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PERCEPCIONES

 

 

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Ceguera y anosmia
Entrevista a Martí Batalla y a su doctora María Colomé

Marta Tafalla
Departamento de Filosofía. Universidad Autónoma de Barcelona

Cada uno de nuestros sentidos es una ventana que nos abre a una dimensión diferente de la realidad, que nos regala una forma peculiar de acceder al mundo. La mayoría de nosotros tenemos muy claro el papel de la vista y el oído, pero no tanto de esos otros sentidos que nuestra cultura denomina, injustamente, “inferiores”. De todos ellos, mucha gente cree que el olfato es el más prescindible, porque el ser humano no pierde nada sustancial si se queda sin él. ¿Es eso cierto? ¿Para qué sirve el sentido del olfato? ¿Qué tipo de conocimiento aporta? ¿En qué resulta útil, necesario? ¿Cuál es su papel en la vida de las personas?

Yo nací con anosmia congénita, es decir, que no he tenido nunca la experiencia de oler, y no me resulta fácil comprender qué son los perfumes y las pestes, y qué tipos de experiencias generan. Es por ello que entrevisto aquí a dos personas que saben hablar con una lucidez especial del sentido del olfato. Martí Batalla, telefonista de profesión y músico de vocación, es ciego de nacimiento. Perdió el olfato de mayor, hace ahora unos pocos años, y relata esa pérdida con una sabiduría y una emoción que impresionan. La doctora María Colomé, que dirige la Clínica Rinológica del Centro Médico Teknon, y es uno de los pocos médicos especializados en olfato de nuestro país, le ha acompañado en el proceso de aprender a vivir sin este sentido.

Me encuentro con ellos en la consulta de María Colomé. Nos sentamos los tres alrededor de una pequeña mesa redonda, en un despacho luminoso, con un gran ventanal por donde entra la luz cálida de la tarde. Está decorado con preciosas esculturas oscuras y plantas que casi crean un pequeño jardín, un lugar acogedor que hace olvidar que nos encontramos en un consultorio médico. Sin embargo, cada uno de nosotros tres percibe este despacho de un modo diferente. La doctora María Colomé lo percibe con los cinco sentidos. Martí, en cambio, ha de acariciar con sus manos una de las esculturas para saber cómo es. Dado que es ciego de nacimiento, él mismo nos explicará que el hecho de no poder ver le parece normal. En cambio, no poder oler las plantas de la consulta, o los jardines, pinos y palmeras que rodean el centro médico, es algo que le despierta una profunda nostalgia. Yo, en cambio, he vivido siempre en un mundo sin olores, y para mí no hay nada más normal ni más familiar. Sin embargo, Martí es como un viajero que llega de otras tierras, y que me dice que estos paisajes inodoros que ahora compartimos son profundamente extraños. Él habla con añoranza de esos países fascinantes llenos de fragancias que habitó durante gran parte de su vida, y a los que espera poder regresar. Cada uno de nosotros percibe la realidad de un modo distinto, y por eso cada uno de nosotros cuestionamos la sensación que tienen los demás de que su percepción es la normal. Compartimos una misma realidad, como nos sentamos alrededor de la misma mesa y entablamos una conversación, pero la percibimos y vivimos de formas distintas.

Para comenzar esta entrevista, le pido a Martí que se presente y nos hable de su relación con el olfato.

Martí Batalla: Me llamo Martí Batalla y Busquets, y he perdido el olfato de mayor. Mi pérdida fue una cosa progresiva. Yo fui fumador durante muchos años y ya tenía un problema de olfato, no sé si debido al tabaco o a otras circunstancias. Quizás otro factor que también influyó, es que cada noche me ponía unas gotas nasales. Mi hermana, como médico que es, me advirtió que este medicamento me llevaría a la pérdida del olfato. Yo no le hice caso, porque pensé que exageraba, pero al final acabé perdiendo gran parte de mi olfato. Fue una pérdida progresiva, hasta que finalmente acudí a un médico, quien me hinchó de cortisona durante medio año. Cuando me la iba tomando iba ganando olfato, pero en cuanto dejaba de tomarla lo perdía otra vez, y lo acabé perdiendo prácticamente del todo. Yo entonces tenía 46 años y este proceso duró más o menos un año. Luego acudí a un médico que me recetó una medicación, y conseguí recuperar hasta el 80%.

En este proceso tuve una época en que confundía los olores. Por ejemplo, confundía el olor del tabaco con un olor extraño que era como a humo de chimenea. También tuve una época en que tenía la sensación de que olía a pintura, y le preguntaba a mi mujer: “¿qué es ese olor a pintura o aguarrás o ácido fuerte?” Y ella me decía: “no hay nada de eso.” Así que en realidad era mi cerebro que iba deformando el sentido del olfato. Al final acabé yendo a este médico del que hablaba antes, que me recetó una medicación, y con ella recuperé hasta el 80% del olfato. Recuerdo que ese verano me fui a Bulgaria, porque mi mujer es de allí. Estábamos en una casa de campo, y la cocina se encontraba en el piso de arriba, en el segundo piso, y yo desde el patio, que estaba abajo, olía perfectamente lo que cocinaba mi suegra, si cocinaba pimientos, si cocinaba con ajos. Es decir, que había recuperado prácticamente todo el olfato.

Pero sucedió un problema inesperado: cogí la gripe A. Yo siempre estoy bajo de defensas, porque fui un bebé prematuro. De hecho, soy ciego de nacimiento debido a que nací a los seis meses, y en la incubadora me quemaron la retina. Esto se llama fibroplasia retrolenticular. Así que mi vida ha sido siempre sin vista. La cuestión es que al estar bajo de defensas, cogí la gripe A. Y no sé si debido a la gripe o a la medicación contra ella, el Tamiflú, pasé del 80% al cero absoluto. Una caída del techo al suelo. Una caída impresionante. Fui a ver al médico, y él me dijo que me desahuciaba, que ya no podía hacer nada por mí. Entonces una compañera de trabajo me informó de que en la Teknon habían abierto una clínica del olfato, que para mí fue como descubrir a la virgen de Lourdes. Acudí a la clínica, y la doctora María Colomé me lo dijo muy claro: tu conducto respiratorio está cerrado y podemos hacer una intervención para abrirlo, pero no sabemos si dará resultado.

