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PERCEPCIONES


THE PERCEPTIONS MODULE OF PERCEPNET PROMOTES CRITICAL DISCUSSION ABOUT HOT ISSUES IN SENSORY SCIENCE AND PERCEPTION, THROUGH MONTHLY CONTRIBUTIONS OF OUTSTANDING RESEARCHERS AND PROFESSIONALS.
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Las ecuaciones de la realidad
[The reality's equations]

Francesc Montejo
Inn Flavours SL

Íntimas percepciones





Íntimas percepciones
Aina Plans Codina, 2009
(Técnica mixta sobre lienzo,
60 x 70 cm)

Nos envuelven texturas, formas y colores diversos que no siempre están asociados a elementos reales. Cada uno de nosotros crea similitudes, comparaciones, sensaciones y abstracciones personales, y las lanza a un mundo extenso y complejo, formado por infinitos retazos propios, fruto de la misma experiencia con el mundo real. En medio de esta diversidad, por suerte, no todos percibimos ni mostramos el mismo campo visual. Pequeñas limitaciones, desencadenan pequeños juegos en el mundo real, capaces de crear de manera íntima un intercambio social, cultural
e ideológico.

Íntimas percepciones
Aina Plans Codina

¿Es posible conocer la naturaleza íntima de la realidad? Algunos filósofos de la antigüedad fueron los primeros en conjeturar respuestas razonadas a este tipo de preguntas. Actualmente estamos en condiciones de poder aportar un poco más de claridad al viejo debate. La realidad es incierta como un sueño y nuestra sensorialidad es la interfacie que nos permite aproximarnos al mundo exterior. Respiramos la realidad seducidos por un vaporoso perfume compuesto de quarks, electrones y cuerdas vibrantes ultramicroscópicas. Todo es y no es, como decía Buddha. Los receptores sensoriales posibilitan la transducción de señales externas en percepciones. En buena lógica, sin la existencia de estos receptores biológicos sería inconcebible hablar de realidad. Estaríamos viviendo en un aislamiento absoluto.

El ser humano, a lo largo de miles de años de evolución, ha aprendido a diferenciar entre yo y «no yo». El hombre primitivo carecía de la conciencia del yo y lo vivía enajenado en el cosmos. No existía una diferenciación clara entre sujeto y objeto, entre conciencia y universo. Como consecuencia, su realidad estaba más antropomorfizada que en nuestros días y los objetos se animizaban. La actividad operativa que realizaba esta fusión original entre el yo y el «no yo» era la magia, fundamentada en supersticiones populares.1 Las emociones se confundían con los hechos objetivables. Proliferaban religiones en las que iconos, los astros, el sol o la luna eran objeto de adoración. La dialéctica progresiva entre el racionalismo y la subjetividad de la magia condujo inevitablemente a una separación entre ciencia y otras disciplinas de naturaleza diversa. La razón y el sentido común ayudaron al hombre a adquirir un enfoque del cosmos más acorde con las leyes que rigen el funcionamiento del mismo. Sin embargo, no fue tarea fácil. A lo largo de siglos se libraron cientos de batallas intelectuales y se derramó sangre inocente de quienes sólo buscaban la verdad. Hipatia de Alejandría, la protagonista de Ágora, la última película de Alejandro Amenábar fue asesinada por defender su irrenunciable derecho a la libertad de pensamiento, indispensable en cualquier estudio científico. Las ansias apasionadas de conocimiento de esta filósofa y astrónoma egipcia del siglo IV d.C. chocaron frontalmente con una ignorancia intolerante.

Percibimos la realidad mediante una serie de estímulos externos y mensajes internos. Los primeros proceden de nuestro entorno, mientras que los segundos emanan de nuestro cerebro. Sin embargo, estos últimos no existirían sin la previa presencia de inputs sensoriales. El conjunto de las señales recibidas configuran nuestra noción de la realidad. ¿Pero podemos asegurar que estas percepciones no son ficticias? ¿Percibimos de igual manera todas las personas lo que llamamos rojo? ¿Acaso el cerebro no manipula la realidad con la finalidad de que la vida perdure eternamente?

