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Música para sobrevivir
[Music for survival]
Eva Tarragona

Quienes hayan visto Diarios de motocicleta, una película estrenada recientemente que narra las peripecias de Ernesto Guevara en su viaje a lo largo de Sudamérica, probablemente se hayan sorprendido por un hecho, al menos curioso: la ineptitud del Ché para bailar o tan siquiera entender la música. Esta característica, que le reportó unas cuantas incidencias graciosas, especialmente cuando en alguna fiesta tenia que sacar a bailar a alguna chica, no era debida a una sencilla falta de capacidad para moverse al son del compás, sino a una alteración neurológica poco estudiada que afecta a la percepción musical. Roberto Zatorre, neurocientífico del Instituto Neurológico de Montreal de la Universidad McGill, desveló en «CosmoCaixa» esta faceta tan desconocida del revolucionario argentino, su «sordera para los tonos», un tipo de los muchos que existen de amusia.

En un auditorio lleno a rebosar, en el que fue imposible averiguar si había más músicos, científicos o gente curiosa, Zatorre destramó algunos de los últimos descubrimientos en el campo de las neurociencias referentes a la relación del cerebro con la música, y mencionó para ello, además del Ché, el caso de otros personajes conocidos, como Mozart, Bethoven o el decimoctavo presidente de Estados Unidos, Ulises S. Grant.

Músicos, músicos con «oído absoluto», personas que sufren diferentes tipos de amusia, o personas «convencionales», todos han participado en diferentes estudios destinados a averiguar qué sucede en el cerebro cuando los estímulos producidos por las notas de una melodía alcanzan su destino final. La aplicación de técnicas de obtención de neuroimágenes, especialmente la tomografía por emisión de positrones (PET) y la resonancia magnética funcional (RMf) constituyen los principales métodos para visualizar cada una de las reacciones cerebrales a distintas «circunstancias» musicales.

Amusias

Los casos de amusia, como los que afectaban al Che o a Grant, han ayudado a averiguar que en el cerebro existen circuitos especializados para la percepción musical y las zonas donde éstos se encuentran localizados, desvelando, por ejemplo, que la función lingüística y musical, así como el procesamiento de los ritmos y las melodías, dependen de estructuras cerebrales independientes.

Particularidades de los músicos

Del mismo modo, se ha demostrado que el procesamiento de la música en personas entrenadas es sustancialmente distinto del que tiene lugar en el cerebro de una persona no entrenada, aunque la capacidad para entender y percibir melodías es una facultad innata que no requiere ningún tipo de preparación. El cerebro de los músicos, además, presenta un número especialmente elevado de conexiones neuronales en zonas como la corteza motora relacionada con el movimiento de manos y dedos o la corteza auditiva. Una adaptación que se desarrolla más activamente si el aprendizaje musical se inicia en la infancia, cuando el cerebro presenta mayor plasticidad.

Evocar y escuchar

El conocido caso de Beethoven, que aún después de quedar completamente sordo fue capaz de componer obras de sublime perfección. Es una prueba evidente de que oír y evocar música son fenómenos hasta cierto punto independientes. En este caso, las pruebas realizadas con individuos a los que se les proporcionó la letra de varias canciones y se les pidió que imaginaran la melodía, revelaron que las áreas que se activan son las mismas que cuando se escucha una canción, aunque al evocarla la actividad detectada es mucho menor.

Oído absoluto

El oído absoluto es una capacidad perceptivo-cognitiva que permite a los individuos que la poseen (Mozart fue uno de ellos) discriminar con total facilidad y exactitud los tonos de cualquier sonido y reconocer las notas que lo componen. Investigar el cerebro de estas personas, generalmente músicos, es un buen método para averiguar la interacción de los componentes genéticos y medioambientales en el desarrollo neuronal. Se sabe, entre otras cosas, que se desarrolla únicamente cuando, durante la infancia, ha habido un entrenamiento musical, y cuando existe una base genética para ello. Los estudios de neuroimágenes han revelado que en músicos convencionales y en músicos con oído absoluto no se activan las mismas zonas de la corteza cerebral al escuchar un sonido, produciéndose en estos últimos una especial actividad en la zona cortical frontal, que es la que le permitía a Mozart, por ejemplo, descomponer en notas el rebuzno de un burro que cruzaba por la calle.

Música y emoción

Otro aspecto poco conocido pero que, sin embargo, despierta mucho interés –reflejo de ello son los numerosos textos aparecidos a partir de un trabajo del propio Roberto Zatorre y de Ann J. Blood, publicado en PNAS en 2001− son las bases cerebrales que relacionan la música con la emoción. El planteamiento de este estudio supuso todo un reto para los dos investigadores, pero los resultados compensaron con creces el esfuerzo.

Describir las respuestas emocionales es una tarea mayoritariamente subjetiva, por este motivo, los investigadores se vieron obligados a encontrar un mecanismo para sistematizar las reacciones de los individuos que participaron en el estudio. Lo que se hizo fue pedir a los participantes que escogieran una música (sin letra, para que no se asociara a recuerdos ni a otro tipo de estímulos emocionales) que les produjera «escalofríos de emoción». Mediante PET se localizaron las zonas que presentaban un mayor flujo sanguíneo durante la experiencia musical, además de otras variables (mesurables, reproducibles y homogéneas entre individuos) como el ritmo cardíaco, de la respiración y electromiogramas.

De este modo, se obtuvieron unos resultados sorprendentes: la actividad cerebral en respuesta a músicas que emocionan presenta exactamente el mismo patrón de activación e inhibición que en las respuestas de recompensa y motivación que se activan con la actividad sexual, cuando un individuo hambriento come, o cuando un cocainómano toma su dosis de droga.

De algún modo, la música tiene los mismos efectos sobre el ser humano que otros estímulos que se procesan en la corteza subcortical directamente relacionados con la supervivencia. El placer es, en este sentido, el mecanismo evolutivo para sobrevivir, para comer y reproducirnos, y... en el caso de la droga, podríamos considerarla una intrusa que invade el mecanismo. Pero la música, ¿qué papel desempeña en la supervivencia de nuestra especie? Ningún otro primate, ni tan siquiera el chimpancé, tiene la menor aptitud musical. Sin embargo, en la especie humana, y a pesar de las variaciones culturales, se cree que existe un tipo de «gramática universal» que nos hace entenderla de un mismo modo.

Ante este enigma, Zatorre se plantea algunas posibles respuestas. La música podría considerarse un componente del juego de reclamos para encontrar pareja, un mecanismo adoptado para estimular la cohesión social, o incluso una evolución de un sistema de vocalización que permita el reconocimiento entre madre e hijo. Aunque también podría tratarse de una función imprevista, resultante del aprovechamiento de otras funciones que sí necesitamos para sobrevivir. En este sentido, la música, la capacidad para percibirla, ejecutarla, reproducirla, provocarnos euforia o tristeza o cualquier otro sentimiento, sería un fenómeno accidental. Aunque, eso sí, un accidente perfectamente pertinente. Porque de hecho, ahora ya ¿cuánta gente no sabría vivir sin música?


 

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22/12/04
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