María Colomé: Y te dije que lo más seguro era que no, por la historia clínica que tenías.

Martí Batalla: Así que la intervención era correr un riesgo. Pero aunque no me devolviera el olfato, al menos ganaría algo: respirar mejor. Porque desde hacía tiempo, cada noche tenía la nariz muy tapada.

María Colomé: La cuestión es que la zona alta de la nariz estaba cerrada, y por ello los estímulos olfativos no podían llegar al epitelio olfativo, así que nos planteamos la posibilidad de la intervención quirúrgica. Claro, llevarlo al quirófano sin la seguridad de que resolveríamos el problema es para llevarse las manos a la cabeza. Pero merecía la pena intentarlo por lo importante que el olfato era para él. Y en cualquier caso, lo que al menos ganaríamos es que podría respirar mejor y tendría una mayor calidad de vida.

Martí Batalla: Al menos ahora respiro bien, y por tanto estoy contento. Pero he perdido totalmente el olfato. El gusto, por suerte, no lo he perdido. Aunque a veces me cuesta coger el gusto del salado.

María Colomé: Porque el gusto es otro nervio. Pero el sabor de la comida sí que ha cambiado, ¿verdad?

Martí Batalla: : Si, el sabor ha cambiado totalmente. Ahora tengo que reconocer los alimentos por el tacto. Por ejemplo, esta mañana he desayunado pan de payés con jamón dulce. Al coger la rebanada de pan, al tocarla, le he preguntado a mi mujer: “¿esto es jamón dulce?” Yo siempre lo pregunto para asegurarme. Y ella me ha contestado: “sí, es jamón dulce.” Ahora me sucede como a las personas que se quedan ciegas de mayores. Cuando una persona se queda ciega de mayor es algo terrible, porque de niño ha visto y recuerda lo que ha visto. Yo he olido y recuerdo los olores. Si ahora me quiero imaginar cómo huele una iglesia, yo recuerdo el olor de las iglesias románicas. O el olor de una pastelería o de un cine. Tengo los olores en mi memoria. Si me preguntas: “¿recuerdas como huele el café?” Pues claro que me acuerdo. Pero ya no puedo olerlo.

Marta Tafalla: ¿Te cuesta más diferenciar los alimentos? A mí me sucede que, como no tengo olfato, a veces los confundo. Por ejemplo, si me dan una taza de té y me dicen que es café, los puedo confundir. Yo puedo percibir el gusto, distingo el dulce del salado, pero no percibo el aroma, y por tanto el sabor es distinto. Así que hay alimentos que, si no los veo, los confundo.

María Colomé: Las texturas de los alimentos son muy importantes en estos casos.

Martí Batalla: Si, la textura es lo que ayuda. Porque, claro, el sabor no lo acabamos de notar ni Marta ni yo.

Marta Tafalla: Y si tuvieras que sintetizar lo que significa para ti haber perdido el olfato, ¿qué dirías?

Martí Batalla: Si me preguntas cómo me siento, te diré que me siento vivo, sigo igual que siempre, hago mi vida. Incluso puedo decir que estoy a punto de un cambio importante en mi trabajo, pues creo que podré dedicarme definitivamente de un modo profesional a la música. Así que estoy bien. Pero si me preguntas, ¿te crea angustia el hecho de no oler? Pues tengo que evitar pensar en ello, porque si lo pienso, me genera muchísima angustia. Si comienzo a pensar en lo desgraciado que soy por haber perdido el olfato, es que me acabaría suicidando. Y no quiero ser duro, ni cruel. Pero me genera mucha angustia. Es más, no oler nada es peor que oler algo malo. Preferiría oler una mierda de perro que no oler nada, porque me crea una angustia horrorosa. Y entonces, ¿qué hago? Pues no lo pienso. Tengo que acostumbrarme a vivir así.

Dejadme que os cuente una historia. Cuando yo cumplí 18 años, me fui a vivir al centro de rehabilitación de Castellarnau, que se encuentra en Sabadell. Allí aprendí a manejarme con el bastón. Nos daban clases de vida diaria, cómo moverse por la cocina, y también nos enseñaban Braille. Tuve un buen profesor, el señor Farré, que me ayudó a perfeccionar mis conocimientos de Braille. Pero la asignatura más valiosa que tuve, me la dieron mis compañeros. Todos mis compañeros se habían quedado ciegos de mayores, yo era el único ciego de nacimiento, y no entendía por qué estaban todos tan deprimidos por haber perdido la vista. Para mí, no ver era lo normal. En aquel centro aprendí muchas cosas útiles, pero la lección más importante me la enseñaron aquellos compañeros que se habían quedado ciegos de mayores, y que luchaban día a día, vivían día a día. Algunos ya han muerto. Otros entraron a trabajar en la ONCE, o se colocaron en otros sitios, a otros les he perdido la pista. Pero todos vivían día a día. Cuando me entristezco porque he perdido el olfato, pienso en ellos, y me digo que si mis compañeros pudieron superar el hecho de quedarse ciegos de mayores, yo también puedo superar haberme quedado anósmico de mayor.

(Aquí, Martí suelta un par de improperios, y al momento se echa a reír. Ha dicho un par de palabrotas en catalán y se ríe de que traducidas al castellano no tienen sentido. De repente comienza a hacer chistes sobre sus palabrotas, juegos de palabras que mezclan catalán y castellano, y los tres nos echamos a reír. Me resulta admirable que, mientras nos está contando una historia tan dura, tenga esta facilidad para hacer chistes y reírse, y creo que ese buen humor es precisamente lo que hace su testimonio tan valioso.)