La información que recibimos se puede clasificar en dos categorías: sensorial y analítica. La información sensorial proviene de nuestras experiencias sensitivas y nos llega a través de detectores biológicos que captan moléculas químicas y diversos tipos de ondas: de presión, térmicas y electromagnéticas. Sabemos también que existen una serie de filtros sensoriales que acotan nuestra percepción y nos proporcionan una visión sesgada de nuestro medio circundante. Nuestro cerebro y nuestros sensores son los responsables de este proceso. Ciertas filosofías han calificado esa realidad tamizada como realidad ingenua. Considerar la realidad en términos absolutos sería un sinsentido. Es el cerebro el que establece nuestro universo de sensaciones, emociones y sentimientos.

La información analítica está asentada en la razón y revela, en parte, cómo es nuestro mundo. Este tipo de información se basa en el estudio de propiedades objetivables, deducidas de ciencias como la física teórica, las matemáticas o la astronomía. Los resultados de estos trabajos suponen la garantía de que no vivimos en un mundo ficticio. Las teorías elaboradas por nuestro intelecto a veces están en contradicción con el sentido común y son necesarios experimentos científicos bien ideados para que estas hipótesis puedan ser aceptadas como verdaderas. Pensemos, por ejemplo, en la dualidad corpúsculo-onda de luz o la teoría cuántica del átomo.

La realidad se puede definir como todo lo que existe, sea o no perceptible. Las percepciones sensoriales son imprescindibles para el conocimiento de nuestro entorno. El fenómeno de la percepción de la realidad, siendo extraordinariamente complejo, sin embargo, se puede conceptualizar en tres ecuaciones primarias que definen nuestra interacción con la realidad.

f (r) = s (1)
f (s) = e (2)
f (s) = c (3)

Siendo:
f: función del la actividad cerebral
r: elemento de la realidad
s: elemento sensorial
e: elemento emocional
c: elemento conceptual

A estas ecuaciones las denominamos ecuaciones primarias porque se puede formar un número casi infinito de nuevos elementos a partir de las tres clases de elementos generados por ellas: sensaciones, conceptos y emociones. Los nuevos elementos se originan por aplicaciones reiteradas de la función de la actividad cerebral sobre los elementos previamente obtenidos. Como consecuencia de ello, podemos enlazar secuencias de sensaciones olfativas, gustativas, visuales, táctiles y auditivas con conceptos y emociones. Mediante este tipo de encadenamientos sucesivos elaboramos razonamientos y sentimientos.

Respirando la realidad
Respirando la realidad
Francesc Montejo, 1991
(Óxido y técnica mixta sobre papel,
70 x 50 cm)

La primera ecuación indica que la proyección de la realidad en nuestra mente produce elementos sensoriales como colores, sabores, olores, sensaciones táctiles o sonidos. Se trata de una ecuación cuya variable independiente está constituida por elementos de la realidad. La actividad cerebral opera con la ayuda de distintas partes del cerebro, como el hipocampo, el sistema límbico, o la corteza cerebral, entre otras. Las redes cerebrales y una cierta actividad caótica cerebral facilitan asimismo el funcionamiento de millones de neuronas que trabajan en paralelo con una enorme eficiencia.

La segunda ecuación muestra cómo, a partir de elementos sensoriales, nuestro cerebro crea elementos emocionales. Las emociones forjan modos eficaces de aceptación frente a ciertos cambios de las demandas ambientales. Las emociones están siempre presentes en nuestras vidas, como el miedo, la sorpresa, la aversión, la ira, la alegría, o la tristeza. Las emociones sirven para establecer nuestra posición con respecto a nuestro entorno y actúan también como arsenal de influencias innatas y aprendidas.

La tercera ecuación contempla cómo los elementos sensoriales generan conceptos abstractos. Este tipo imágenes se obtienen por razonamiento, como las deducciones lógicas o el enunciado de las leyes de la física. Nuestra inteligencia, a partir de casos particulares, deduce leyes universales, lo que supone una ayuda poderosa en el proceso conceptualizador. Los artificios matemáticos como axiomas y teoremas se obtienen también de esta manera. Mediante los conceptos sistematizamos experiencias que brotan de la interacción con nuestro entorno. Los elementos nacidos de la actividad intelectual son constantemente archivados en la memoria.

