salpicada, tal vez para siempre, su arrogante percepción con los
delicados perfumes del vencido, de forma que la amenazada biodiversidad
sensorial recupera parte del legado a punto de desvanecerse. El balance global,
sin embargo, siempre es desolador: los humanos perdemos a diario sabores,
olores y texturas que perecen en miles de campos de batalla culturales. Y con
ellos desaparecen formas de percibir e interpretar el entorno que jamás
recuperaremos. Son pérdidas que las incipientes ciencias sensoriales,
impotentes, no pueden ni tan siquiera enumerar. Y mucho menos analizar,
estudiar, describir.
Pero la auténtica
catástrofe se produce cuando toda la sabiduría de una cultura milenaria queda
tan diezmada por la cocina imperial, que sólo aspira a asaltar en tumulto la
despensa del vencedor.
Esta es la parábola de lo
que ahora mismo se está produciendo en una de las periferias de la cultura que
descubrió los mil perfiles de las especias, que sumergió la delicadeza de los
piñones en la frescura del té, que extrajo los perfumes de las exóticas flores
del Índico. En una reacción desesperada, arremete contra la vulgaridad
sensorial representada por la más popular de las colas imperiales, «inventando»
otra bebida clónica, igualmente vulgar, extraña a su riqueza sensorial, sin más
aportación significativa que alterar anecdóticamente su nombre y con el único
fin de ganar cuota de mercado, que es la despensa, mediante vagas promesas de
ayudas sociales a costa de porcentajes del producto interior bruto (que no es
más que otro calco de las promesas porcentuales de la cultura colonizadora).
Semejante renuncia nos da
que pensar. Es urgente un inventario de sabores, aromas, tactos y texturas,
sensorialmente catalogados, empezando por los de las culturas más amenazadas a
fin de que, frente a la ascensión imparable de la versión sensorial de
pensamiento único, podamos impedir los suicidios culturales y reivindicar la
libertad de percepción con suficiente memoria histórica como para recuperar el
irrenunciable legado de nuestros sentidos. Que son miles: todos los que
mantienen el frágil y fascinante equilibrio de nuestra ecología sensorial.
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