Martí Batalla: Uno tiene que sacar fuerzas de donde sea. Ahora, si me llamase un día María Colomé y me dijera que mediante una técnica nueva con células madre es posible curarme, vendría corriendo. Al momento.

Marta Tafalla: Yo también vendría.

Martí Batalla: Con esto quiero decir que yo seguiré investigando si hay posibilidades de curarme, investigaré por todos los canales posibles. Me gustaría, en primer lugar, vivir muchos años, con mucha calidad de vida; pero si pudiera recuperar el olfato, ese sería el mejor regalo que me podrían hacer.

Para mí, el olfato era muy importante, me ayudaba mucho. Os cuento una anécdota: un día iba caminando por la calle, y a mitad de camino encontré una oficina de La Caixa que no sabía que estaba allí. ¿Cómo lo supe? Pues la reconocí por el ambientador. Fui directo a la puerta, esperé en la cola del cajero automático y saqué dinero. Esto significa que el olfato y el oído pueden suplir muchas veces al sentido visual. Otras veces no, claro. ¿Cómo sé de qué color es mi camisa? Pues porque en el cuello llevo una etiqueta en Braille que me dice el color, pero si no fuera por la etiqueta no podría saberlo. Por supuesto, hay muchas percepciones visuales que no se pueden suplir con otros sentidos. Pero, en algunas cosas, el olfato podía suplir a la vista. Por ejemplo, yo sabía cuándo el tiempo iba a cambiar. Cuando estaba en el campo y salía a caminar, si olía a tierra mojada sabía que necesitaba un paraguas porque iba a llover. Los que pueden ver, miran el cielo, ven que está nublado y saben que va a llover. El que es ciego sabe que va a llover por el olor. Y yo, ahora, ¿cómo sé que va a llover? No lo sé hasta que noto que caen las primeras gotas.

No hay conciencia de lo importante que es el olfato. Y en cambio, se le da tanta importancia a la ceguera, que la gente ni siquiera se atreve a pronunciar la palabra. Cuando la gente me quiere preguntar si mi mujer y mis hijos también son ciegos, no se atreven a preguntarme: “¿ellos también son ciegos?”, y en cambio me preguntan: “¿son como tú?”. Es absurdo. Es más, ¿y por qué a los ciegos nos llaman “invidentes”? ¿Les dicen a los sordos que son “inauditos”? ¿Por qué se le tiene tanto miedo a la palabra “ciego”? Lo que quiero decir, es que la gente le da tanta importancia al hecho de que soy ciego, que no le da importancia a que no puedo oler. Y en realidad es muy grave. Si no puedes oler, y te dejas el gas abierto, ¿cómo te das cuenta? ¿O cómo sabes que se te ha quemado algo? El sentido del olfato tiene tanta o más importancia que la vista, y que cualquier otro sentido, porque muchas veces lo primero que haces es oler.

María Colomé: Por eso tú me explicabas que cuando cogías leche de la nevera, antes de beberla, siempre la olías.

Martí Batalla: El otro día cogí un tetrabrik de la nevera, pensando que era leche, y me serví un vaso. Me puse azúcar, y cuando eché un trago, la noté extraña y dije: “esta leche está caducada”. Y mi mujer me dijo: “no, cariño, te has confundido, eso es gazpacho”. Sentí una gran tristeza. Tengo que aprender tantas cosas de nuevo. Habituarme a vivir sin olfato es como tener que aprenderlo todo otra vez. Daría cualquier cosa por volver a oler.

Marta Tafalla: Te agradezco que lo cuentes, y además de una manera tan sincera, porque seguro que tu testimonio ayuda a muchas otras personas con problemas de olfato. Es verdad que muchas veces la sociedad no acaba de valorar el papel del olfato, y cuando una persona lo pierde no se reconoce lo grave que es esa pérdida. Pero tus palabras pueden ser muy valiosas para otros anósmicos, porque tú sabes mostrar muy bien el valor de este sentido. Y al mismo tiempo es cierto que médicos como María Colomé, tan conscientes del valor del olfato, no son frecuentes. María, ¿podrías contarnos cómo decidiste tú dedicarte al olfato?

María Colomé: Estudié para ser médico otorrino, y desde el principio me interesó la rinología, porque la nariz es un mundo apasionante. Otorrino es una especialidad muy amplia, y dentro de ella yo empecé a estudiar la función respiratoria, la parte funcional de la nariz, las fosas nasales y la pirámide nasal. Forma y función de la nariz están muy conectadas, y esa relación no siempre se ha tenido en cuenta. Muchos problemas funcionales de nariz se intentaban resolver mirando sólo dentro de las fosas nasales, sin atender a la forma de la nariz, cuando en realidad una nariz con un ángulo caído, o hundida, puede causar problemas. Dentro de las funciones nasales una muy importante es la olfativa, pero mi interés es por todas las funciones: respiratoria, fonatoria… funciones que se conocen poco. Es un campo maravilloso y nunca te lo acabas. Y es cierto que, dentro de todo esto, el olfato es el gran olvidado. A veces ante un problema de olfato los médicos dicen enseguida “no hay nada que hacer”, cuando se podría estudiar más, averiguar la causa. Hay muchas causas de pérdida de olfato que pueden solucionarse. Las pérdidas perceptivas, que dependen del nervio, no se pueden recuperar. Pero las pérdidas de transmisión, es decir, cuando hay un obstáculo que impide que el estímulo llegue al epitelio olfativo, muchas veces se pueden resolver, y son muy frecuentes: aquí encontraríamos por ejemplo los procesos inflamatorios, procesos bacterianos y víricos, desviaciones de tabique, poliposis o sinusitis. Cuando un paciente viene con un problema, le hacemos un screening de todas las funciones para ver si podemos mejorarlas.

Marta Tafalla: ¿Y cómo conociste a Martí?