La función cerebral actúa de forma continuada sobre los distintos elementos formados en nuestra mente, creando a su vez nuevos elementos de esta naturaleza. La percepción de este tipo de elementos produce un efecto de continuidad, al igual que las sucesivas imágenes de un film sugieren movimiento continuo, y crea la sensación de reconocimiento de la propia identidad o conciencia. Este proceso psicológico nos lleva a planteamos preguntas como: ¿Quién soy yo? ¿Por qué existo?

Estas ecuaciones muestran que la realidad no se presenta como un ente aislado, único e inmutable, sino múltiple y repleto de matices. La realidad no se puede asimilar a un límite asintótico inalcanzable. La realidad posee también facetas oscuras que resultan imperceptibles a nuestros sentidos, como ultrasonidos, colores de frecuencias más allá del ultravioleta u olores no detectables por nuestras neuronas olfativas. Esta cara oculta de la realidad no es baladí: algunas religiones rinden culto sagrado a dioses intangibles o a personajes presuntamente descendientes de los mismos dioses, y hay personas que consagran toda su vida a esta otra realidad. La fe ciega en dogmas religiosos de muy diversa índole es parte también de esa realidad escurridiza.

La imaginación es asimismo un producto de nuestro cerebro. Se produce por la acción de nuestra actividad neuronal sobre los distintos tipos de elementos surgidos de la realidad. Estos elementos nacidos de nuestro intelecto, en ocasiones, se pueden confundir con la propia realidad. El mundo de lo imperceptible y el de lo imaginario están muy próximos. Quizá por esta razón ciertas corrientes estéticas tienden a no diferenciar estos reinos invisibles, proclamando que el universo es ilusorio. Jorge Luis Borges condujo con maestría su obra literaria por esa neblina liviana donde la realidad se confunde con la imaginación. «¿Acaso realidad y ficción no son la misma cosa?», se preguntaba Borges con perspicacia.2

La realidad adquiere aspectos sorprendentes cuando se observa desde distintos sistemas de coordenadas referenciales. Los detectores sensoriales son idénticos para todos los hombres, pero no así los mecanismos psicológicos, fruto de la genética y de las vivencias personales. Cualidades como la emotividad, la sensualidad, la inteligencia y la creatividad influyen de forma decisiva en la manera cómo asimilamos la realidad.

Curiosamente, es significativamente distinto contemplar el universo a nivel macroscópico que descender a los dominios del principio de incertidumbre de Heisenberg: las partículas subatómicas se desvían sólo con observarlas. Cuando examinamos un objeto no vemos sus átomos sino la luz que rebota en sus microscópicos escudos electrónicos. A veces las cosas no son lo que parecen, especialmente si nos adentrásemos en el diminuto mundo de las supercuerdas. Sería como si Alicia, la protagonista de las fantásticas aventuras imaginadas por Lewis Carroll, dejase el evanescente País de las Maravillas y penetrara en un espacio de dimensiones escondidas en el interior de su estructura. Aunque parezca increíble, este submundo existe y es donde habitan las supercuerdas. En este microcosmos delirante las partículas subatómicas experimentan enérgicas fluctuaciones vibracionales.

Es interesante constatar cómo los seres vivos modifican evolutivamente el rango de sus parámetros perceptuales para poder relacionarse eficazmente con el medio externo. Esta adaptabilidad perceptual supone un mecanismo cibernético cuya misión final no es otra que la preservación de la vida e indirectamente nos proporciona a cada uno de nosotros una realidad ingenua que condiciona nuestra vida. La inherente subjetividad de esta realidad ingenua nos permite gozar de ciertas parcelas virtuales. Algunas de estas abstracciones de la realidad constituyen la base de la inspiración artística y llevan implícitas cargas emocionales, conceptuales y estéticas. La dimensión estética es quizá la más significativa, y constituye la expresión hedónica de la obra de arte. Ella es la responsable de que el resultado creativo nos guste o no nos guste.