María Colomé: Martí vino un día a la consulta y me explicó su situación. Por su historia clínica ya se veía que probablemente tenía un problema del nervio, un problema de percepción. Se habían sumado varias causas de pérdida de olfato: el tabaco, el uso de vasoconstrictores, y la gripe debió ser el desencadenante. Realizamos tratamientos a base de corticoides, vitamina B, estimulación del nervio, pero al no conseguir avances, intentamos la cirugía. La intervención quirúrgica mejoró su respiración, pero no logramos recuperar el olfato, como era ya de esperar. Martí hizo también talleres de respiración, que sirvieron para completar el trabajo realizado con la cirugía. La vía respiratoria va desde la nariz a los pulmones, y hay que aprender a trabajarla en su totalidad.

Martí Batalla: Además de que estoy bajo de defensas y de que fui fumador, tengo un principio de enfisema pulmonar. Mientras no me resfrío me encuentro perfectamente, voy a correr, y nado 50 piscinas. Pero a la que me resfrío, enseguida me ahogo. Ahora también he aprendido a controlar esos momentos de ahogo sin ponerme nervioso. Los talleres de respiración me han ayudado a sobrellevar esos momentos. En todo esto hay un factor psicológico importante.

María Colomé: Al mejorar la respiración nasal, el aire llega mejor acondicionado a las vías bajas, y eso es muy importante para las personas que tienen una patología pulmonar. Pero volviendo al tema del olfato, cuando se produce una pérdida se dan muchas veces síntomas de depresión y de ansiedad. Incluso se desencadenan enfermedades psiquiátricas como síndromes neuróticos, por ejemplo cuando una persona teme hacer mala olor y se está duchando constantemente, lavándose las manos constantemente. Se generan verdaderas obsesiones.

Marta Tafalla: Martí, tú has contado que el olfato te resultaba muy útil. Pero además de útil, ¿dirías que era placentero? ¿Dirías que te proporcionaba un tipo de placer específico que no lograbas con los otros sentidos?

Martí Batalla: Yo reconozco que para mí el sentido más placentero es el oído, porque soy músico. Pero ayer que fue 14 de febrero fui a comprarle una colonia a mi mujer, porque a ella le gusta celebrar el día de los enamorados. Entré en la tienda, pedí una que anuncian por televisión, y el vendedor me dijo: “tenga, huélala”, y tuve que decir: “no tengo olfato”. Antes me encantaba ponerme colonia, tenía unos gustos un poco clásicos: “Brummel”, “Floïd”, “Cesar Imperator”. Una botella me duraba poco, tres o cuatro semanas, casi me la bebía. Y cuando empecé a perder el olfato todavía apreciaba más los perfumes. Ahora ya no tengo interés. La colonia ya sólo me gusta por un motivo, ponérmela en la cara después de afeitarme, porque entonces pica y es muy agradable. Es una sensación buenísima, lo único que quiero conservar en relación a la colonia.

Y eso también me ha traído cambios en las relaciones sociales. Por ejemplo, tengo un amigo, ciego como yo, que me dice: “ya no te regalaré colonia por tu cumpleaños, porque ya no hueles”, y me trata con lástima. Y yo le digo: “yo no te trato con lástima porque seas ciego, ¿por qué tienes tú que tratarme con lástima porque no huelo?”. No es una cuestión de lástima. Pero la colonia y los perfumes ya no me interesan, lo único que me gusta de ellos es la sensación de picor en la piel después de afeitarme.

Marta Tafalla: ¿Y no piensas en ponerte perfume o colonia para que lo perciban los demás?

Martí Batalla: No le encuentro ningún sentido.

Marta Tafalla: Ya te entiendo. Yo casi nunca me pongo perfume. Me resulta extraño ponerme algo que no sé lo que es, que no sé cómo lo perciben los demás.

Martí Batalla: Eso es.

Marta Tafalla: Entonces, tú dirías que el olfato sí te daba un tipo de placer especial. No tan valioso como el de la música, pero otro tipo de placer.

Martí Batalla: Si. Oler el mar, un bosque.

(Por un momento Martí se queda un poco callado, meditativo.)

Martí Batalla: A pesar de todo esto, y para ver el lado positivo, cuando me he bajado del autobús y he subido andando hasta aquí, he notado que el aire es diferente. No es como en el centro de Barcelona, parece que estés en un pueblecito. Primero, aquí se oye cantar a los pájaros. Y segundo, el aire está menos contaminado. No lo huelo, pero lo noto. Los vapores de un camión se notan. Por ejemplo, cuando salgo de mi casa por la mañana, al no haber habido tanto tráfico por la noche, el aire se nota más limpio. Me gusta mucho ir con mis hijos a hacer montañismo, y cuando subo a una montaña, el aire es distinto. La frescura del aire se nota. Aprecio el tacto del aire. Lo que sucede es que, como no puedo oler, no sé lo que hay: no sé si hay pinos, abetos, bellotas o jabalís.

Marta Tafalla: Tienes muy educada esa sensibilidad, percibir el aire desde las sensaciones táctiles.

Martí Batalla: Cuando un sentido falta, los demás se desarrollan para suplirlo.

María Colomé: Y esa percepción táctil del aire depende de otro nervio, del nervio trigémino. Me imagino que el sentido del oído también lo tienes especialmente desarrollado.

Martí Batalla: La verdad es que a menudo me las arreglo muy bien. Por ejemplo, cuando he llegado aquí, me ha sorprendido lo bien que me he orientado, cómo recordaba el camino. Me he bajado del autobús, y no me he equivocado en nada. Sólo he tenido un momento difícil, encontrar el ascensor, por lo demás me he orientado perfectamente. Yo memorizo los caminos a medida que los hago cada día, una y otra vez; pero aquí no he venido tantas veces, y de la última vez hace ya más de medio año. Sin embargo se me ha grabado el camino en la memoria.

María Colomé: Otra cuestión importante es que el olfato conecta directamente con el sistema límbico, el cerebro más primitivo, que es el que genera la sensación de bienestar. Por ello un olor puede producir sensaciones agradables. Es decir, que el olfato es fundamental para el bienestar de una persona. También la respiración influye, respirar bien hace sentirse mejor.

Marta Tafalla: Entonces, María, si los olores despiertan emociones, debe ser por eso que perder el olfato puede provocar depresión, porque sientes que has perdido parte de esa vida emocional.

María Colomé: Sí, porque además el sistema límbico conserva una memoria emocional, relaciona olores con recuerdos emocionales, y eso es algo muy importante.

Marta Tafalla: ¿Y no será posible un día curar a los anósmicos con narices electrónicas?

María Colomé: Bueno, la ciencia está avanzando a gran velocidad. Los implantes cocleares que se aplican a los sordos les permiten oír.

Marta Tafalla: ¿Sería posible algo equivalente para los anósmicos?

María Colomé: Quizás se podría estimular la zona del cerebro responsable del olfato con algún tipo de implante. Aunque yo veo más futuro en la investigación con células madre. Ya comienza a haber estudios, pero claro, son investigaciones a largo plazo.

Marta Tafalla: Vosotros habéis explicado muy bien el papel del olfato, lo valioso que es. ¿Por qué creéis que hay tanta gente que no le acaba de conceder importancia? Si perder el olfato puede generar una depresión, experiencias tan terribles, ¿por qué la sociedad lo valora tan poco?

María Colomé: Hay mucha diversidad. Hay personas que cuando pierden el olfato se deprimen, porque por ejemplo les gustaba mucho ir a la montaña y oler la hierba, la tierra mojada, y tienen que aprender a vivir sin eso. En cambio otra gente le da poca importancia.

Martí Batalla: Yo voy a ser más directo. Yo creo que mucha gente valora poco el sentido del olfato, porque en general no nos valoramos a nosotros mismos.

María Colomé : Lo que sí es cierto, es que si se realiza un diagnóstico correcto de la pérdida olfativa, se puede hacer más de lo que se hace normalmente.

Marta Tafalla: Eso que dices me hace pensar… cuando estudiáis para ser médicos otorrinos, ¿se le da suficiente importancia al sentido del olfato?

María Colomé: Si, es un tema más, dentro de la especialidad. Pero en lo que insisto es en que, cuando se produce una pérdida de olfato, la exploración es muy importante. La exploración se realiza en primer lugar con una endoscopia, para comprobar si hay alguna obstrucción, un problema mecánico. Y después con la olfatometría, que aunque sea un test que ofrece respuestas subjetivas, permite valorar si ha habido una pérdida cualitativa o cuantitativa, una distorsión en la percepción de los olores.

Martí Batalla: Yo años atrás había pensado en hacerme perfumista. Por fortuna no lo hice, porque ahora no podría ejercer.

María Colomé : A veces tenemos pacientes que son cocineros, por ejemplo, y para ellos es un gran problema. Cuando cocinan han de ir preguntando a los demás el sabor de los platos, siempre necesitan ayuda.

Marta Tafalla: En estos casos, cuando un perfumista o un cocinero pierden el olfato, ¿se reconoce esa pérdida como una discapacidad? Porque realmente les dificulta ejercer su profesión.

María Colomé: Pueden pedir un informe que diga que no pueden trabajar en ese ámbito, pero si su trabajo les gusta mucho, eso les puede generar una gran frustración. Por eso, a veces, lo que hacen es esconder que tienen un problema. Yo tuve un paciente que fingía que estaba resfriado y andaba siempre pidiendo ayuda a los compañeros, porque no quería reconocer en el trabajo que ya no podía hacerlo como antes.

Martí Batalla: Aquí hay una cuestión importante. Si yo no digo que no puedo oler, nadie se da cuenta, porque no es algo que se vea. En cambio, a un ciego se le ve de lejos. Yo no puedo esconder que soy ciego. Y lo que sucede es que se da valor a lo que se ve, y no se da valor a lo que no se ve. Pero muchas veces lo que no se ve tiene más valor.

Marta Tafalla: ¿Y para ti era importante el olor de las personas?

Martí Batalla: Sí, y tanto. Durante una época, tuve un compañero de trabajo que tenía alergia al agua, alergia a la ducha (ríe), y cuando venía al despacho a veces era terrible. Ahora se cuida más. El olor de las personas es importante. Por ejemplo, una misma colonia cambia según qué persona la lleve.

María Colomé: Es muy importante para las relaciones. Entre los animales, por ejemplo, es clave en el aparejamiento. Y en las personas también. Muchos pacientes con pérdida de olfato nos dicen que no poder oler a la pareja es muy frustrante.

Martí Batalla: A mí me gustaba mucho olerle la cabeza a mi mujer. Ahora aún repito el mismo gesto (Martí pone las manos como si estuviera acariciando algo junto a su nariz), y aunque ya no puedo olerla, me gusta tocarla.

Marta Tafalla: ¿Recuerdas su olor?

Martí Batalla: Sí, olía a mujer. Ya no puedo olerla, pero me queda el tacto, y la toco, y eso también es muy importante.

Marta Tafalla: Dices que recuerdas olores. ¿Se puede cuidar esa memoria para no perderla?

Martí Batalla: No hace falta, los olores quedan grabados para siempre. Y si volviera a oler de nuevo, los reconocería al instante.

Marta Tafalla: Y la capacidad que tiene el olor para despertar recuerdos, ¿todavía la tiene para ti?

Martí Batalla: ¿A qué te refieres?

María Colomé: Se refiere a la capacidad de asociación que tiene el olfato. Cuando hueles algo y el olor te transporta a un momento del pasado, por ejemplo.

Martí Batalla: Bueno, yo puedo recordar olores. Si quiero recordar el olor del metro, un olor muy característico, puedo recordarlo. María Colomé: Pero ahora, al no poder olerlo, no tiene poder evocador, ¿verdad? Sólo puedes imaginarlo.

Martí Batalla: Sí, eso es. Y ya nunca podré conocer nuevos olores. Recuerdo los que mi cerebro pudo grabar mientras tenía olfato, hasta el verano de 2009, pero ya no puedo sentir olores nuevos.