El factor conceptual se asocia al mensaje intelectual que nos lega el autor, mientras que la componente emocional es susceptible de desatar en nuestro interior sentimientos profundos. La fuerza de la creatividad brota de estos principios básicos, como en la majestuosidad de la música de El Mesías de Händel, en la emotividad de los coros de esclavos de Nabuco de Verdi, o en el sublimado misticismo del templo de la Sagrada Familia de Gaudí. ¿Hasta dónde es posible absorber el mensaje de una obra de arte desde una óptica distinta a la del autor? ¿Dónde están fijados los límites de este sutil proceso psicológico?

Los elementos derivados de la realidad y los imaginarios son como fotografías digitalizadas de la realidad que nuestras redes cerebrales capturan y guardan celosamente. El sistema dendrítico de nuestras neuronas es el encargado de esta misión. Algunas de estas fotografías son eliminadas de inmediato y otras al cabo de un cierto tiempo. Las más afortunadas quedan fijadas en nuestra mente y constituyen la base de nuestra memoria y de nuestra identidad como personas. Algunas imágenes las podemos recuperar a nuestro antojo del álbum de elementos de nuestra memoria, mientras que otras permanecen en nuestro subconsciente y, sin que lo sepamos, son piezas clave de nuestra vida.

Los elementos nacidos de la realidad y los imaginarios son también el alimento de nuestros sueños. La actividad onírica, libre de ataduras, teje sus historias improbables, buceando en las neuronas cerebrales y aglutinando experiencias sensoriales, conceptos y todo tipo de emociones conscientes o inconscientes.

Este modelo perceptual de la realidad, a caballo entre el idealismo y el materialismo, quizá pueda sorprendernos en ciertos aspectos. Sin embargo, queda lejos de proposiciones filosóficas más radicales como las del irlandés George Berkeley que profesaba un empirismo extremo. Berkeley afirmaba que «los objetos únicamente existen si son percibidos». El pensador anglosajón en sus ardorosas elucubraciones se llegó a plantear la siguiente hipótesis: si un árbol cae en un bosque y no es visto por nadie, ¿hace ruido?

La observación de la realidad nos lleva por sendas inexploradas del conocimiento. Nosotros somos también parte de esa realidad, de un cúmulo de minúsculos elementos de realidad que lograron la prodigiosa hazaña de autoorganizarse y gozar de vida y de conciencia por sí mismos. Un halo de misterio envuelve a la realidad primordial que sustenta la conciencia cósmica de los místicos. Nuestros espacios virtuales de realidades ingenuas emergen del mismo lodo cósmico que las estrellas y se pueblan de ángeles y de demonios, de sueños y de quimeras. Ingrávidas deidades y sucesos aparentemente inexplicables conforman su dorada bóveda existencial. Los intercambios culturales entre realidades ingenuas establecen redes de conocimiento que favorecen las relaciones sociales y también el desarrollo de la actividad cerebral. De la magia de las leyes ocultas de los espacios astrales irrumpen, ocasionalmente, espontáneos destellos de divinidad. Acaso, de forma inverosímil, lo divino y lo humano posean la misma naturaleza.

Disputamos una interminable partida de ajedrez con la realidad, ambicionando elucidar su naturaleza íntima. Sin embargo, jugamos con desventaja. La realidad siempre dispone de un jaque mate escondido en la manga. Las metáforas sobre la propia realidad esconden su inabordable esencia. Una sutil cortina de humo la hace casi invencible. El hallazgo de nuevas claves perceptuales probablemente nos permita enriquecer las bases científicas y las fantasías utópicas. Nuestros álfiles, torres y caballos no deberían debilitarse en su acoso al rey rival. El despliegue repentino de una imprevisible estrategia nos puede proporcionar esa victoria tan anhelada. Entonces, quizá, podremos alcanzar una mejor comprensión del mundo y de nosotros mismos.

Agradecimiento

Deseo dar las gracias a Aina Plans Codina por permitirnos reproducir el texto que encabeza este artículo y su cuadro Íntimas percepciones.

Bibliografía

1.Tesis de Rafael Llopis en la introducción de Viajes al otro mundo de H.P. Lovecraft. Madrid: Alianza Editorial, 1985.

2. Jorge Luis Borges. Ficciones. Madrid: Alianza Editorial, 1971.

 

 

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17/11/2009
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