Marta Tafalla: Y un olor que no hubieras sentido nunca antes, si te lo describen con palabras, ¿puedes llegar a imaginar cómo es?

(Martí duda, se mueve en la silla, niega con la cabeza.)

Martí Batalla: Es muy difícil describir olores. Muy difícil.

María Colomé: Quizás por comparación con otros olores que sí conoces.

Martí Batalla: Esto me hace recordar una conversación que tuve una vez con un fotógrafo. Al ser ciego de nacimiento, yo nunca he visto los colores, así que le pregunté: “¿cómo son los colores?” Y lo dejé hecho polvo, al pobre. Pero era un hombre muy inteligente y me dijo: “para hacerte una idea, relaciona los colores con las sensaciones que tú hayas vivido. Por ejemplo, el color blanco es un color frío porque es el color de la nieve.” Pero también me dijo que el negro es el contrario del blanco, porque con el negro no se ve nada. Y sin embargo, si yo pienso en mis sensaciones, como el blanco es un color frío, el contrario debería ser el rojo, porque el fuego es caliente. Es decir, todo es muy subjetivo. Color verde, un prado. Azul, el mar. El verde no es ni frío ni cálido. Color marrón oscuro: es desagradable, lo relaciono con la caca. Color marrón claro: podría ser chocolate. Así relaciono los colores con mis sensaciones. Pero yo no he visto nunca los colores, así que todo esto son ideas mías.

Otra cosa que me gustaría contar es que muchas veces sueño con el tabaco, y en mis sueños lo huelo. Algunas veces he soñado que mi padre venía a casa fumando. Una vez soñé que volvía a fumar, y olí el tabaco. Cuando yo fumaba, durante la semana me fumaba puritos pequeños, y el domingo me fumaba un buen puro grande, un habano. El otro día soñé que volvía a fumar, y soñé que había perdido los puros, y en mi sueño los buscaba. Me desperté preguntándome: “¿dónde están los puros, dónde los tengo?” Tardé un minuto en darme cuenta de que había sido un sueño. Pero en ese sueño había olido el tabaco.

Marta Tafalla: Es fantástico que el cerebro encuentre ese modo de volver a experimentar los olores, aunque sean meros recuerdos durante el sueño.

Martí Batalla: Sí, sí, yo sueño con olores. Como soy ciego de nacimiento, mis sueños son sin visión, porque nunca he visto. En cambio, al tener memoria olfativa, sueño con olores.

Marta Tafalla: Y al haber perdido el olfato, ¿ha cambiado tu relación con la comida?

Martí Batalla: Por supuesto. Tuve una época en que perdí todo el interés por la comida. Ahora ya lo he recuperado, pero el sabor es muy diferente.

María Colomé: En gente mayor puede ser incluso causa de desnutrición, porque pierden el estímulo que despierta el apetito, y van dejando de comer.

Marta Tafalla: Aún así, Martí, ¿consideras que la comida está buena, aunque lo esté de manera diferente?

Martí Batalla: Sí, porque me he acostumbrado a comer sin oler. Cuando como, me imagino que tengo un resfriado muy fuerte, y que por eso no huelo. Antes, cuando estaba resfriado, era algo temporal, esperaba a que se me pasara. Ahora es como si estuviera resfriado siempre. Así intento enfocarlo de una manera positiva. Pero es duro, es muy duro. Lo que daría por volver a oler. No me importaría operarme, si con eso consiguiera oler de nuevo.

Marta Tafalla: Lo que dices me hace pensar, porque para mí la comida siempre ha sido así, sin olor, sin aroma. A mí me parece lo normal. Pero tú me haces pensar en todo lo que me pierdo.

María Colomé: ¿Qué es lo que percibes al comer?

Marta Tafalla: El gusto, es decir, dulce, salado… y también la textura, claro, la temperatura, el picante. Pero nada más.

Martí Batalla: Es lo mismo que percibo yo, claro. Muy poca cosa.

Marta Tafalla: Pero a mí me parece lo normal. Si nadie me dijera que al comer se puede sentir algo más de lo que yo siento, a mí no se me ocurriría que la comida puede generar otras sensaciones. No se me ocurriría que me estoy perdiendo la parte fundamental del sabor de la comida. Pero cuando tú lo cuentas, Martí, me haces pensar que la diferencia debe ser enorme.

(Martí se echa atrás en la silla y se queda pensativo durante un momento.)

Martí Batalla: ¿Hay una organización de anósmicos?

Marta Tafalla: Yo nunca he encontrado ninguna.

Martí Batalla: Tal como existe la ONCE, Organización Nacional de Ciegos Españoles, podría existir una organización de anósmicos. Podríamos encontrarnos y contarnos lo que nos pasa. Es que perder el olfato es muy grave. Es más, si tú me preguntas qué preferiría recuperar, la vista o el olfato, te diría que yo prefiero el olfato.

(María y yo nos quedamos asombradas, y se hacen unos instantes de silencio.)

Martí Batalla: ¿Por qué? Porque yo nunca he visto. Me explico. Está claro que me gustaría poder ver, ganaría mucho. Aunque también me acojonaría, por supuesto. Pero lo que ahora me gustaría es recuperar el olfato. Porque yo tenía olfato, y sé cómo era.

Marta Tafalla: Pero tú has aprendido a sobrellevar muy bien la anosmia. ¿Qué le dirías a una persona que está en tu misma situación para animarla?

Martí Batalla: Lo importante es que sepas las cosas que puedes hacer. Por ejemplo, imagínate que yo, que soy músico, perdiera el oído. Eso sería una gran desgracia. ¿Qué podría hacer entonces? Bueno, podría escribir. También intentaría desarrollar mi habilidad manual, hacer cerámica, por ejemplo. Siempre hay salidas. Nunca hay que rendirse. Una persona anósmica ha de aprender a valorar lo que tiene y seguir adelante, porque para atrás ya van los cangrejos.

(Martí, que a menudo tiene una manera muy cómica de decir las cosas, se echa a reír, y nos hace reír a María y a mí.)

Marta Tafalla: Tú eres una persona muy fuerte y optimista.

Martí Batalla: Bueno, también he llorado mucho. Y he reído. Mirad, ayer me fui a cenar con mi cuñado a un restaurante que se llama Mesopotamia, en la calle Verdi.

Marta Tafalla: Lo conozco, un restaurante estupendo.

Martí Batalla: Es el restaurante de Pius Alibek, un hombre muy majo, nos tenemos mucha estima.

(Corroboro las palabras de elogio de Martí. Pius Alibek es un filólogo iraquí de etnia asiria que lleva muchos años viviendo en Barcelona, donde regenta su restaurante, y también ha publicado diversos libros. Desde aquí, un cariñoso saludo para él.)

Martí Batalla: Ayer comí en el Mesopotamia unas albóndigas como no las había comido en mis 50 años de vida. Me encantó lo que comí ayer, a pesar de que no lo pude oler. Yo les diría a los que ven, a los que pueden comer por la vista, que disfruten también del olor, que cierren los ojos, y huelan y coman. Mis hijos son mis ojos, pero yo quiero que aprendan a desarrollar todos los sentidos, no solo la vista. A nuestros hijos los educamos para que aprendan a valorar todos los sentidos.

María Colomé: ¿Qué edad tienen?

Martí Batalla: El mayor tiene 10 años, y el pequeño 8.

(Martí se queda pensativo de nuevo.)

Martí Batalla: Sobre el olfato, yo diría que para una persona que lo acaba de perder, es importante sacar la rabia. Llorar. Yo ayer le decía a mi cuñado: “durante mucho tiempo he dicho lo que pensaba, pero no he dicho lo que sentía”. Hay que decir más lo que uno siente, porque cuando lo dices, te encuentras mejor. Pero frenamos mucho nuestras emociones, sobre todo los hombres; tenemos esta idea de que los hombres no pueden llorar. Vivimos muy reprimidos, nos han educado así.

Marta Tafalla: María, ¿qué le aconsejarías tú a una persona que ha perdido el olfato?

María Colomé: Que intente potenciar los otros sentidos, disfrutarlos. De hecho, en ciencia se habla cada vez más de que en realidad tenemos un único sentido, porque todos están interrelacionados. Lo que cuenta es sentir, y las improntas que las sensaciones dejan en nosotros.

Marta Tafalla: ¿Y qué le diríais a una persona como yo, que no he olido nunca? ¿Cómo me explicaríais lo que me estoy perdiendo?

María Colomé: Los olores son como una sinfonía, una combinación de notas diferentes. Martí, ¿qué dirías tú?

Martí Batalla: Yo creo que no todos los sentidos pueden compararse entre sí. La vista y el oído tienen más relación entre sí, pero el olfato es diferente. Por ejemplo, con el sonido, si yo toco una nota en la guitarra, no es lo mismo si la toco con una parte del dedo o con otra. A veces se dice que una nota suena metálica o que suena aterciopelada, y esto que llamamos el color de la nota tiene que ver con la vista. Vista y oído se relacionan. Por eso podemos vincular colores con sonidos. Por ejemplo, cuando yo encuentro un semáforo, ¿cómo sé si está en verde? Hoy en día, un 60 % de los semáforos están adaptados para los ciegos. Yo llevo un aparatito (Martí nos enseña un pequeño aparato similar a la llave electrónica de un parking) que, al detectar un semáforo, emite un sonido diferente según si el semáforo está en rojo o en verde. El sonido te avisa del color del semáforo. Otra manera de saber si puedo cruzar es por el sonido de los coches. El sonido de los coches es diferente si pasan en paralelo a mi camino o si pasan en perpendicular. Es decir, vista y oído van muy unidos.

(Martí, que tiene mucha gracia imitando sonidos, se entretiene en imitarnos los diferentes ruidos de los coches.)

María Colomé: Pero ahora también comienza a haber estudios que demuestran que hay relación entre los sonidos y los olores, que ambos se influyen mutuamente. La sensación de un olor puede variar según los sonidos que lo acompañen, por ejemplo una música, porque en realidad todos los sentidos interactúan y se influyen. Yo participé en una experiencia neurosensorial en que hacíamos una cata de cavas. Nos taparon los ojos, nos pusieron unos auriculares por los que sonaba una música, y entonces nos dieron una copa de cava, que teníamos que probar y describir siguiendo unos criterios. Éramos cinco personas, y casi todos describimos lo mismo. Luego nos dieron otra copa de cava, y sonó una música diferente. De nuevo describimos el cava, y a todos nos pareció muy diferente del anterior. Pero resultó que las dos veces habíamos probado el mismo cava. Fue muy sorprendente. Si no lo hubiera vivido yo misma, me costaría creerlo. Es decir, que todos los sentidos interaccionan entre sí, como si en realidad fueran un único sentido. Por ello, quizás una persona que no puede oír, percibe los olores de forma distinta.

Marta Tafalla: Lo que explicas es fascinante porque, en definitiva, la realidad en que vivimos la construimos con la información que los sentidos nos proporcionan, así que, percibir una cosa o percibir otra distinta, te lleva a construir realidades diferentes. Cada uno de nosotros tres vive en un mundo distinto, por decirlo así.

María Colomé: Claro, por eso si no has conocido la experiencia de un sentido, es muy difícil que puedas imaginar cómo son las sensaciones que proporciona. Si nunca has olido, es muy difícil poder imaginar los olores. ¿Marta, tú te los imaginas?

Martí Batalla: Es imposible que te los puedas imaginar. Yo tampoco me puedo imaginar un paisaje visual. Es imposible. Os voy a contar una anécdota (y se ríe al recordarla). Una vez, me medio enredaron en la ONCE para participar en un espectáculo. Me dijeron que tenía que participar como músico en una obra de teatro, y eso me pareció bien, pero luego querían que interviniera como actor, cosa que ya no me gustó tanto. Lo mejor de todo, es que querían que hiciera de travesti (y se echa a reír de nuevo). ¿Cómo voy a hacer de travesti si nunca en mi vida he visto ninguno? ¿Cómo voy a hacer los gestos? Otro ejemplo: una vez conocí a un imitador, que me oyó cantar imitando a Rafael (y Martí nos canta el comienzo de “Yo soy aquél”). Yo iba un poco bebido, es decir, que estaba más ciego de lo normal (sigue riendo), y me puse a imitar la voz de Rafael, la voz de Alfonso Suárez, otras voces. El imitador me dijo que yo imitaba muy bien la voz de Rafael, pero que no imitaba cómo se movía. Lógico. ¿Cómo voy a imitar sus gestos si no los veo? Él se ofreció a enseñarme los gestos, pero yo le dije que no, porque es absurdo. Es pedirle a un ciego que abra los ojos y que vea. Es como si yo te digo a ti: “Huele”. Pero, ¿verdad que no vas a oler nada? Por eso, por mucho que yo te explique cómo son los olores, no te los podrás imaginar. Además, describir los olores es muy difícil. Yo tengo en mi memoria el olor de una iglesia, pero no sabría explicarlo.

Marta Tafalla: Entonces me esperaré a que haya narices electrónicas, no hay que perder la esperanza.

Martí Batalla: ¿Tú eres anósmica de nacimiento?

Marta Tafalla: Sí, de siempre.

Martí Batalla: ¿Y a qué se debe?

Marta Tafalla: Lo único que sé es que mi médico, el doctor Josep de Haro, me hizo una resonancia magnética y vio que tengo los bulbos olfatorios atrofiados. Pero no sabemos por qué están atrofiados, no sabemos si hay una causa ulterior.

Martí Batalla: Pero a ti este defecto no se te nota.

Marta Tafalla: No, eso es verdad. Pero a veces, al no poder percibir los olores de los que hablan los demás, sí que me siento como si fuera un bicho raro.

María Colomé: Pero al ser una anosmia congénita, para ti nunca han existido los olores. No has tenido que habituarte a un mundo sin olores.

Marta Tafalla: Claro, yo no tengo la sensación de que a mí me falte nada. A mí me parece que mi manera de percibir la realidad es lo normal. El problema aparece cuando los demás me hablan de los olores, porque entonces me doy cuenta de que los demás perciben cosas que yo no percibo. Y claro, por eso a veces nos comportamos de manera diferente, porque percibimos de manera diferente. Por ejemplo, a veces viene mi madre a casa de visita y me dice: “¿cómo es que no has tirado la basura?” Y yo le contesto: “pues porque la bolsa todavía no está llena, ya la tiraré cuando esté llena.” Y ella me dice: “es que no está llena, pero apesta”. Y claro, parezco un desastre, pero es que yo no noto ninguna peste. Y la verdad es que tampoco me traumatiza, porque yo nunca he notado ninguna peste en mi vida, así que, ¿qué más da? La peste, para mí, no existe.

Martí Batalla: Claro, yo nunca he echado a faltar el sentido de la vista, porque soy ciego de nacimiento. Pero cuando me han puesto barreras sociales porque soy ciego, eso sí me duele mucho. A veces he sentido rabia por las barreras que me ponían. Y luego ha habido situaciones especiales. Cuando nació mi primer hijo, lloré de la emoción, y en aquel momento, fue una sensación de solo un momento, pensé que ser ciego era una mierda. Me hubiera gustado poder ver a mi hijo. Claro que lo podía oír, y tocar, y oler; que podía abrazarlo y besarlo, pero en aquel momento hubiera deseado verlo. Es decir, que el derecho al pataleo también lo tenemos. Y tú también puedes tener esta sensación de decir: “¿por qué no puedo oler? ¿por qué me ha pasado a mí?” Y eso es importante. Lo que pasa es que vivimos en una sociedad… bueno, a veces vivimos en una “suciedad” (ríe), en la que estamos muy anestesiados y no expresamos lo que sentimos. Muchas veces vivimos sin hacer caso de nuestras emociones. Por ejemplo, esta tarde de hoy es especial, no la voy a volver a tener. Tengo esta oportunidad de pasarme la tarde con vosotras hablando de mí, de lo que me sucede. Estoy haciendo una terapia magnífica.

Marta Tafalla: Yo también estoy haciendo terapia.

María Colomé: Y para mí es una experiencia muy interesante.

Martí Batalla: Lo que quiero decir con todo esto, es que yo no echo en falta ver, porque nunca he visto. Pero algunas veces me he lamentado: “¿Y por qué me ha tocado a mí ser ciego?” Y esas emociones no se deben reprimir, hay que expresarlas. Hay que protestar y patalear, dejar salir la rabia. Pero después hay que levantarse y vivir. Y lo que no quiero es que me pongan barreras sociales. Os cuento una anécdota. Cuando yo era niño, una vez estábamos con mi hermano y unos amigos en una casa de campo, y yo estaba sentado delante de la tele. Y la señora Angelina, que era una mujer muy corta, cogió la silla y me dio la vuelta, me puso de espaldas a la tele. Y mi hermano le preguntó: “señora Angelina, ¿por qué pone a mi hermano de espaldas a la tele?” Y ella contestó: “Porque no ve”. En aquel momento me hizo sentir desplazado. Otra anécdota: fuimos a comer a casa de otra señora, y al sentarnos a la mesa les pusieron servilleta a todos menos a mí, que me pusieron una toalla. ¿Es que por ser ciego no puedo tener una servilleta como los demás? Es como aquel chiste que se contaba de un negro que acude a matricularse a la universidad, y le preguntan: “¿usted qué rama quiere coger?” Y él dice: “¿es que no puedo tener un pupitre como los blancos?” Pues yo os podría contar tantas situaciones en que me han hecho sentir desplazado, en mis 50 años de vida, que acabas como el del chiste. Pero yo no me rindo, seguiré luchando hasta que el cuerpo aguante. Mi intención es vivir hasta los 100 años, y espero volver a oler.

 

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10/04/13
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